pancarta sol

Ana Noguera: El feminismo es hijo de la democracia

 

En esta época de preocupación por la vulnerabilidad de las democracias liberales-sociales, de los ataques que están sufriendo, especialmente desde dentro del sistema, por la ultraderecha, debemos detenernos un momento a reflexionar sobre si esto afecta a la mujer, a sus conquistas y al desarrollo del feminismo.

Lamentablemente, hay voces femeninas como la de Díaz Ayuso que, desde la radicalidad de derechas sumada a la ignorancia más soberbia, se ponen al frente de ideologías que devolverían a la mujer al tradicional puesto de “sus labores”. Y esto acaba blanqueando los vientos de retroceso en los que estamos envueltos.

Mujeres como Díaz Ayuso y otras tantas representantes de la ultraderecha están en primera línea gracias al feminismo, ese movimiento sociopolítico al que tanto denigran, pero que ha sido y es el movimiento pacífico y transversal más importante de la historia de la humanidad.

Aquel compromiso de que “lo personal es político” consiguió que las mujeres adquirieran estatus de ciudadanas y ocuparan su espacio público. El feminismo luchó por todas las mujeres, pensaran lo que pensaran, ocuparan la clase social que fuera y tuvieran las ideologías que tuvieran.

¿Y ahora en qué momento nos encontramos?

Pues basta mirar la fotografía de la cumbre de los dos países más poderosos del mundo: Estados Unidos y China. Ni una sola mujer sentada en aquella larga mesa de “señoros”.

Por parte de China, no hay ninguna mujer en el Politburó chino, el órgano de formulación de políticas compuesto por 24 miembros.

Por parte de la delegación de Estados Unidos, encabezada por Trump, solo había dos mujeres en la comitiva: Jane Fraser, directora ejecutiva de Citi, y Dina Powell McCormick, presidenta de Meta. Pero ninguna llegó a sentarse en la mesa de negociación.

El resto de las mujeres que acompañan a Trump son familiares o forman parte del equipo de protocolo.

El problema de que no haya mujeres no es solo de representación o de imagen. Es mucho más profundo. Reúne varios significados.

En primer lugar, el poder está concentrándose en las tecnológicas y la IA. Un mundo que interesa menos a las mujeres, tanto en sus carreras universitarias como profesionales, por lo que hablamos de un ámbito profundamente masculinizado, con valores y puntos de vista claramente masculinos.

En segundo lugar, ese poder y el dinero que representa lo copan los hombres, que a su vez mantienen prejuicios respecto a las razas y el género. Lamentablemente, no estamos hablando de una masculinidad feminista —que existe y que muchas mujeres conocemos a través de nuestras parejas, amigos y compañeros—, porque si habláramos de este tipo de masculinidad ilustrada y feminista jamás permitirían que se excluyera a la mitad de la población de las negociaciones de los dos países más poderosos del mundo.

En tercer lugar, estamos viendo que el retroceso de los sistemas democráticos, como el que está viviendo Estados Unidos con Trump al frente, afecta directamente a las mujeres, que están ocupando segundos puestos en el protocolo, además de sufrir esa visión profundamente machista del presidente, que no deja de ver “pedazos de carne hermosa” (declaración textual de este señor) cuando ve unas faldas revolotear a su alrededor.

El feminismo tuvo su mayor éxito con el desarrollo de las democracias. En primer lugar, a través de la lucha política para conseguir el voto, el derecho a la participación y ocupar el espacio público político. En segundo lugar, con la entrada de la mujer en las universidades, demostrando su capacidad igual a la de cualquier hombre y pudiendo desarrollar su inteligencia y formación. En tercer lugar, con su independencia económica, que le permitió tomar las riendas de su vida sin pedir permiso al padre o al esposo. Y, por último, con su potestad sobre su cuerpo y su maternidad, a través de las medidas de anticoncepción y salud sexual.

Por eso, después de tantas mujeres que han luchado antes que nosotras para poder tener nuestra voz y nuestro espacio en igualdad con los hombres, resulta triste ver que, en la geopolítica de las dos grandes potencias, las mujeres no tienen nada que decir.

Permítanme reivindicar de nuevo lo que Europa ha conseguido y desarrollado: la igualdad de derechos.

No permitamos las mujeres —y los hombres— que nos arrebaten de nuevo nuestro espacio público. Solo lo conseguiremos con más y mejor democracia, con más y mejor Europa de valores y principios ético-sociales.

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Tradución »