El 19 de enero del año 1990 la Universidad Simón Bolívar cumplía veinte años de haber sido fundada. En ese momento yo detentaba el cargo de Director de Extensión Universitaria y era codirector, junto con la dirección de Funindes (Fundación de investigación y Desarrollo de la Universidad Simón Bolívar), de la revista universitaria Sartenejas. En su editorial del número de enero de 1990 escribí: “Hoy la Universidad Simón Bolívar es una referencia impostergable dentro del mundo universitario venezolano. Ella es la mejor prueba de que el esfuerzo y el entusiasmo, unidos a la capacidad, pueden dar extraordinarios frutos. Los veinte años de vida de nuestra universidad han dejado profunda huella dentro del espacio intelectual, científico y cultural de Venezuela. En este 19 de enero de 1990, nos toca a todos contemplar con justo orgullo los resultados de aquel regalo que el presidente Raúl Leoni hiciera a la ciudad de Caracas con motivo de su aniversario cuatro veces centenario. En enero de 1970 comenzaba un sueño, una ilusión. En enero de 1990, ellos son ya promesa hecha realidad.”
Treinta y seis años después de haber sido escritas esas palabras resultan, hoy, el patético recordatorio de todo lo que podría haber salido mal en la dirección de una nación que pareció desentenderse olímpicamente una de las más prestigiosas casas de estudios nacionales. A la vista del pueblo venezolano aparecen unas fotografías publicadas recientemente de algunos espacios de la universidad. Todos muestran lo mismo: abandono, despojo, deterioro infinito. Todos aluden a una realidad que apunta hacia un mismo culpable: el desinterés de un gobierno por todo cuanto no significase un solo propósito: la conservación del poder como fuese, a costa de lo que fuese. La educación de la población venezolana pareció no haber estado nunca presente en ese propósito.
El lamentable estado de los espacios de la Universidad Simón Bolívar son completamente análogos a la situación laboral de quienes trabajamos en ella. Salarios absolutamente miserables para profesores, empleados administrativos y obreros, absolutamente distantes del costo de vida en la Venezuela de hoy, inconcebibles como pago por la prestación de servicios fundamentales para el funcionamiento de un presente y un futuro nacionales… Acaso sirva esto como metáfora de la situación de la educación nacional en esta hora.
¿Cuáles deberían ser las prioridades absolutamente centrales de todo gobierno? Definitivamente, la educación y la salud deberían encabezar esa lista. Ambas son las bases de su bienestar; pero, por sobre todo, será siempre la educación el acervo que sostenga el destino hacia el que se encamina una sociedad. Desasistirla significará darle la espalda a ese destino. ¿Cuáles son los objetivos de una universidad? Ninguna respuesta a esta pregunta podría soslayar algunos elementales criterios: mérito, inteligencia, creatividad, correspondencia entre las metas universitarias y las metas nacionales. La universidad es y no podría nunca dejar de acompañar el itinerario de su sociedad. Ella educa, forma a esos jóvenes encargados de la futura conducción nacional y la excelencia, el rigor crítico y la meritocracia deberían ser el norte de esa formación.
Hoy, mi mayor anhelo, como profesor de la Universidad Simón Bolívar que he sido por cuarenta y seis años, es que mi casa de estudios vuelva a significar lo que ella fue en sus comienzos: la corporeidad real de un sueño que ahora pareciera trágicamente debilitado. Es mi visión ideal: que ese lugar donde he impartido enseñanzas por casi medio siglo se reencuentre con la fuerza y el brillo de sus orígenes.

