En su obra cumbre, Modernidad Líquida, el sociólogo Zygmunt Bauman planteó que la estabilidad de las instituciones sólidas —el empleo de por vida, la familia nuclear inamovible y los Estados-nación predecibles— había dado paso a un mundo de fluidez, precariedad y cambio perpetuo. Hoy, Venezuela no solo se ajusta a esa descripción, sino que parece haberse convertido en el laboratorio clínico de la “liquidez” llevada al extremo.
En el corazón de esta crisis no solo hay una debacle económica, sino una incertidumbre institucionalizada, alimentada por un interinato que se prolonga en el tiempo y que, a ojos de una mayoría exhausta, ha perdido su barniz de legitimidad para convertirse en una estructura con presunciones de “atornillarse” en el poder, mimetizando los vicios que juró combatir.
La incertidumbre como condición permanente
Para Bauman, la incertidumbre en la modernidad líquida no es un bache en el camino, sino el camino mismo. En Venezuela, la “certeza” se ha vuelto una ilusión costosa. El ciudadano común ya no espera un “estado final” de estabilidad; Ha aprendido a vivir en la adaptación constante.
El interinato político, que nació con la promesa de ser una transición breve y técnica, se ha transformado en una entidad amorfa. Esta prolongación indefinida genera una ansiedad generalizada: Si las figuras que deben guiar el cambio carecen de una dirección clara o de un objetivo definido, el individuo queda atrapado en un estado de “incompletitud”. Como señala Bauman, la falta de autoridades genuinas y la multitud de promesas incumplidas dejan a la sociedad en una confusión paralizante sobre qué hacer o hacia dónde ir.
Del Ciudadano al “Campista” de Caravana
Uno de los puntos más agudos de Bauman es la transición de la “casa compartida” al “camping de caravanas”. En la Venezuela de hoy, el tejido social se ha deshilachado. Ante un Estado que no provee y una alternativa política que parece habitar una realidad paralela, el venezolano se ha visto forzado a una individualización extrema.
Las soluciones ya no son colectivas. Cada familia es una “caravana” independiente que gestiona su propia electricidad, su propia salud y su propia seguridad. Esta fragmentación debilita la esfera pública: Los problemas comunes se privatizan y la lucha por el bien común es reemplazada por la urgencia de la supervivencia individual. En este escenario, el interinato es percibido no como un refugio compartido, sino como un grupo más en el camping, velando por sus propios intereses y servicios, desconectado del resto de los campistas.
Relaciones líquidas y el miedo al abandono
La política venezolana ha entrado en la era de las relaciones desechables. El compromiso y la lealtad, valores de la “modernidad sólida”, han sido sustituidos por alianzas transitorias y conveniencias del momento. El ciudadano siente que su relación con la dirigencia es “líquida”: se le convoca cuando se necesita su validación, pero vive con el miedo constante de ser “desechado como una chaqueta vieja” una vez que los intereses de las élites se negocian en despachos cerrados.
Esta fragilidad de los lazos sociales genera una soledad profunda. El anhelo de pertenencia del ser humano choca con una realidad donde los líderes parecen “atornillarse” al poder (o a la idea de él) sin ofrecer a cambio una conexión real con las necesidades de la gente. El consumo —las burbujas de bodegones y el espejismo de la dolarización— actúa como un anestésico efímero, una gratificación que calma la ansiedad pero que no cura la raíz de la soledad política.
El arte de vivir en el caos
Venezuela se enfrenta hoy a la “tarea sin precedentes” de la que hablaba Bauman: El arte de vivir permanentemente con la incertidumbre. Sin embargo, este arte tiene un costo humano devastador. Mientras el interinato y el poder establecido se estancan en una pugna por la permanencia, el pueblo venezolano navega en un mar de fluidez donde nada es seguro, excepto el cambio que no llega a puerto.
Si la modernidad líquida es un mundo sin finales claros, Venezuela es su máximo exponente. El desafío actual no es solo recuperar la democracia, sino reconstruir la “solidez” de la confianza, el respeto a las instituciones y, sobre todo, la convicción de que el futuro no tiene por qué ser un estado de naufragio perpetuo.
Sociólogo de la Universidad de Carabobo. Director de Relaciones Interinstitucionales de la Universidad de Carabobo.

