En Venezuela, el cambio suele anunciarse con trompetas… y ejecutarse con sordina. Lo que hoy se presenta como un “nuevo momento político” —esa mezcla improbable entre el reacomodo del chavismo y el pragmatismo petrolero de Donald Trump— tiene más de continuidad que de ruptura. Cambian los interlocutores, se afinan los modales, se levantan sanciones selectivas. El poder, en cambio, permanece donde siempre ha estado: intacto, reconocible, apenas maquillado.
Conviene, por tanto, despojar el análisis de entusiasmo prematuro. Porque lo que está en curso no es una transición, sino una mutación controlada del mismo sistema.
La captura de Nicolás Maduro —en un episodio que combina realismo mágico con geopolítica muscular— no significó el colapso del régimen, sino su reorganización. La continuidad del poder en manos de figuras centrales del chavismo, como Delcy Rodríguez, revela una lógica de sustitución, no de transformación.
El chavismo, lejos de extinguirse, ha demostrado una notable capacidad de adaptación: elimina símbolos, reconfigura estructuras, incluso desmonta algunas “misiones” emblemáticas, pero conserva el núcleo de control político, militar y territorial.
No estamos ante el fin de un régimen, sino ante su versión 2.0: menos ideológica, más funcional; menos retórica, más transaccional.
El giro más llamativo —y quizás el más revelador— es la súbita cordialidad entre Washington y Caracas. Trump, que ayer amenazaba con asfixiar al chavismo, hoy celebra una relación energética “codo con codo”.
La reapertura de la embajada estadounidense, el levantamiento de sanciones a actores clave del oficialismo y los acuerdos petroleros multimillonarios no apuntan precisamente a una democratización inminente, sino a una estabilización funcional del país bajo nuevos términos.
El petróleo —ese viejo dios venezolano— vuelve a dictar la política. Y en ese altar, la democracia suele ser un sacrificio menor.
Mientras se habla de apertura, la realidad insiste en contradecir el relato. La liberación parcial de presos políticos convive con nuevas detenciones; la retórica de libertades coexiste con el cierre de medios y la vigilancia sistemática.
Es la vieja técnica del autoritarismo sofisticado: ceder lo suficiente para aliviar presiones externas, pero no tanto como para perder el control interno. Un equilibrio cínico, pero eficaz.
Quien quiera ver en esto una transición democrática tendrá que ignorar deliberadamente estas evidencias.
En este contexto, resulta particularmente grave —por no decir irresponsable— que sectores de la oposición y sus amplificadores mediáticos vuelvan a vender la ilusión del cambio inminente. Como si la historia reciente no bastara. Como si este país no hubiese sido ya demasiado generoso con las falsas auroras.
Se repite el libreto: sobredimensionar gestos, confundir maniobras tácticas con quiebres estratégicos, prometer desenlaces que no existen. Es, en el mejor de los casos, ingenuidad; en el peor, una forma de complicidad involuntaria con la perpetuación del sistema.
Sería un error, sin embargo, caer en el fatalismo. Este nuevo escenario —por contradictorio que parezca— abre oportunidades reales: reconfiguración de actores, fisuras en las élites, nuevos espacios de organización social. Incluso, una eventual alteración de la correlación de fuerzas.
Pero nada de eso ocurrirá por inercia ni por decreto externo. Mucho menos en los plazos que algunos, con sospechosa ligereza, siguen anunciando.
El dilema vuelve a ser el de siempre, ese que la oposición venezolana ha esquivado durante un cuarto de siglo: pensar en términos estratégicos, de largo aliento, o sucumbir otra vez al voluntarismo de corto plazo.
Entre la paciencia histórica y la ansiedad política, la oposición venezolana suele elegir mal.
Y luego se sorprende.
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