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Ángel Oropeza: Modalidades de transición y reversión autoritaria

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La caída de un régimen autoritario no garantiza la llegada de una democracia estable y de calidad, y mucho menos lo hace la simple salida o remoción de un gobernante.  Investigaciones recientes en Ciencia Política, especialmente el trabajo de Sujian Guo y Gary Stradiotto (2014), ampliado luego por Magdaleno y Sanz (2020), demuestran que la modalidad de transición –esto es, la manera en que se produce el cambio de régimen– influye decisivamente tanto en el éxito en obtenerla como en la calidad de la democracia resultante.

Guo y Stradiotto identificaron cuatro modalidades de transición hacia la democracia, con tasas muy diferentes de reversión al autoritarismo del cual se pretendió inicialmente evolucionar.

La primera es la modalidad cooperativa, que se produce mediante pactos o acuerdos entre las élites del régimen saliente y la oposición, trabajando juntas para gestionar el cambio de forma pacífica.

La segunda es la llamada modalidad de conversión, donde la transición es liderada “desde arriba” por las propias élites del régimen autoritario, que aceptan –por convicción o por presiones externas- reformar el sistema. En este sentido, la transición por conversión o por reforma es una transformación desde dentro del propio régimen autoritario.

Una tercera modalidad es la transición por colapso, en la cual el régimen autoritario se derrumba o es derrocado por una movilización popular “desde abajo”, a menudo de forma violenta o repentina.

Finalmente, existe la transición por intervención extranjera. En este caso, la transición es impuesta “desde fuera” por una potencia extranjera, generalmente a través del uso de la fuerza o de una intervención militar.

Para demostrar empíricamente la relación entre la modalidad de transición y el éxito de esa transición a la democracia, medido ese éxito tanto por su perdurabilidad y viabilidad como por la calidad de la democracia resultante, los autores anteriormente citados examinaron 128 casos de transiciones en el mundo, un número lo suficientemente elevado como para elaborar desde allí algunas generalizaciones.

Pues bien, de las 48 transiciones por conversión o reforma, esto es, modalidades donde el proceso hacia la transición fue dirigido por miembros remanentes del gobierno autoritario que se aspiraba a superar, 22 sufrieron reversiones autoritarias. De hecho, esta modalidad es la que muestra la tasa más alta de involución o regresión al autoritarismo, casi 50%.

La razón de esto es simple. Si los factores de poder remanentes del modelo autoritario, gozando de su poder factico y de su mayor margen de maniobra, son quienes manejan en exclusividad el proceso transicional, sin contrapesos sociales ni oposiciones políticas internas que moderen sus acciones, la tentación de permanecer en el poder y de regresar a las viejas modalidades autoritarias de dominio del gobierno anterior, apenas se relajen o diluyan las presiones en contra, son tan elevadas como irresistibles.

Si para la élite en el poder los costos de volver a las prácticas autoritarias del gobierno de donde proceden resultan bajos, y la reversión autoritaria no representa mayores peligros para ellos por falta de contrapesos, la involución al autoritarismo obviamente tiene la mayor probabilidad de ocurrencia.

Este dato empírico –producto de los aprendizajes de transiciones políticas en el mundo– conduce a una obligada reflexión. Si se quiere que la transición a la democracia finalmente resulte y ocurra, el proceso no puede ser dejado exclusivamente en manos de factores de poder remanentes del régimen anterior, porque la probabilidad de una reversión autoritaria es altísima, de nuevo, la más elevada de todas las modalidades de transición estudiadas.

Por el contrario, las transiciones cooperativas o negociadas muestran la tasa más baja de regresiones al autoritarismo. No sólo esto, sino que además están asociadas a democracias de mayor calidad y duración en el largo plazo. Estas son las transiciones que ocurren producto de un pacto, negociación o acuerdo entre diversos actores, que incluyen al gobierno saliente, a actores de la oposición democrática, sectores organizados de la sociedad civil y facilitadores tanto nacionales como internacionales.

La razón fundamental del mayor éxito comparativo de este tipo de modalidad es que una transición cooperativa genera acuerdos institucionales y reglas de juego aceptadas por todas las partes, lo que conduce a que todos se perciban beneficiarios con el nuevo modelo -sin ganadores y perdedores absolutos determinados de antemano- y por tanto aporten todos efectivamente a su consecución. Esto incluye el diseño del sistema electoral, la distribución de los poderes, los mecanismos de rendición de cuentas y, crucialmente, el tratamiento de los actores del antiguo régimen.

Más allá de la supervivencia, los datos empíricos demuestran además que las democracias nacidas de transiciones cooperativas o pactadas presentan mejores indicadores de calidad: mayor participación ciudadana, más respeto por los derechos civiles, mejores controles al poder ejecutivo, menor corrupción y mejor calidad de vida de la población.

La evidencia comparada arroja así una lección clara: para que una transición democrática tenga éxito y sea viable, es imprescindible alcanzar un acuerdo político amplio como requisito indispensable para poder superar el viejo régimen. Algunos dirán que el proceso de diseño de hojas de ruta consensuadas y de negociación efectiva implica necesariamente plazos más largos, especialmente difíciles de mantener en un país cansado de sufrir y esperar. Pero, si bien esto es verdad, la historia comparada muestra que la paciencia estratégica y el pacto inclusivo son, paradójicamente, el camino más corto hacia una democracia duradera y de calidad.

Pero para que esta negociación pueda darse, el primer requisito es que tanto los partidos políticos de la oposición como los actores de la sociedad civil no sólo comiencen a aparecer en la escena del proceso, sino que sobre todo aumenten su capacidad fáctica de incidencia y su nivel comparativo de correlación de fuerza, lo cual sólo puede lograrse a través de la unidad de sus distintos sectores y representaciones, sin mezquindades impropias de la urgencia del momento histórico, y de una mayor conexión con las demandas reales de una población huérfana de acompañamiento en sus luchas y de orientación política frente a la coyuntura.

@angeloropeza182

 

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