No puede olvidarse que, si la vida de Jesús hubiera terminado definitivamente en la cruz, nosotros estaríamos en la misma oscuridad que su muerte produjo entre sus discípulos. El que su vida no pudo terminar en la cruz muestra retroactivamente la plenitud que esa vida encerraba y da la base firme para que la comunidad creyente actualice las posibilidades reales que esa vida tuvo. Jesús fue y se proclamó el verdadero templo de Dios, el lugar definitivo de la presencia de Dios entre los hombres y del acceso de los hombres a Dios. Por eso murió y por eso nos dio la vida nueva.
Esta reflexión pertenece a un mártir de la iglesia católica de El Salvador, Ignacio Ellecuría, que fue asesinado el 16 de noviembre de 1989 por un pelotón del batallón Atlácatl, junto con cinco sacerdotes y dos mujeres al servicio de la Residencia.
Sus palabras alumbran estos días de la Pasión de Jesucristo. En este sendero nos encontramos para conversar con el Provincial de los Jesuitas de Venezuela, el teólogo y sacerdote Alfredo Infante Silvera. Su labor está dedicada de forma particular al apostolado social, la defensa de los derechos humanos y el apoyo a las comunidades más vulnerables.
Una pregunta central para el mundo de hoy. ¿Qué le dice Jesucristo a los hombres y a las mujeres de hoy?
Es una pregunta pertinente, porque, en definitiva, más allá de las religiones, los seres humanos estamos llamados a reconocernos como hermanos. La familia humana, hombres, mujeres, somos convocados al mundo de la fraternidad, y no solo entre nosotros, sino también con nuestra Madre Tierra, con todas las criaturas. Creo que ese es el horizonte de la esperanza. Nuestro Señor Jesús vino a inaugurar no una religión, sino una nueva “relacionalidad” ¿Qué es esto? Que la humanidad camine hacia el reconocimiento de la diversidad, de la pluralidad. Mirarnos desde un mismo horizonte de dignidad. Reconocernos iguales en dignidad. Diversos en culturas, en razas, en variadas condiciones, en religión. Es un llamado a ser hermanos que tenemos un destino común. Por eso Jesús será ayer, hoy y siempre una buena noticia.
Una buena noticia que es también incómoda, porque la cristianización implica superar los egos, los nacionalismos, superar todas aquellas trincheras que nos separan. Todo tribalismo. Ciertamente sabemos que eso es parte del realismo humano también, que provoca una serie de conflictos, pero que, en definitiva, cuando uno se pone a revisar a fondo cuáles son los enemigos comunes de todas las religiones, esos son sin duda alguna los egos, los sectarismos, la intolerancia, todo lo que impide el reconocimiento de que somos hermanos y de que estamos llamados a un destino común.
Tengo aquí palabras de Joan Metz cuando se preguntaba cómo hacer teología después de Auschwitz y hoy, seguramente se preguntaría y nosotros con él, cómo hacer teología después de Gaza, de Ucrania, después de las guerras civiles, de los misiles de Oriente Medio, después de la catástrofe climática, de los sufrimientos en América Latina, en países como el suyo. ¿Cómo hacer teología en estos tiempos?
Recordemos al gran maestro de la teología latinoamericana, Gustavo Gutiérrez, quien plantea que el primer acto teológico es la contemplación de la realidad. Una contemplación que no es solo observación. Me gusta distinguir entre contemplación y observación. Ambos actos son necesarios. La observación está más ligada a la ciencia, a todas las herramientas que aportan para acceder a una observación cualificada de la realidad. Tanto las ciencias positivas como la ciencia social. Creo que son un aporte importantísimo a la observación de la realidad. Pero la contemplación trasciende la observación. Ella está más vinculada a un vínculo más poético, más místico, más propenso a dejarse sorprender por el misterio. No solo entender el misterio, sino adentrarse en lo más genuino del misterio de la realidad. Es en esta situación en donde vivimos una serie de conflictos, de desigualdad o de injusticia. Es preciso hacer observaciones con antecedentes para reflexionar sobre la realidad. Pero eso no basta. Necesitamos algo más allá de la coyuntura. El hombre de fe se conecta con el misterio que trasciende la coyuntura y apuesta a la esperanza. La esperanza es el horizonte que el propio Jesús nos pone.
La realidad, como lo intuyó y verbalizó Teilhard de Chardin “(Llegará el día en que después de aprovechar el espacio, los vientos, las mareas y la gravedad; aprovecharemos para Dios las energías del amor”) va camino para el hombre de fe hacia un horizonte que se consuma en esa fraternidad de los hijos de Dios, que también tan bellamente presenta Pablo: «toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto», esperando que la humanidad, que la creación resplandezca en su más última condición, que es de ser hijos y hermanos. Esa es la esperanza que nos atrae, que nos jalona.
Hacemos teología desde esa esperanza, pero con los pies puestos en la realidad, utilizando todos los bienes civilizatorios que esta historia humana va dando de sí. Los tenemos para realizar una reflexión cualificada que nos permita dialogar con los hombres del tiempo desde ese horizonte.
Si le entiendo bien, hay dos caminos que debemos recorrer juntos. El primero es el camino de Jesucristo que nos trae la esperanza, la vida espiritual. Eso es lo prioritario. Y ello se traduce en este otro camino que es el mundo en el que vivimos y en el cual debemos hacer realidad las enseñanzas de Jesucristo.
Lo de Jesús es también histórico trascendentalmente. Desde dentro nos conecta con un horizonte que nos llena de esperanza para afrontar estos momentos, de tal modo que las coyunturas, aunque muy oscuras, sean como eso que dice el salmista, aunque pase por cañadas oscuras. Nada temo, porque tu vara y tu bastón me sostienen (frase del Salmo 23:4, o 22 en la numeración católica). Entonces esa es la esperanza que nos sostiene y la que nos posibilita transitar en medio de la oscuridad con una luz que no nos lleva a resignarnos ante las realidades y ante las coyunturas adversas.
En consecuencia, la fe, la esperanza no son algo pasivo. Requieren de acción.
Por eso también me gusta distinguir entre pasividad y paciencia. La fe nos hace pacientes, que es el arte de la paz. Es saber esperar, pero activamente. En cambio, la pasividad es la resignación. El todo queda hasta aquí tal y como está. En cambio, Jesús nos coloca en un horizonte trascendental para que asumamos la historia desde esa perspectiva, adentrándonos en la historia. La contemplación no es algo externo a la historia. Es trascender desde lo más íntimo y profundo de la historia.
La canción dice: “Solo le pido a Dios que la guerra no me sea indiferente. Es un monstruo grande y pisa fuerte. Toda la pobre inocencia de la gente”. Traigo a colación este verso musical de Gieco, porque no me puedo resignar a que mucha gente que se dice cristiana, que va seguramente todos los domingos a misa sea parte de los responsables de los peores horrores que estamos vivimos en este momento.
Si, recuerdan la respuesta tan contundente que Jesús en el Evangelio de Juan da ante el conflicto religioso de judíos y samaritanos. Jesús termina diciendo: Ni adorarán aquí ni allá, sino en espíritu y verdad. ¿Qué significa eso hoy? Que más allá de las religiones, que en definitiva, son un lenguaje, un constructo simbólico para comunicarse culturalmente con la trascendencia. Jesús dice: Al final todo se reducirá en el Espíritu y verdad, en el reconocimiento de que todos somos hermanos. Vivir aquello anticipadamente implica una gran conversión y reconocimiento del otro.
En una religión puede haber mucha gente que vive desde una profunda fe. Es decir, en una honda relación de confianza y apertura, y desde esa contingencia se conecta. Esa persona por lo regular es capaz de dialogar con otras religiones, como hizo San Francisco de Asís, como el Papa Francisco, como lo han hecho tantos hombres de nuestra Iglesia y de otras religiones. Pero cuando la fe no trasciende la religión, la religión queda vacía. Que era tal y como los profetas en el Antiguo Testamento, como Isaías, denunciaban. ¿Cuál es el ayuno que me agrada? Dice Isaías, “6 ¿No es más bien el ayuno que yo escogí, desatar las ligaduras de impiedad, soltar las cargas de opresión, y dejar ir libres a los quebrantados, y que rompáis todo yugo? 7 ¿No es que partas tu pan con el hambriento, y a los pobres errantes albergues en casa; que cuando veas al desnudo, lo cubras, ¿y no te escondas de tu hermano? 8 “Entonces nacerá tu luz como el alba, y tu salvación se dejará ver pronto”.
Es un modelo alternativo de vida lo que expresa la fe. La fe no está en contra de la religión, pero la trasciende. La religión es una expresión simbólica dentro de la cultura y tiene un gran valor, porque somos seres simbólicos que precisamos comunicar nuestra fe. Pero si absolutiza nuestra religión, contradecimos lo que el horizonte que Jesús nos propone, que es que adoremos a Dios en espíritu y en verdad, y estamos llamados, como dice Pablo, a ser hijos y hermanos. La creación gime y otea dolores de parto, y es hacia ese horizonte que nos encaminamos.
Quiero pedirle un mensaje para el pueblo de Venezuela, que hoy día vive en una profunda incertidumbre y que necesita más que nunca eso que ha estado presente en todas sus palabras, la esperanza.
En primer lugar, venimos en estos momentos atravesando un gran momento de incertidumbre, que puede convertirse en una oportunidad para el pueblo venezolano de repensarse, de reconstruirse, de reencontrarse dentro de un Estado de derecho y una democracia. Somos un pueblo profundamente herido. Venimos de una situación de opresión muy fuerte que aún continúa, que ha dejado hondas heridas y que necesitamos apostar, no desde nuestra fractura y heridas, sino desde la sanación para reencontrarnos como pueblo.
Creo que necesitamos en estos momentos un liderazgo al estilo de Nelson Mandela, que más allá de las heridas, coloquemos todos los medios para sanarlas con hechos concretos. Por ejemplo, todavía hay alrededor de 500 presos de conciencia que viven en condiciones muy complicadas. Ya se han liberado algunos, pero mientras eso se postergue, será más difícil curar las heridas.
Para mí ha sido impresionante escuchar a los excarcelados, aún no liberados, sino excarcelados, que, con una entereza humana, con una dignidad, están dispuestos a apostar por renovar el país para que no haya repetición. Eso va a implicar un proceso de sanación en donde se cree una Comisión de la Verdad, en la que se puedan utilizar todos los medios para reconstruirnos como país.
Como hombre de fe y de esperanza que cree en Jesús, estoy convencido de que tenemos los resortes suficientes para transitar esa conversión social y convertir este momento de incertidumbre en una gran oportunidad para resurgir como pueblo.

