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Sergio Monsalve: Aún es de noche en Caracas

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En Aún es de noche en Caracas, el cine venezolano vuelve a plantearse preguntas inquietantes sobre su historia, su desencanto épico, su crisis y su memoria agrietada por los últimos 25 años.

La cinta amplía algunas de las obsesiones de la autora, Mariana Rondón, en especial su interés por las relaciones entre pasado y presente, bajo la inspiración de la novela de Karina Sainz Borgo, La hija de la española.

Narra el drama de una joven escritora, evidente alter ego de Sainz, quien toma la decisión de partir de Venezuela en el contexto de las protestas y represiones de 2017.

El filme adopta el tono minimalista de la realizadora en conjunto con Marité Ugas, rodando un ejercicio de estilo en un apartamento, donde la chica debe esconderse para sobrevivir, tras ser expropiada por la intimidante y violenta Mariscala, una síntesis de los abusos de poder y de las injusticias cometidas por los cuadros de la revolución en el reparto de dádivas.

La película expone el clima de opresión, concentrando su relato en el espacio de un personaje asediado y atormentado, cuyos recuerdos la humanizan, así como el encuentro con el personaje secundario de Santiago.

La ejecución es certera en su construcción de ambientes y locaciones, a pesar de los obstáculos de la distancia, pues se tuvo que grabar en México.

Apenas se registraron tomas de apoyo en Caracas con la actriz principal.

Por tanto, el oficio y el detalle en la producción compensan el problema de no poder estar en el país, para desarrollar el guion por completo.

La película bebe de una tradición política del cine venezolano, que tuvo sus picos en los sesenta, setenta, ochenta y los primeros dos mil, cuando la misma Mariana Rondón tiene ocasión de estrenar títulos sobre el tema como Postales de Leningrado.

Recientemente vimos Zafari, también de las dos directoras trabajando en llave.

Acaso, Aún es de Noche en Caracas comparte virtudes y defectos con aquella pieza de cámara, acerca del declive de una clase media que se mira en el reflejo de un zoológico como el de Caricuao, venido a menos y en donde los animales son metáfora de un paraíso convertido en infierno.

Uno de los puntos discutibles del libreto de la película, es la falta de matices para los personajes secundarios, sobre todo del bando contrario.

Ocurre un problema similar con Simón, que es el de la traslación de un enfoque binario propio de la demagogia de los partidos en Venezuela.

De modo que los villanos carecen de matices, de alguna mínima contextualización, que permita entender sus móviles, atropellos e injusticias.

En tal sentido, el cine venezolano que asume debate político, suele tener una marca similar, en cuanto a su argumentación en blanco y negro.

El chavismo lo hizo con su propaganda indigesta, la oposición se libra de cualquier culpa y gusta verse como víctima de unos monstruos con escasa definición.

La parte positiva es que el cine de la diáspora tiene ocasión de retratar su angustia y su mirada disidente, sin temor a la censura.

El asunto es que la perspectiva acaba por ser reduccionista, atándose a un discurso conocido.

De manera que todavía hay estereotipos y tropos por superar en el cine venezolano.

Se discutirá por igual que “Aún es de Noche en Caracas no es cine venezolano, o que es más parte de un cine venezolano que se ha desnacionalizado, producto de la circunstancia de la diáspora.

Considero que cualquier película elaborada por directores venezolanos en el exilio, que toque nuestros temas, merece el reconocimiento como expresión cultural de nuestro gentilicio.

Al final, la película propone un conflicto, una historia que concita el interés del espectador, para descubrir juntos una realidad que nos marca y trauma.

El filme evidencia una evolución en el cine de las directoras, al ser más empático con la protagonista, menos canalla con el diseño de personajes femeninos, y reafirmar la sororidad de una madre que es símbolo de la bondad perdida del país.

La protagonista es alegoría de una Venezuela rota, escindida, que es hija de una española en la huida, pero a su vez de una madre criolla que solo persiste como un recuerdo fantasmal, como aquel amigo imaginario de “Simón”.

De pronto tenemos que reconciliarnos con los espectros de nuestra memoria, para salir de la Caracas de los apagones y volver a ser un país de moral y luces, con futuro y democracia.

La película es naturalmente pesimista al retratar la corrupción de un estamento que se vacío, que lo prostituyeron los hijos de la revolución, que han quedado huérfanos en el reparto de cajas y en el saqueo del bolsillo de los propios ciudadanos.

Un reportero fallece en el ejercicio de su profesión, un joven de la resistencia vive las inclemencias de la tumba.

La protagonista sufre un calvario, como de “Argo”, para poder salir por Maiquetía.

Hoy que se juega a la amnesia y a la autocensura, por pragmatismo, una película como Aún es de noche en Caracas justifica el valor del cine venezolano como documento de investigación, para que un pasado de injusticias no quede impune.

La mejor película venezolana, por lejos, de los últimos tiempos.

Muy valiente y trascendente.

Confirma el acento y el aporte femenino en nuestra industria desde Araya.

 

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