Domingo Kultural.
Lo admito: estas crónicas domingueras resultan muy largas. Lo he constatado; hasta el fastidio con mis chocheras.
Pero les tengo una mala noticia, esto es lo que hay. Paciencia y un café cerca. Vamos al cine.

I
Hace 55 años vi Las fresas de la amargura en un corralón que tenía pretensiones de salón de cine; sentado en el «gallinero» -nunca mejor dicho- porque la «preferencia», algo así como un VIP era más costosa: preferencia 2 bolívares, gallinero 1 bolívar.
Obviamente no podía tener funciones diurnas, porque el gallinero no tenía techo. Las funciones eran 7 y 9 PM.
Toda ciudad que se preciara en esa época tenía su corralón destinado al cine. Lo mejor no eran las películas; era el atajaperro que se armaba en el transcurso de la función. Con la lluvia venía un espectáculo paralelo: saltábamos la rejilla y suas caíamos en «preferencia». Ese salón tenía techo y asientos de madera, y allí se podía fumar.
Como disparado por un resorte detrás venía corriendo un vigilante fornido y mal encarado -el mismo de la puerta- escrutando a cada quien y exigiendo entradas. ¡Mientras más rudo actuaba más divertido!
Al final paraban la película y los abusadores tenían que regresar a sus asientos de bloque y cemento. Yo un adolescente solitario me apoyaba en un comprobante de cédula en papel -los viejo saben de qué hablo- que con mucha maestría le adulteraba la fecha de nacimiento y ya era mayor de edad.
Las fresas de la amargura era censura C y pude entrar varias veces a verla gracias a esa astucia. Tenía 15 años, el mismo tamañito, pelo largo desaliñado y usaba botas Frazzani.
II
Hoy amanecí pensando en esa película de jóvenes estudiantes rebeldes y antibelicistas. La culpa es de un testimonio desgarrador que leí anoche: «Te dormís pensando que el misil no caiga cerca de tu casa, porque estás a merced de los bombardeos».
A mí esa película -inspirada en las protestas estudiantiles de la Universidad de Columbia en 1968- me dio otra perspectiva del mundo. Entendí que hay gente grande que en otras partes está jugando con fuego, cohetes y bombas que vuelan por los cielos sin permisos ni pasaportes. La perversidad sigue siendo la misma.
El final de Las Fresas… lo sigo recordando con dolor – no es escena, es realidad- los estudiantes ocupas son desalojados por la policía mediante la misma represión conocida en todos los tiempos y lugares. La moral en alto también: en simultáneo todos entonan el himno del momento: «Give peace a chance» de John Lennon. Ahora me entero de que la película recibió el Premio del Jurado en el Festival de Cannes (1970). Y sí: su banda sonora sigue siendo inolvidable.
Cuando salí de esa función era otro adolescente. Abrí la imaginación. Lo consigno aquí con orgullo y parafraseo a don Mario Benedetti: «Cuando creíamos que teníamos todas las respuestas, de pronto nos cambiaron las preguntas». Aunque no me crean: hasta una pequeña bandera de EE.UU. me engrapé en el fundillo del pantalón. Me costó varios viajes a la seccional. ¡Por falta de respeto!
III
Un año antes (1969) Yoko Ono y John Lennon decidieron convertir su luna de miel en una protesta contra la guerra de Vietnam. Lennon no sólo devolvió la Medalla de la Orden del Imperio Británico a la Reina Isabel ll de Inglaterra. Se transformó en la voz de los pacifistas del mundo. «Decidimos que si íbamos a casarnos, lo dedicáramos a la paz». No sé fueron a una playa tropical.
…Y se encamaron
Él y Yoko cumplieron un cronograma por varias ciudades emblemáticas; casi en cueros, con unas escasas pijamas, guitarra acústica en mano cantaban montados en una cama. El enjambre de periodistas y cámaras los rodeaban y reproducían al mundo las denuncias del Beatle de los lentes redondos. En «Imagine», una de sus canciones más emblemáticas le dice al mundo: «Nos podemos imaginar un mundo sin fronteras, ni religiones que separen, y sin luchas por el poder».
Desde entonces las canciones y letras de Lennon y los Beatles son eternas; equipaje emocional de varias generaciones.
IV
Mientras, el presidente de los EE. UU. Richard Nixon veía desde un balcón las 500.000 personas que frente a la Casa Blanca protestaban porque no querían ver más jóvenes norteamericanos a 13.000 kilómetros de su país asesinando y dejándose asesinar. ¡Una tragedia interminable!
Esa grandes movilizaciones tenían en el alma las canciones pacifistas de los Beatles y las arengas de Lennon; quien llegó a sentirse feliz. Luego vino «Mind Game» (1973). «Vivimos en un mundo donde nos escondemos para hacer el amor, mientras la violencia se practica a plena luz del día».
V
¿Porque Fresas de la amargura?
El Rector de la universidad de Columbia dijo que los estudiantes tengan una opinión es como que digan que les gustan las fresas y lo amargo tiene que ver con la brutal represión.
Nosotros agregamos:
Ya basta que «jóvenes que no se conocen ni se odian se maten entre sí, por la decisión de viejos que se conocen y se odian, pero no se matan».
Vl
Adiós al Cine Tropical
El viejo corralón que a tantos jóvenes nos apañó de diferentes maneras dio paso a una tasca y a una arepera famosa -que también cerró-… Parada obligatoria de trashumantes y tertulianos. Una tarde el vigilante fortachón, ya entrado en años, nos vio, y aprovechó para sentarse con nosotros y recordar aquellos momentos idos. Hablamos de todo -la gente quiere comunicarse- anécdotas y películas iban y venían. En una de esas recordamos Las fresas de la amargura como una de las más vistas por los jóvenes en esa época.
Entonces aproveché para contarle lo de la cédula mía trucada.
Me respondió con un tono socarrón:
-Yo lo sabía, pero te dejaba pasar porque te parecías a uno de los carajitos de la película.
Nos vemos por ahí
Pedro Mosqueda

