En medio del colapso eléctrico, sin suministro de combustible, con las protestas populares ocurriendo todos los días, sin que, al parecer, la represión haga desistir a los cubanos de expresar abiertamente su malestar en las calles, y ante la presión de la administración Trump, el gobierno de La Habana se encuentra entre la espada y la pared.
No es la primera vez que se ha dicho que el régimen comunista de la isla está por caer, o cerca de su colapso final, y si bien es cierto que el sistema ha demostrado tener más vida que un gato, todo indica que se acerca a su hora cero.
Sumergido en una multi crisis (económica, energética, demográfica, de capacidades y de legitimidad) y sin la posibilidad de recibir ayuda financiera o militar de China y Rusia (al igual que Venezuela) el destino del país parece estar en manos del actual inquilino de la Casa Blanca.
La cuestión aquí es saber la razón por la cual Donald Trump ha decidido, según sus palabras, “tomar Cuba”. Pues bien, lo hace, principalmente, porque puede.
Es posible que sueñe con pasar a la historia como el presidente de Estados Unidos que “reparó” el garrafal error en que incurrió John F. Kennedy, hace casi siete décadas, al permitir la consolidación de un régimen comunista en la isla.
Pero si lo anterior es especulación de quien suscribe, lo que sí es cierto es que la situación cubana tiende a derivar, desde antes del retorno de Trump a Washington, hacia una mega crisis humanitaria que provocaría otra crisis migratoria hacia Estados Unidos.
Entre 2021 y 2024 la población de la isla cayó de 11 millones de habitantes a poco más de 8,6. En este corto periodo, el 18% de la población emigró, principalmente a su vecino del norte.
Bien podría la Casa Blanca aliviar por vía ejecutiva el sistema de sanciones estadounidenses a la economía cubana, pero eso no es garantía de mejora de la vida cotidiana de la isla sino viene acompañado de reformas serias por parte del gobierno castrista. En todo caso, Trump no hará eso a cambio de nada.
Y en estos dos aspectos reside el fracaso cada más inocultable del gobierno de Miguel Diaz-Canel, así como el de sus antecesores, Fidel y Raúl Castro: no han estado dispuestos a ceder en nada sustancial ante Estados Unidos a cambio de relajar el embargo comercial, pero tampoco han hecho nada por reformar su economía siguiendo el ejemplo de los camaradas chinos y vietnamitas.
Por el contrario, los hermanos Castro desperdiciaron las dos décadas de subsidio petrolero venezolano a fondo perdido, que según las más modestas estimaciones estuvo en el orden de los 63.800 millones de dólares, mientras observaban impasibles la debacle de su principal aliado. Hoy Cuba está peor que hace dos décadas.
Pues bien, por lo que sabemos, Trump parece decidido a obligar al régimen cubano a hacer la apertura económica que ha venido evadiendo. Sus objetivos son más o menos los mismos de lo que intentó la administración Obama en 2015, pero otros medios. Si no fue por las buenas, será por las malas.
Una toma al estilo de lo que hizo Alemania Occidental con Alemania del Este (la RDA) desde 1990 sería excesivamente costoso para el contribuyente estadounidense; tampoco se quiere correr el riesgo de repetir los colapsos estatales de la Rusia postsoviética, y mucho menos el Irak luego de la invasión de 2003. En ese sentido lo más práctico hubiera sido ensayar una apertura económica por iniciativa propia de La Habana.
De modo que el gobierno cubano se encuentra como el estudiante que no hizo sus deberes a tiempo.
En ese sentido esta historia ha podido ser, tal vez, muy distinta si los amigos que el régimen comunista tiene en todo el mundo, en particular en la izquierda latinoamericana, le hubieran animado a tomar el rumbo de la apertura política y económica por sus propios medios, en sus términos y en sus tiempos.
En cambio, los gobiernos y movimientos progresistas optaron por cerrar filas detrás del castrismo, y justificar los abusos contra su propia población, así como sus errores y fracasos, usando como coartada el acoso imperial estadounidense. La trampa ha consistido en proclamar la defensa del pueblo cubano, cuando en realidad se defiende la dictadura cubana.
Probablemente, un momento clave de esa conducta ocurrió en enero de 2013, cuando un grupo de jefes de Estado y de Gobierno, todos elegidos democráticamente, decidieron seleccionar a Raúl Castro como presidente pro tempore de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), durante la Cumbre celebrada en Santiago de Chile.
La consecuencia ha sido que Latinoamérica, una vez más, le entrega el protagonismo a los Estados Unidos, en esta oportunidad a los Estados Unidos de Donald Trump. Nuevamente, la similitud con lo ocurrido en Venezuela es muy reveladora.
La cuestión es que, a buena parte de la izquierda, a los dos lados del Atlántico, le cuesta muchísimo romper su dependencia emocional con el régimen cubano, e insiste en la defensa atávica del mismo. Así, por ejemplo, la Internacional Progresista, fundada entre otros por Yanis Varoufakis y Bernie Sanders (y que cuenta con Mariela Castro en su consejo asesor), ha organizado el denominado “Convoy Nuestra América”, que ofrece llevar este mismo mes de marzo más de 20 toneladas de ayuda humanitaria para enfrentar la crisis energética y “el bloqueo estadounidense”.
En la iniciativa se han involucrado figuras como el exlíder laborista británico Jeremy Corbyn, el exvicepresidente español Pablo Iglesias, y la senadora colombiana Clara López, quienes participan en la misión de romper el asedio, mientras ignoran a la disidencia dentro de la isla, ni exigen la liberación de presos políticos en sus declaraciones oficiales, lo que a todos luces constituye una clara inconsecuencia con los valores democráticos que dicen defender y que, denuncian, se encuentran amenazados por el trumpismo.
No obstante, el gobierno cubano admite estar conversando con el equipo de Trump, es decir, con el enemigo. Lo cierto es que, como apuntamos arriba, más opciones no le quedan.
El plan de Marco Rubio que, al igual del caso venezolano, es el cerebro de esta operación de “toma”, consistiría en forzar la liberación económica, asegurar la llegada de inversión estadounidense a la isla, pero sin desmontar, en las primeras de cambio, la estructura autoritaria del partido único. Esta posibilidad ha causado desconsuelo en el exilio cubano, pero desde el punto de vista del tándem Trump/Rubio luce como la más práctica.
Así pues, como en la fábula del pastorcito, se dijo tantas veces que venía el lobo imperial, que cuando este finalmente llegó nadie estaba preparado.
@Pedrobenitezf

