La gran oportunidad que nace en estos días es poder escoger, decidir, cómo queremos vivir. Ser mas concretos, con metas visibles o más espirituales, valorando más lo que no se vive pero que se anida en nuestras profundidades. Esto parece ser una realidad porque acabamos de andar en una oscura senda, donde prevalecían anti valores, la mentira, el poder sin limites sobre los otros ejercido sin piedad ni compasión, el falso derecho de borrar la libertad a otros, sin compasión ni arrepentimientos. Quizás la conclusión podría ser, hemos vivido en una impuesta negación de la espiritualidad ¿Estamos acaso conscientes de ello?

Emeterio Gómez.
Ser espiritual, deriva de “espíritu” (pneuma). El Espíritu de una persona es lo más hondo de su propio ser: sus motivaciones últimas, su ideal, su utopía, su pasión, la mística por la que vive y lucha y con la cual contagia a los demás. La persona, sea cuales sean sus decisiones existenciales, es y siempre será un ser espiritual incluso cuando se ubica en las antípodas de serlo. Cuanto más conscientemente vive y actúa una persona, cuanto más cultiva sus valores, su ideal, su mística, sus opciones profundas, su utopía, más espiritualidad tiene, más profundo y rico es en profundidad. Su espiritualidad será la talla de su humanidad.
Acabamos de entrar en un umbral que nos conduce a la posibilidad de decidir. Cuánto valor le damos a los diferentes caminos ¿Qué tenemos enfrente? Es el super desarrollo tecnológico, una vía a la riqueza derivada de lo que tenemos bajo nuestros pies, un camino o simplemente una de tantas quimeras que nos asombran en cada recodo de nuestras vidas.
Si pensamos en nosotros mismo en las cuatro dimensiones que acogen la espiritualidad: la dimensión física, la dimensión emocional, la dimensión mental y la dimensión espiritual. Podemos preguntarnos ¿Estas se entrelazan y se complementan unas con otras? Pareciera que ninguna es más importante que la otra, ¿Tienen todas que funcionar en armonía? O, podemos sencillamente decidir, en realidad, honestamente creo que ellas no se entrelazan, unas definen a las otras. Si decido buscar riquezas materiales como prioridad, esta posición no se enlaza con otras, ella subordina, domina, aplasta las otras.
La espiritualidad en Platón y Aristóteles se centra en el alma (psique), aunque con enfoques distintos: Platón la ve como inmortal, eterna y atrapada en el cuerpo, aspirando al mundo de las ideas. Aristóteles la define funcionalmente como el «acto primero» del cuerpo, siendo la racionalidad su máxima expresión, pero no inmortal.
La oportunidad de ser espirituales deviene de la experiencia histórica que hemos vivido recientemente donde se ejercían practicas brutales en contra de los otros, se han documentado prácticas de violencia, tortura, impedimentos para comunicarnos, expresar inquietudes y preocupaciones y quizás lo más grave , la indiferencia ante el hambre de vastos sectores, entre ellos nuestra infancia y la población escolar, los maestros, madres pobres jefes de hogar, adolescentes fuera del sistema escolar y muchos otros.
La espiritualidad se transforma en un reclamo ante la injusticia, la privación de libertad de ciudadanos que reclaman sus derechos, o su decisión de elegir libremente a quienes pueden ser depositarios de nuestra confianza.
Parecería una proclama cursi, plantear la posibilidad y oportunidad de decidir ser más espirituales, aun conservándonos dentro de los límites de la racionalidad y la lógica, simplemente porque venimos de un mundo donde el ser humano como expresión espiritual de valores, de nuestra verdadera raíz energética, ser en el universo, el único ente capaz de decidir, autores de la posibilidad de cambiarnos a nosotros mismos.
La kriptonita del ser humano es que puede, tiene la potencia, para cambiarse a si mismo, un poder no compartido con ninguna otra entidad en el universo, no puede hacerlo ningún ser perteneciente al reino humano o al reino vegetal.
Podemos volver a las ideas de Emeterio Gómez, quien proponía una vuelta a la espiritualidad fundida en ideas económicas:
No se requiere sólo una sana economía, urge una ética, una nueva moralidad social, una propuesta de sociedad, una utopía realizable por la cual luchar. Es poner en evidencia que el libre mercado es un enfoque abandonado en Venezuela, desde los tiempos del gobierno de Eleazar López Contreras. Encontró que prevalece una concepción y práctica estatista para orientar la economía. El proteccionismo, bajo la forma de industrialización por sustitución de importaciones, generó empresas incapaces de competir en el mercado internacional. Los postulados de Gómez acotan que se requiere desregular la economía, reducir el tamaño del Estado, establecer empresas en áreas donde tengamos ventajas comparativas y competitivas, privilegiar el funcionamiento de la economía por la ley de la oferta y demanda, además de mantener los equilibrios macroeconómicos, evitar la inflación generada por la emisión de dinero inorgánico, aumentar la productividad con formación del capital humano, alta tecnología, buena remuneración para los operarios e investigación aplicada a la producción.
Es una obligación de vida dar a conocer la inmensa tarea que emprendióEmeterio incansablemente en pos del desarrollo humano. Una meta superior a cualquier objetivo material que pueda proponerse, pues era una vuelta a la espiritualidad como hábitat de nuestra humanidad.
En su lucha, Emeterio ejecutó una tarea durante años en fábricas con obreros, grupos gerenciales, empresarios, estudiantes, vecinos, amigos, hasta en instituciones públicas y con todo aquel que pudiera sentirse inquieto ante la alusión del tema humano y la espiritualidad como centro de un dialogo.
Todo comenzaba con una interrogación ¿Qué es ser humano? Pregunta que desconcertaba a muchos que pensaban que asistirían a una exposición filosófica de alto nivel. Esta sencilla pregunta funcionaba como un motor que abría puertas, al desconcierto que seguía la mirada hacia uno mismo. La respuesta se repetía en casi todos los contextos: el ser humano es un animal racional. Allí venía la fractura con toda la carga contenida en cada uno de los involucrados. Se abría entonces un episodio maravilloso en cuanto Emeterio se lanzaba sin disimulo contra la visión limitada del ser que negaba por principio lo fundamental del ser humano, el constituir una posibilidad infinita en términos heideggerianos. Poder entender que el ser humano es una posibilidad de ser, que puede decidir y allí esta su dimensión ética-espiritual que siempre eternamente lo estará enfrentado a la disyuntiva que contiene esa posibilidad.
Al cruzar ese umbral que dejaba atrás la lógica y todos los determinismos surgía el centro de la reflexión, el temazo: si acepto que no estoy predeterminado, si soy posibilidad, libre para decidir, entonces tengo que decidir. Por allí se colaba una idea, la religiosidad, visto en los términos de Martin Buber, como el religare, estar con el otro y que en ese espacio entre tu y yo es donde estalla la noción de dios, lo único, al igual que el aire que respiramos, que todos percibimos de igual manera. La noción de religiosidad nos conducía sin pausa a una reflexión que Emeterio luchaba por aportar a cada individuo presente, si la religiosidad es unión y soy libre de decidir ¿qué puedo hacer? En esta intersección surgía luminosamente la alusión a los valores, vistos no como códigos inamovibles sino como elecciones humanas, ¿qué es el respeto, la confianza, la solidaridad, la responsabilidad? Son temas externos o son alusiones a los cromosomas espirituales del ser humano. Sumergirse en estas reflexiones con gentes en todas partes, distintas, educaciones de todos los niveles, oficios y ocupaciones diversas, alimentaba el más rico acervo de humanidad, pues inexorablemente nos llevaba a un terreno que era el sitio buscado por Emeterio para confrontar a cada uno consigo mismo: si soy libre, si los valores no son un simple intercambio ¿puedo respetar al que no me respeta? El camino era mostrar, en especie de reto ¿serás capaz de respetar al que no te respeta? porque lo otro es una respuesta simple, devolver el respeto recibido. ¿Pero, y al que no te lo da, qué haces, lo irrespetas? En este trance podíamos avizorar el reto bajo la manga, proponer a cada persona que puede, si lo decide, mejorarse a sí misma. Esto podía convertirse en un juego, si ya habíamos aceptado que no éramos un animal racional, si éramos libres para decidir entonces realmente comenzaba la confrontación. En algunos casos la proposición consistía en aceptar reflexionar sobre una disminución de nuestras vulnerabilidades, comenzar por rebajar 10% de egoísmo, desconfianza, irresponsabilidad, irrespeto y convertirlo en lo contrario. Era un juego con lo más profundo del ser humano, al cual había que entrar sin caretas, sin falsos egos, simplemente verse en el espejo y hurgar en lo profundo. Era percibir que se podía comenzar un incansable e interminable trabajo de mejorarse a sí mismo. Los efectos eran asombrosos, oír a un padre de familia confesar que había practicado la violencia dentro de su hogar, con sus hijos, familiares, pareja y que por primera vez se enfrentaba a esa cara en el espejo, ¿cuán violento soy? ¿Qué resuelvo con la violencia? Y luego la reflexión ¿Podría ser distinto, soy mejor padre si en lugar de ejercer la violencia me abro a mi hijo y hablamos? El camino de mejorarse a sí mismo se convertía entonces en una fuerza indetenible. Pensando en el momento que vivimos hoy, que un individuo en lugar de aceptar ordenes de torturar, apresar, maltratar a los ciudadanos, se detenga y piense ¿Por qué debo cumplir esta orden, puedo rebelarme, si acepto la orden en que me convierto? Cuando vemos a militares torturando compañeros, apresando inocentes, me pregunto qué pasará si entiende que es libre para actuar distinto, que nadie puede obligarlo a violar la humanidad del otro, que es parte de su vida.
Durante mucho tiempo hicimos este fantástico trabajo, simplemente ayudar a comprender a las personas que son libres para decidir mejorarse a sí mismas. Que ninguna fuerza humana puede obligar a traicionar este principio de existencia elemental y sustancial.
Imagino que en los muchos lugares dónde estas experiencias tuvieron lugar habrán sentido el gran dolor de la partida de Emeterio, pero a la vez estoy segura que de seguidas encontraron la fuerza y la alegría de haber tenido la oportunidad de estar con este gran hombre que vivió fundamentalmente para los otros, para sembrar la idea que nos permiten soñar con un mundo distinto, somos responsables de nosotros mismos y también de todos los otros.
Toda sociedad necesita utopías, esperanzas, ideales e ilusiones en los cuales creer y a partir de los cuales impulsarse hacia el futuro. Para alcanzar el bien, la felicidad el progreso, el heroísmo, el consumismo o cualquier otra meta que se haya propuesto. Toda sociedad necesita esperanzas y en la Venezuela de hoy esta necesidad es tal vez más apremiante que en cualquier otra circunstancia. Hay que estimular las utopías y los ideales.
Podemos seguir apelando a la democracia, el mercado y la libertad individual, porque todas estas nociones continúan teniendo fuerza y vigencia. Pero si no parimos una idea matriz capaz de entusiasmar a la gente y de motorizar con fuerza la lucha contra la pobreza, el saqueo y la injusticia, nos las veremos muy mal frente al autocratismo y el neocomunismo”.
La vuelta al privilegio de la espiritualidad en nuestras escuelas, universidades y en los negocios, es la inmensa posibilidad que tenemos hoy los venezolanos después del reciente pasaje por el infierno de la ambición y la falta de probidad de quienes han tenidos nuestras vidas en sus manos.
Cada vuelta de esa indetenible noria significó para Emeterio renuncias muy concretas: a seguidores, patrocinios, comodidades materiales y no pocas veces a buenos amigos. Pero le proporcionaban una satisfacción incomparable: la del hallazgo cumplido, la de aproximarse al grial intuido, apenas atisbado y sin embargo inasible, que para él no fue otro que entender (para sí mismo y para explicarlo a otros) cómo operan el mundo y la inaprensible especie humana que lo habita; y de nuevo no quedarse allí, sino proyectar, aplicar sus hallazgos a lo que fue su más cara obsesión: encontrar una ruta hacia el milenario sueño redentor de la humanidad, no solo en la apremiante esfera del bienestar material sino en el plano espiritual de la convivencia, la paz y el amor. Thaelman Urguelles.

