La política venezolana ha entrado, otra vez, en una zona de penumbra. No porque falten hechos, sino porque sobran. La detención de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses el 3 de enero de 2026 no abrió la puerta luminosa de una transición. Abrió algo más turbio: una nueva etapa de acomodo entre Washington y el chavismo, una de esas transacciones históricas donde todos sonríen en la foto menos los venezolanos que todavía creían en la palabra “cambio”.
Conviene decirlo sin adornos. Lo que parece estarse consolidando no es una ruta de democratización, sino una fórmula de coexistencia pragmática. Para Estados Unidos, el objetivo luce bastante pedestre, aunque estratégicamente comprensible: asegurar un suministro confiable de petróleo en un tiempo internacional que no está para romanticismos ideológicos. Para el chavismo, en cambio, la ganancia es de una densidad política mucho mayor: el reconocimiento pleno de hecho de su régimen, esa joya de la corona que durante años persiguió con ansiedad y cinismo. Delcy Rodríguez lo ha llamado “un nuevo momento político”. Tiene razón, aunque quizá no en el sentido que quisiera admitir.
Porque todo nuevo momento político, en Venezuela, suele consistir en una nueva forma de clausurar las expectativas de la sociedad. Y eso es precisamente lo que hoy se perfila. La oposición institucional, siempre tan dispuesta a confundirse con sus propios espejismos, ha quedado descolocada. La vieja MUD, que en otros tiempos producía comunicados como quien fabrica incienso para ceremonias vacías, ni siquiera logró articular una posición retórica frente al hecho más abrupto y determinante de los últimos años: la captura del hombre que ocupaba Miraflores. Mudos antes, mudos ahora. El nombre les sigue calzando con una precisión involuntariamente poética.
María Corina Machado, por su parte, permanece aferrada al reclamo de elecciones ya. Pero justamente allí está el problema. Hoy las elecciones son un asunto incómodo tanto para Caracas como para Washington. Nadie parece tener demasiado interés en hablar de votos cuando lo que se está negociando es poder real. Y el poder real, como siempre supimos aunque a veces fingimos olvidarlo, no habita en las consignas sino en los acuerdos de fuerza, en los reconocimientos efectivos y en el reparto de garantías entre actores que se necesitan mutuamente. El lenguaje electoral ha quedado reducido a pieza de museo, junto con otros jarrones chinos de la oposición: la presidencia de Edmundo González, la Asamblea Nacional de 2015, el interinato de Guaidó y todo ese cementerio administrativo de juntas ad hoc que alguna vez se presentó como arquitectura de una transición y hoy luce más bien como utilería de una obra cancelada.
No deja de ser una ironía severa. Durante años se le pidió al país paciencia, disciplina y fe electoral. Se le dijo que había que resistir, votar, esperar, negociar, volver a votar y luego administrar la frustración con vocabulario republicano. Ahora que el tablero ha cambiado de manera brutal, esa misma oposición descubre que no tiene discurso para la coyuntura, ni estrategia para el mediano plazo, ni músculo social organizado para incidir fuera del ritual electoral. Es decir: descubre que confundió política con calendario comicial.
Y, sin embargo, en medio de esta confusión hay una posibilidad que merece ser pensada con menos histeria y más sentido histórico. Si la ruta electoral vuelve a exhibir su inutilidad práctica —como ya la exhibió tantas veces— quizá la tarea urgente no sea seguir mendigando garantías que nunca llegarán, sino reorientar la lucha política y social hacia el terreno donde todavía es posible acumular fuerza real: el relanzamiento del movimiento sindical y gremial, la reconstrucción paciente de tejidos organizativos, la reapertura de espacios de presión social en las rendijas que el propio chavismo deja por necesidad o por cálculo.
No se trata de ninguna epifanía obrerista de salón. Se trata de entender algo elemental: sin organización social autónoma no hay correlación de fuerzas; y sin correlación de fuerzas no hay transición, sino apenas administración sucesiva de derrotas. El chavismo puede tolerar protestas fragmentarias, candidaturas testimoniales y hasta oposiciones decorativas. Lo que le resulta más incómodo, porque toca la médula de su control, es la posibilidad de una sociedad que vuelva a organizarse por intereses concretos, laborales, salariales, profesionales, territoriales. Una sociedad que abandone el cotillón electoral y recupere el lenguaje menos vistoso, pero más decisivo, de la acumulación.
Ese es, en el fondo, el dilema que vuelve a planteárseles a quienes aspiran a un cambio político en Venezuela, probablemente la mayoría silenciosa del país. Seguir atrapados en la lógica del corto plazo, siempre excitante y siempre estéril, o asumir por fin una visión estratégica de largo aliento. Lo primero ofrece titulares, épica instantánea y nuevas decepciones. Lo segundo exige paciencia, densidad y renuncia a ciertas fantasías cómodas. No produce euforia. Produce fuerza, que es otra cosa y suele ser menos fotogénica.
Tal vez el problema de la oposición venezolana no haya sido nunca la falta de heroísmo verbal, sino su escasez de sentido estratégico. Ha vivido enamorada del desenlace rápido, del evento redentor, del golpe de efecto que resuelva en días lo que no ha querido construir en años. Pero los regímenes como el chavista no caen por fatiga moral ni por hashtags bien intencionados. Caen cuando enfrente aparece una fuerza social y política capaz de erosionarlos, cercarlos y volver costoso su dominio en todos los planos.
El “nuevo momento político” existe, sí. Pero no necesariamente como lo sueñan Washington ni el chavismo ni la oposición aturdida. Existe, sobre todo, como una prueba de madurez para el país que quiere salir de esta larga trampa. La pregunta no es si habrá otra elección que nos permita entretenernos unos meses más. La pregunta es si, por una vez, seremos capaces de sustituir la ilusión del atajo por la disciplina de la construcción.
Porque el chavismo, al final, no solo ha devastado instituciones y arruinado la economía. También ha enviciado a sus adversarios con la superstición del instante. Y ya va siendo hora de dejar de rezarle a ese dios menor.
Maestría en Negociación y Conflicto – California State University – @humbertotweets

