Aristóteles, grande pensador y filósofo, inventó la Retórica, también el primer esquema de comunicación: “la persona que habla, el discurso que pronuncia, la persona que escucha.” Construyó con precisión el proceso de la comunicación: el emisor, quién habla; el discurso, equivale al mensaje; el escucha, refiere al receptor. El primer debate, en la antigua Grecia, entre “retóricos y sofistas”, ya plantea la importancia: Quien convence a quien. Posteriormente, en Roma, Cicerón desarrolla la oratoria. Hay quien todavía usa la fórmula de Cicerón para hablar o, mejor dicho, para disertar. Comunicarse, expresarse y hablar, son elementos específicamente humanos que nos distinguen de las otras especies en el planeta. Estudios recientes, señalan que falta poco para poder conversar con orangutanes y gorilas, (se ha conseguido cierta comunicación) las aves son super inteligentes; ya de las ballenas sabíamos, se pueden comunicar. Vendrán momentos fantásticos, seguramente se lograrán situaciones y descubrimientos impensables. Así ocurría en los comienzos del siglo XX; no pensaron los humanos del Siglo XIX que se alcanzaría tal desarrollo y avance.
Uno de los filósofos de la Escuela de Frankfurt, afirmó categóricamente, todo acto comunicacional es manipulativo. En un proceso de comunicación, la intención del emisor, es convencer al receptor, de la veracidad y autenticidad del mensaje. Preguntamos: ¿es así? ¿queremos convencer al otro/a de lo que expresamos? Tengo que responder: la pretensión del comunicante es lograr “comunidad” (“communitas”, puesta en común) con el receptor del mensaje. ¿Esto es legítimo? La búsqueda de conocer algo o alguien; preguntar, tener certeza sobre lo ocurrido, o ¿qué va a ocurrir? ratificar o verificar un suceso y también los eventos, para sentirse seguro de cómo y qué sucedió. Ilusión difícil, según Carlos Castilla del Pino, quien afirmó con convicción: “Siempre hay un quantum, que queda sin comunicar, por insuficiencia funcional del lenguaje”.[1]
Por otra parte, es válido que el hablante, el comunicador o emisor del mensaje, pretenda convencer al escucha, receptor del mensaje de lo que le está diciendo. Surgen, al menos, dos posibilidades: el escucha o receptor, debe encontrarse en “un espacio seguro”, para aceptar, rechazar, escuchar; y de ser posible, compartir el mensaje recibido. Puede suceder que, el emisor del mensaje acepte con tolerancia y/o resignación un mensaje, por simple educación o cortesía, sin que sea aceptado. En oportunidades, porque no se ha comprendido, debido a problemas de audición o visuales, por ser muy complejo, porque hay interferencias en el mismo; o simplemente porque no está de acuerdo. Entonces, se deberá con formalidad pedir que se aclare, explique o verifique el contenido del mismo. Insisto, ¿es válido querer convencer a los demás de lo que pensamos o creemos? Sí el escucha se encuentra en igualdad de condiciones, sostengo que sí. Sin embargo, sin la democracia activa, puede llegar a ser una forma represiva de controlar al humano.
Al conocer la reciente muerte, del último de los grandes filósofos de la Escuela de Frankfurt, Jürgen Habermas; entre la nostalgia y el lamento, vuelvo con el pensamiento a los años de juventud, orientada, por otro de los grandes: ese gran Maestro, el inolvidable filósofo comunicólogo Antonio Pasquali. Por él, conocimos, esa Escuela de Filosofía. Adolfo y yo, quedamos encantados ante la sabiduría y los planteamientos de ese grupo de filósofos, que nos hicieron comprender la trascendencia de la comunicación y orientarnos para cursar la primera maestría en comunicación social que se dio, por allá en la década de los 80.
La muerte de Habermas ocasionó, como era esperado, una conmoción en el mundo de la filosofía, la politología, la comunicología, la economía y por supuesto la historia. Grande entre los grandes, su pensamiento orientó y lo sigue haciendo, en buena medida a los comunicólogos.
La Escuela de Frankfurt se ubicó en el pensamiento neo-marxista. Leyendo a pensadores de hoy, ¿Qué encuentro? Aparentemente, ese pensamiento ha sido superado. El nuevo eslogan sería: “El mundo de ayer ha terminado”. Ese nuevo mundo que se anuncia, nosotros, muchos ancianos, lo intuimos y sospechamos, sin embargo, en mi caso personal, no me siento preparada para ese proceso. Siendo sincera, tampoco me desvelo por entender y comprender todo lo que ocurre. Me mortifica el futuro, en especial por mis hijos y nietos; no obstante, espero y confío en Dios, que este final de ciclo, de era o época, marque un sendero de progreso y paz para la humanidad.
Vuelvo al tema: ¿queremos convencer todo el tiempo a todo el mundo cada vez que nos comunicamos? Allí está la grandeza del muy admirado Dr. Pasquali: la información es distinta de la comunicación, y cuando hay comunicación se produce o se puede inducir, una relación. Implica la pretensión de convencer al otro/a, de su forma de pensar. ¿Están en su derecho? Pues sí.
También el oyente o, receptor, tiene derechos. Podemos rechazarlos, por anacrónicos, fracasados e inhumanos. Resulta inaceptable que quieran obligarnos a aceptar una ideología, que no sirvió en ninguna parte del mundo, que compartamos sus incoherencias vitales, (si se descuidan serían psicópatas)y que olvidemos los horrores cometidos. No queremos venganza, si justicia. Espero que no se confundan: somos gente de paz. Ni idiotas, ni ignorantes. Los demócratas atentos. ¡Dios nos ampare!
[1] Castilla del Pino, Carlos. La insuficiencia funcional del lenguaje. Folleto. Cordoba.1974.

