Aquí y ahora, Venezuela.
Un acto de resistencia y pertenencia
Hay pueblos que dicen “te quiero”.
Y hay otros que lo demuestran sin decirlo.
Venezuela pertenece a los segundos.
Aquí el amor no siempre se pronuncia: se sirve en un plato, se grita desde la cocina, se manda en un audio de dos minutos, se esconde en una broma cuando la vida aprieta. Es un amor que no espera condiciones perfectas, porque aprendió —a la fuerza— a existir en medio de la incertidumbre.
El venezolano ama preguntando:
“¿Ya comiste?”
Ama insistiendo:
“Avísame cuando llegues.”
Ama resolviendo, aunque no tenga cómo.
Ama acompañando, aunque esté lejos.
Pero también ama sus costumbres.
Ama sus tradiciones.
Ama su forma de ser, incluso cuando está lejos de su tierra.
Ama el sonido de un cuatro, el ritmo del tambor, el sabor de una arepa hecha con memoria. Ama las fiestas, las vírgenes, los colores, los acentos. Ama lo suyo con una intensidad que no se negocia.
Y lo demuestra también en lo colectivo.
Como cuando un país entero se detiene frente a un juego.
Como cuando el corazón late al ritmo de un inning.
Como cuando una victoria —como la histórica frente a Estados Unidos en el Clásico Mundial de Béisbol— no es solo deporte, sino una forma de decir: aquí estamos.
Porque en Venezuela, el deporte también es amor.
Amor propio.
Amor por lo que somos.
Aquí el amor trasciende lo individual.
Amamos cuando vemos a un niño ajeno sonreír…
y en esa sonrisa recordamos a los nuestros.
Amamos cuando, a pesar de la prisa o la distancia, nunca olvidamos decir:
“Dios te bendiga.”
Amamos en lo pequeño, en lo cotidiano, en lo invisible.
Nuestra forma de amar es profundamente humana: abrazamos fuerte, tocamos, miramos a los ojos. Pero también es un amor que ha tenido que migrar, adaptarse a pantallas, a despedidas largas, a silencios que pesan.
Y aun así, no se rompe.
Porque el amor venezolano tiene algo de terquedad.
Se queda.
Resiste.
Inventa.
Ama con humor —ese humor que no es superficial, sino una forma de no quebrarse. Ama haciendo familia donde haga falta. Ama compartiendo incluso lo poco.
Y quizás por eso es difícil de explicar.
Porque el venezolano no ama a medias.
Ama con todo.
Y quien no ha convivido con un venezolano, difícilmente lo entienda.
Porque esto no es solo cariño.
No es solo costumbre.
No es solo identidad.
Es todo eso junto, latiendo al mismo tiempo.
Amar a la venezolana no es fácil.
Es amar con distancia, con nostalgia, con ausencias.
Pero también es amar con una fuerza que no se rinde.
Una fuerza que cocina, que espera, que celebra, que reza.
Una fuerza que, incluso rota, sigue eligiendo quedarse.
Porque en Venezuela, amar no es solo un sentimiento.
Es una forma de pertenecer.
Y sobre todo, una forma de sobrevivir.

