Paloma Valencia y el problema de la libertad en América Latina
Existe una pregunta que la filosofía política ha dejado pendiente desde que Isaiah Berlin trazó su célebre distinción entre libertad negativa y libertad positiva: ¿puede un pueblo perder su capacidad de ser libre sin perder simultáneamente su capacidad de reconocer esa pérdida? La tragedia venezolana —que contemplo desde la distancia dolorosa del exilio intelectual— no es solamente una tragedia política. Es, en su dimensión más profunda, una tragedia ontológica: la destrucción sistemática de las condiciones que hacen posible que un ser humano se piense a sí mismo como sujeto de su propia historia.
Paloma Valencia.
Cuando observo la propuesta que Paloma Valencia articula con respecto a Venezuela, no veo únicamente a una candidata presidencial colombiana desplegando su política exterior. Veo algo más infrecuente y más necesario: a una estadista que comprende que la política no es administración del presente, sino responsabilidad ante el futuro. La distinción importa. El administrador gestiona lo que existe. El estadista se hace cargo de lo que debería existir pero todavía no existe. Y lo que no existe en Venezuela desde hace décadas —lo que ha sido metódicamente destruido— es el espacio público de la libertad: ese ámbito donde los seres humanos aparecen ante los demás como seres capaces de actuar, de disentir y de comenzar algo nuevo.
Hannah Arendt, que pensó la política más profundamente que nadie en el siglo XX, enseñó que el totalitarismo no destruye primero las instituciones. Destruye primero la pluralidad: la condición humana que hace posible que existan mundos distintos dentro de un mismo mundo. Cuando un régimen reduce la diversidad a unanimidad forzada, cuando convierte el disenso en traición y la memoria en peligro, no está cometiendo solamente crímenes políticos. Está atacando la condición misma de lo humano. Venezuela es, en este sentido preciso, un laboratorio del totalitarismo latinoamericano. No el más antiguo —Cuba lleva décadas en ese experimento siniestro— pero sí el más vertiginoso: ningún país de la región cayó tan rápido desde una democracia consolidada hasta una autocracia criminal.
La presión diplomática como acto filosófico
Valencia propone fortalecer la presión diplomática internacional a través de una coalición latinoamericana que vaya más allá de las declaraciones y que impulse sanciones efectivas contra los jerarcas del régimen. Hay quienes leen esto como una posición de política exterior convencional. Yo lo leo de otro modo. La presión diplomática sostenida sobre un régimen tiránico no es solo un instrumento pragmático: es un acto de reconocimiento filosófico. Es decirle al mundo —y, sobre todo, a las víctimas dentro del régimen— que su sufrimiento no ha pasado inadvertido, que no ha sido normalizado, que la comunidad de las naciones no ha decidido mirar hacia otro lado.
La normalización del mal es la forma más eficiente de perpetuarlo. Cuando la tiranía se vuelve paisaje, cuando los crímenes de un régimen pasan a ser simplemente ‘la situación venezolana’, se produce un deslizamiento moral que tiene consecuencias prácticas devastadoras. Los demócratas dentro del país quedan solos. La resistencia pierde el combustible simbólico que la sostiene. Los perpetradores comprenden que pueden continuar sin costo. Por eso la firmeza diplomática que Valencia propone no es una postura retórica: es una intervención en el campo moral que precede a toda intervención política eficaz.
La candidata habla de ‘tibiezas diplomáticas’ con una precisión que le hace honor. La tibieza no es una posición neutral entre el calor y el frío. Es la temperatura del pragmatismo sin principios, la temperatura de quienes han decidido que lo posible es más importante que lo justo. Pero la política, cuando aspira a ser más que mera administración del poder, debe saber que lo justo define los límites de lo posible. Un orden internacional que normaliza la dictadura no es un orden estable: es un orden en proceso de descomposición moral, que tarde o temprano pagará el precio de su complicidad.
El corredor humanitario como metáfora política
Entre las propuestas concretas de Valencia figura la creación de un ‘corredor humanitario permanente’ en la frontera colombo-venezolana. La imagen merece ser pensada más allá de su función logística. Un corredor es, en su esencia, un espacio de tránsito: no pertenece ni al origen ni al destino, sino al movimiento mismo. El corredor humanitario que Valencia imagina sería, en este sentido, una encarnación espacial de la esperanza: un lugar donde los venezolanos que huyen encuentran no solo ayuda material, sino el reconocimiento de que su condición de personas libres —despojada por el régimen pero no extinguida— sigue siendo válida y reconocida por el mundo.
Pero el corredor también fluye en la otra dirección: hacia adentro, hacia la resistencia democrática. Esto es crucial. La tiranía sobrevive, entre otras cosas, por el aislamiento que impone a quienes se le oponen. Quien lucha contra el poder desde dentro de un régimen totalitario necesita saber que no está solo, que existe una comunidad más amplia que respalda su lucha, que sus acciones tienen testigos y consecuencias más allá de las fronteras que el régimen controla. El corredor humanitario permanente que Valencia propone sería, si se implementa con la visión que la anima, mucho más que un canal de ayuda: sería un símbolo operativo de la solidaridad democrática continental.
Hay una dimensión de la propuesta que me parece particularmente honesta intelectualmente: Valencia no promete liberar a Venezuela. No pretende que desde Bogotá se pueda resolver lo que solo los venezolanos pueden resolver. Lo que propone es crear las condiciones —simbólicas, materiales, diplomáticas— para que esa resolución sea posible. Es la diferencia entre la soberbia del mesianismo político y la humildad del liderazgo democrático. Quien se propone liberar a otro lo trata como objeto. Quien crea las condiciones para que otro pueda liberarse a sí mismo lo trata como sujeto. En esa distinción se juega, filosóficamente, toda la diferencia entre el paternalismo y la solidaridad.
La libertad no es un regalo que se da: es una capacidad que se ejerce cuando las condiciones lo permiten. La política democrática consiste, en su núcleo más profundo, en crear y defender esas condiciones. José María Aristimuño Peraza.
Cuando Valencia afirma que Colombia debe ser ‘el bastión de la democracia en la región, no el cómplice silencioso de las dictaduras’, no está haciendo retórica electoral. Está articulando una comprensión de la responsabilidad política que tiene profundas raíces filosóficas. La complicidad por silencio es una forma de participación en el mal: lo saben la filosofía moral desde Aristóteles y el derecho internacional desde Núremberg. Un país que puede hablar y decide callar, que puede actuar y decide omitir, no es neutral: es cómplice. Colombia, por su geografía, su historia y su peso regional, tiene la responsabilidad particular de no serlo.
La propuesta de llevar a Maduro y su cúpula ante la Corte Penal Internacional no es solo una iniciativa jurídica. Es la afirmación de que los crímenes de lesa humanidad no tienen prescripción moral, que el tiempo no borra la responsabilidad, que los perpetradores no pueden simplemente esperar que el mundo olvide. En ese gesto —que requiere valentía política, porque enfrenta resistencias de todo tipo— se expresa una filosofía de la justicia que no se conforma con el estado de cosas actual sino que apela a un estándar más alto. Es la política entendida, en el mejor sentido, como vocación del ser.
La política como vocación del ser
Paloma Valencia y el problema de la libertad en América Latina. José María Aristimuño Peraza.
Existe una pregunta que la filosofía política ha dejado pendiente desde que Isaiah Berlin trazó su célebre distinción entre libertad negativa y libertad positiva: ¿puede un pueblo perder su capacidad de ser libre sin perder simultáneamente su capacidad de reconocer esa pérdida? La tragedia venezolana —que contemplo desde la distancia dolorosa del exilio intelectual— no es solamente una tragedia política. Es, en su dimensión más profunda, una tragedia ontológica: la destrucción sistemática de las condiciones que hacen posible que un ser humano se piense a sí mismo como sujeto de su propia historia.
Cuando observo la propuesta que Paloma Valencia articula con respecto a Venezuela, no veo únicamente a una candidata presidencial colombiana desplegando su política exterior. Veo algo más infrecuente y más necesario: a una estadista que comprende que la política no es administración del presente, sino responsabilidad ante el futuro. La distinción importa. El administrador gestiona lo que existe. El estadista se hace cargo de lo que debería existir pero todavía no existe. Y lo que no existe en Venezuela desde hace décadas —lo que ha sido metódicamente destruido— es el espacio público de la libertad: ese ámbito donde los seres humanos aparecen ante los demás como seres capaces de actuar, de disentir y de comenzar algo nuevo.
Hannah Arendt, que pensó la política más profundamente que nadie en el siglo XX, enseñó que el totalitarismo no destruye primero las instituciones. Destruye primero la pluralidad: la condición humana que hace posible que existan mundos distintos dentro de un mismo mundo. Cuando un régimen reduce la diversidad a unanimidad forzada, cuando convierte el disenso en traición y la memoria en peligro, no está cometiendo solamente crímenes políticos. Está atacando la condición misma de lo humano. Venezuela es, en este sentido preciso, un laboratorio del totalitarismo latinoamericano. No el más antiguo —Cuba lleva décadas en ese experimento siniestro— pero sí el más vertiginoso: ningún país de la región cayó tan rápido desde una democracia consolidada hasta una autocracia criminal.
La presión diplomática como acto filosófico
Valencia propone fortalecer la presión diplomática internacional a través de una coalición latinoamericana que vaya más allá de las declaraciones y que impulse sanciones efectivas contra los jerarcas del régimen. Hay quienes leen esto como una posición de política exterior convencional. Yo lo leo de otro modo. La presión diplomática sostenida sobre un régimen tiránico no es solo un instrumento pragmático: es un acto de reconocimiento filosófico. Es decirle al mundo —y, sobre todo, a las víctimas dentro del régimen— que su sufrimiento no ha pasado inadvertido, que no ha sido normalizado, que la comunidad de las naciones no ha decidido mirar hacia otro lado.
La normalización del mal es la forma más eficiente de perpetuarlo. Cuando la tiranía se vuelve paisaje, cuando los crímenes de un régimen pasan a ser simplemente ‘la situación venezolana’, se produce un deslizamiento moral que tiene consecuencias prácticas devastadoras. Los demócratas dentro del país quedan solos. La resistencia pierde el combustible simbólico que la sostiene. Los perpetradores comprenden que pueden continuar sin costo. Por eso la firmeza diplomática que Valencia propone no es una postura retórica: es una intervención en el campo moral que precede a toda intervención política eficaz.
La candidata habla de ‘tibiezas diplomáticas’ con una precisión que le hace honor. La tibieza no es una posición neutral entre el calor y el frío. Es la temperatura del pragmatismo sin principios, la temperatura de quienes han decidido que lo posible es más importante que lo justo. Pero la política, cuando aspira a ser más que mera administración del poder, debe saber que lo justo define los límites de lo posible. Un orden internacional que normaliza la dictadura no es un orden estable: es un orden en proceso de descomposición moral, que tarde o temprano pagará el precio de su complicidad.
El corredor humanitario como metáfora política
Entre las propuestas concretas de Valencia figura la creación de un ‘corredor humanitario permanente’ en la frontera colombo-venezolana. La imagen merece ser pensada más allá de su función logística. Un corredor es, en su esencia, un espacio de tránsito: no pertenece ni al origen ni al destino, sino al movimiento mismo. El corredor humanitario que Valencia imagina sería, en este sentido, una encarnación espacial de la esperanza: un lugar donde los venezolanos que huyen encuentran no solo ayuda material, sino el reconocimiento de que su condición de personas libres —despojada por el régimen pero no extinguida— sigue siendo válida y reconocida por el mundo.
Pero el corredor también fluye en la otra dirección: hacia adentro, hacia la resistencia democrática. Esto es crucial. La tiranía sobrevive, entre otras cosas, por el aislamiento que impone a quienes se le oponen. Quien lucha contra el poder desde dentro de un régimen totalitario necesita saber que no está solo, que existe una comunidad más amplia que respalda su lucha, que sus acciones tienen testigos y consecuencias más allá de las fronteras que el régimen controla. El corredor humanitario permanente que Valencia propone sería, si se implementa con la visión que la anima, mucho más que un canal de ayuda: sería un símbolo operativo de la solidaridad democrática continental.
Hay una dimensión de la propuesta que me parece particularmente honesta intelectualmente: Valencia no promete liberar a Venezuela. No pretende que desde Bogotá se pueda resolver lo que solo los venezolanos pueden resolver. Lo que propone es crear las condiciones —simbólicas, materiales, diplomáticas— para que esa resolución sea posible. Es la diferencia entre la soberbia del mesianismo político y la humildad del liderazgo democrático. Quien se propone liberar a otro lo trata como objeto. Quien crea las condiciones para que otro pueda liberarse a sí mismo lo trata como sujeto. En esa distinción se juega, filosóficamente, toda la diferencia entre el paternalismo y la solidaridad.
La libertad no es un regalo que se da: es una capacidad que se ejerce cuando las condiciones lo permiten. La política democrática consiste, en su núcleo más profundo, en crear y defender esas condiciones. José María Aristimuño Peraza.
Cuando Valencia afirma que Colombia debe ser ‘el bastión de la democracia en la región, no el cómplice silencioso de las dictaduras’, no está haciendo retórica electoral. Está articulando una comprensión de la responsabilidad política que tiene profundas raíces filosóficas. La complicidad por silencio es una forma de participación en el mal: lo saben la filosofía moral desde Aristóteles y el derecho internacional desde Núremberg. Un país que puede hablar y decide callar, que puede actuar y decide omitir, no es neutral: es cómplice. Colombia, por su geografía, su historia y su peso regional, tiene la responsabilidad particular de no serlo.
La propuesta de llevar a Maduro y su cúpula ante la Corte Penal Internacional no es solo una iniciativa jurídica. Es la afirmación de que los crímenes de lesa humanidad no tienen prescripción moral, que el tiempo no borra la responsabilidad, que los perpetradores no pueden simplemente esperar que el mundo olvide. En ese gesto —que requiere valentía política, porque enfrenta resistencias de todo tipo— se expresa una filosofía de la justicia que no se conforma con el estado de cosas actual sino que apela a un estándar más alto. Es la política entendida, en el mejor sentido, como vocación del ser.

