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Janneth Jiménez: Migrar sin irse, el exilio silencioso de los que se quedan

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Aquí y ahora, Venezuela.

Hay una forma de migrar que no aparece en las estadísticas ni en los mapas de las agencias internacionales. No implica sellos en el pasaporte ni maletas cruzando fronteras. Es una migración silenciosa, íntima, casi invisible: la de quienes se quedan.

En Venezuela millones han partido buscando oportunidades, estabilidad o simplemente un futuro posible. Sus historias recorren aeropuertos, carreteras, selvas y mares. Pero hay otra historia menos contada: la de quienes permanecen aquí, en el mismo territorio, pero sienten que su vida también cambió de país.

Porque migrar no siempre significa irse. A veces significa quedarse en un lugar que ya no es el mismo.

Migrar sin irse es ver cómo la familia se dispersa por el mundo mientras la mesa del domingo se hace cada vez más pequeña. Es aprender a celebrar cumpleaños por videollamadas, enviar abrazos en audios de WhatsApp y acostumbrarse a que la palabra “regreso” siempre quede suspendida en el tiempo.

Es también adaptarse a un país distinto al que se conocía: nuevas reglas, nuevas dificultades, nuevas formas de sobrevivir. Muchos venezolanos han tenido que reinventarse una y otra vez, cambiar de oficio, de rutinas, de sueños. Como si cada día implicara volver a empezar sin haber cruzado una frontera.

Quienes se quedan también migran emocionalmente. Migran del optimismo a la resistencia. De la planificación a la improvisación. Del futuro seguro a la esperanza diaria.

Sin embargo, en medio de ese exilio interno hay algo profundamente venezolano que permanece: la capacidad de reconstruir la vida incluso en las circunstancias más adversas.

Se sigue sembrando en patios y balcones, se siguen levantando pequeños emprendimientos, se siguen escribiendo canciones, enseñando en escuelas, celebrando carnavales y tocando tambores.

La vida, de alguna manera, se niega a rendirse.

Quizás por eso quienes se quedan no solo resisten. También custodian la memoria del país: las calles, las historias, las tradiciones, los acentos. Son los guardianes de una cotidianidad que insiste en seguir siendo venezolana.

Y tal vez algún día, cuando los caminos del mundo vuelvan a juntarnos, entenderemos que este tiempo no fue solo de ausencias, sino también de una silenciosa forma de valentía.

Porque quedarse también ha sido una manera de migrar.

Una migración hacia la paciencia, hacia la esperanza y hacia la fe.

Y mientras muchos cruzaron fronteras buscando futuro, quienes se quedaron han sostenido el país con algo más frágil y poderoso: la decisión cotidiana de no dejar morir la esperanza en la tierra donde nacieron.

 

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