Una mujer sufre diversas crisis a lo largo de un tenso metraje de dos horas: la de su profesión como terapeuta, la de su rol como madre al frente de una familia desbordada por la enfermedad de su hija, la de su casa colapsada por la apertura de un simbólico hueco en el techo (guiño a The Hole de Tsai Ming Liam).
A su vez, la hija se alimenta por una sonda. Nunca le vemos la cara, es un misterio, despierta la sensación de ser un sueño o una pesadilla en la mente de la protagonista.
En resumen, un auténtico calvario vive la mujer de If I Had Legs I’d Kick You, cuyo papel protagónico de Rose Byrne es el pico de su carrera y pudiera dar el batacazo en el Oscar, si vence a la favorita de la nominación, Jessie Buckley, por su unipersonal en Hamnet.
No por casualidad, las dos interpretan variantes sobre el mismo problema de la maternidad y la crianza, cuando los papás no están o sencillamente emiten órdenes a la distancia, a través de cartas o mensajes de voz, como si aquello surtiese un efecto mágico y compensara la ausencia.
Un tema sintomático en la realidad y en el cine, pues también se aborda de manera crítica en Dye, My Love.
¿Por qué tanta responsabilidad recae en ellas, cuáles son las consecuencias y las culpas?
¿Hay una salida sencilla para tales circunstancias y dilemas?
La película If I Had Legs I’d Kick You decepcionará a quienes buscan respuestas sencillas de manual de autoayuda, de gurús autoproclamadas de la salud y la paz mental, de la copiosa literatura de bolsillo destinada a calmar ansiedades colectivas con enseñanzas de superación de la adversidad, escritas desde el privilegio cursi.
El filme evade cualquier solución voluntarista a la mano, al plantearnos un cuadro de alta complejidad dramática, propia de la casa A24.
Tenía una sospecha acerca de la cinta. Pensaba que me encontraría con la típica moraleja ochentosa, al estilo Bill Murray, según el análisis de Tarantino. Desde su enfoque, las piezas del actor fallan en el final, como el caso de El día de la marmota, porque nos venden el humo del villano o el canalla redimido por el amor. Bill Murray no ha hecho otra cosa desde entonces y va bien. Pero es el arte de la ficción y de la consolación de la audiencia. No es la verdad con sus azares.
En tal sentido, If I Had Legs I’d Kick You propone un descenso a los infiernos, sin una aparente desembocadura en un final feliz forzado. Apenas una apariencia difusa de calma y reencuentro, tras una tortuosa experiencia.
Me recuerda al cine honesto del neorrealismo italiano, con las madres que tienen sueños y esperanzas para con sus hijas, pero que el contexto las pone en un sitio duro, con el propósito de sacudir al espectador.
De igual modo, evoca la misantropía de las comedias negras de Tod Sollondz e incluso de los hermanos Safdie en la actualidad.
La directora se llama Mary Bronstein y sorprendió en Sundance. Se reserva un papel secundario como una de las doctoras que trata a la protagonista con el desdén y la frialdad de un entorno que se ha deshumanizado.
Por último, la película tiene el acierto de revisar el trabajo de psicólogos y pacientes, en situaciones límite. Tampoco se ofrece un veredicto apaciguador.
La hija se alimenta por un tubo y permanece fuera de campo, acentuando la atmósfera de terror psicológico y de un extrañamiento, de una incomodidad fantástica y surreal.
La psicóloga busca desesperadamente el afecto, la comprensión, la empatía, pero ella tampoco parece estar sana para brindar lo que demanda. Su depresión se relaciona con el afuera y repercute en sus entrañas.
Una película enorme, sin duda, una de aquellas que el Oscar suele tapar, pero aquí recibe un reconocimiento a través de la postulación de la actriz.

