En no pocas ocasiones lo que está a la vista no necesita de muchas explicaciones; basta con constatar los hechos. Marco Rubio asegura que la transición hacia la democracia y el pluralismo político en Venezuela no será inmediata, “va a tomar tiempo”, pero que la misma llegará en su debido momento. Al hilo de esa idea, a sus ex colegas del Senado norteamericano citó como ejemplo el proceso político que se desarrolló en España tras la muerte del dictador Francisco Franco en 1975.
En cambio, a Delcy Rodríguez y compañía no le hemos escuchado pronunciar esa mágica palabra una sola vez (estamos abiertos a que el amable lector nos corrija si estamos mal informados). Hay, sí, gestos calculados (excarcelaciones de presos políticos, menos represión); y, sobre todo, grandes concesiones.
Entregar a Donald Trump todo lo que exija con tal de llenar sus expectativas petroleras sobre Venezuela, incluyendo el manejo de los ingresos por concepto de esas exportaciones.
En definitiva, ceder en todo lo que se tenga que ceder a cambio de un solo objetivo: permanecer todo el tiempo que se pueda en el ejercicio del poder. En eso consiste el chavismo. Estirar la liga y ganar tiempo a la espera de que las condiciones cambien; que baje la presión; que Trump bote a Rubio de su administración; pierda el interés en este país; o que pase algo.
La meta imaginaria es noviembre de este año cuando se supone que los demócratas ganarán las elecciones de medio término en Estados Unidos y, a continuación, pondrán fin a las locuras del emperador.
“Resistir que ellos desistirán”, era la consigna de Fidel Castro. Este era el plan de Nicolas Maduro. Era lo que tenía en mente hasta la noche del pasado 2 de enero.
De hecho, según la versión periodística, que nunca ha sido desmentida, ofreció a Trump “…una participación dominante en el petróleo y otras riquezas minerales de Venezuela”. Además de “conceder contratos preferenciales a empresas estadounidenses, invertir el flujo de exportaciones de petróleo venezolano de China a Estados Unidos y reducir drásticamente los contratos energéticos y mineros de su país con empresas chinas, iraníes y rusas”, como ofrendas de apaciguamiento.
Pues bien, hasta el momento de redactar esta nota ese plan sigue en pie. El borrador para la reforma de la Ley Orgánica de Hidrocarburos (LOH) de 2006 no se hizo a la carrera, hace rato estaba listo.
Lo que Maduro no sabía, o se negó a aceptar, es que él mismo era parte de la transacción.
Salvando las distancias en cuanto a circunstancias y personajes (y sin que las comparaciones ofendan), esto nos hace recordar el célebre Tratado de Brest-Litovsk firmado en marzo de 1918 entre el Imperio alemán y la Rusia soviética en la que el representante de esta, León Trotski, accedió a las humillantes demandas territoriales y económicas de los alemanes a cambio de la paz. Era el precio que, según la lógica de Vladimir Lenin, los bolcheviques debían pagar a fin de mantener el control de los restos del imperio ruso de cuyo precario control se habían hecho unos meses antes. Su objetivo era que el nuevo régimen revolucionario sobreviviera a cualquier precio. Luego, razonó, las circunstancias cambiarían y se podría recuperar lo perdido.
Pues bien, más de uno dentro de la cúpula del chavismo gobernante, preso de sus fantasías, hace una reflexión similar. Por supuesto, allí dentro no hay un Lenin ni un Trotski, y todo indica que la revolución se encuentra en sus estertores, no en el alumbramiento. Pero la idea básica es esa.
A lo anterior hay que introducir su debido matiz. El sector pensante de la coalición burocrático-militar-policial que controla (o “administra”) Venezuela hoy, acaricia la idea de acomodarse al trumpismo. Es decir, de completar la mutación del régimen instaurado por el ex comandante/presidente.
No olvidemos las observaciones que numerosos politólogos y analistas han hecho acerca del carácter autoritario de esta derecha populista internacional que tiene al inquilino de la Casa Blanca como su líder e inspiración. Por consiguiente, la actual situación venezolana, autoritarismo en pie con un tutelaje trumpista, si bien es incómoda para sus protagonistas, calza con esa lógica.
En ese sentido, para la citada coalición, Marco Rubio y María Corina Machado son el obstáculo. Son ellos a los que hay que derrotar.
Por supuesto, hay diferencias no menores con respecto a lo que Maduro se planteó originalmente y lo que ha venido ocurriendo desde la madrugada del 3 de enero. Después de todo, no es lo mismo tener a los servicios de seguridad y espionaje del Ministerio del Interior cubano operando en Caracas, que a la Agencia Central de Inteligencia (CIA) haciendo el reemplazo de manera poco disimulada. Ya no es venta de humo, ni elucubraciones, lo que Trump está dispuesto a hacer (y las fuerzas militares estadounidenses son capaces de ejecutar). Eso sí no estaba contemplado en el plan original.
Así las cosas, se puede inferir, que el sector pensante de la coalición burocrático-militar-policial tiene dos planes o un doble juego. El original, el de Maduro, intentar continuar a la espera de que una rueda se le salga a la carreta; pero también el de propiciar la transición democrática, como ofrece Rubio, si llega (o ya ha llegado) a la conclusión realista de que dado el contexto nacional e internacional (la correlación objetiva de fuerzas) es mejor una salida ordenada del poder que terminar en una penitenciaria norteamericana.
Hay, no obstante, un factor que se suele subestimar y pasar por alto: las expectativas y deseos mayoritarios del pueblo venezolano, que no tiene un plan, pero sí suficiente paciencia como para esperar el momento oportuno de cobrarse las facturas pendientes.
En algún momento, los dos planes mencionados van a colisionar; entre sí, y/o con las expectativas de los venezolanos. Entonces, alguien tendrá que ceder. Se escuchan apuestas.
@PedroBenitezF

