Escribir es sustraerse a la vida. Pero para escribir, hay que vivir. Me doy cuenta ahora hasta qué punto primero hay que lanzarse a la vida, olvidando la escritura, para después lanzarse a escribir, olvidando la vida. Ariana Harwicz.
Albert Camus sostenía que el papel del escritor es inseparable de deberes difíciles. Por definición, el intelectual no puede ponerse al servicio de quienes hacen la historia a la fuerza, sino de quienes la sufren. En la Venezuela de hoy, esa premisa no es una abstracción literaria, sino un imperativo de supervivencia. Cuando el poder político se vuelve único, autoritario y ruidoso, la escritura asume el riesgo de construir las voces del contrapoder.
Escribir bajo la sombra de una estructura que vigila desde un tuit hasta una reunión privada genera un ambiente de temor e incertidumbre. No es solo la censura externa lo que acecha; es la autocensura, ese mecanismo inconsciente que muerde la pluma antes de que la tinta toque el papel. El miedo no termina por decreto, y la libertad no es una prenda que se quita y se pone según la conveniencia del funcionario de turno.
La verdad parcial frente al monólogo estatal
Frente a la pretensión de una verdad universal y homogénea dictada desde el Estado, quienes escribimos reivindicamos la visión pluralista. No hay verdades absolutas en una sociedad sana; hay verdades parciales, particulares y diversas. Creemos en los cambios graduales, sensatos y pacíficos, y es precisamente ahí donde el estamento intelectual juega un rol crítico. No porque posea el poder de cambiar la realidad por sí solo, sino porque ejerce una capacidad de persuasión y un manejo del símbolo que otros sectores no poseen.
Escribimos porque nos apasiona la complejidad de este momento histórico, pero sobre todo porque nos negamos a ser prisioneros de nuestro tiempo. Nuestro deber es señalar las violaciones constitucionales y las falacias antidemocráticas, oponiendo razón a la sinrazón del disparate institucionalizado.
El control total y el recurso de la metáfora
Hoy, el control no se limita a la mordaza tradicional. Se despliega a través de un hostigamiento sistemático que utiliza las estructuras administrativas para convertir un artículo o un mensaje de WhatsApp en un expediente judicial. Si bien no todo está prohibido de jure, todo está controlado de facto.
¿Cómo relatar entonces los horrores del sistema sin sucumbir al silencio? Cuando se vuelve imposible decir las cosas por su nombre, la palabra escrita debe buscar atajos. Es aquí donde el escritor debe emular la agilidad de un Lamine Yamal: realizando fintas gramaticales, recurriendo a la ironía y habitando la metáfora para esquivar la zarpa que trae el silencio.
El compromiso con el silencio del otro
Como decía Jean-Paul Sartre: “El escritor tiene una situación en su época; cada palabra suya repercute. Y cada silencio también”. No escribir, cuando se tiene la facultad de hacerlo, es una forma de complicidad. Pero escribir en la oscuridad implica también una responsabilidad estética y ética: la de darle voz a quienes no la tienen, la de transformar los susurros de las bocas oprimidas en los gritos que resuenan en las mentes de los lectores.
La escritura en tiempos de dictadura es una experiencia desafiante, pero es, ante todo, una herramienta de resistencia y un pilar para la construcción de la memoria colectiva. Al final del día, escribimos porque creemos en la palabra y porque, a pesar de la prolongada noche, la razón siempre encontrará una vereda por donde pasar.
Sociólogo de la Universidad de Carabobo. Director de Relaciones Interinstitucionales de la Universidad de Carabobo.

