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Jesús Alberto Castillo: El interrumpido sueño de la libertad

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La vía pública estaba repleta de motorizados embriagados de alegría. Era mediodía y el sol vomitaba con fuerza su abrazante flama. Gritos frenéticos salían de aquí y allá, mientras el ruido ensordecedor de las motos contagiaba la atmósfera.

En medio de la algarabía, varias manos femeninas levantaban impetuosas banderas tricolores en señal de libertad. ¡Viva la patria soberana! ¡Abajo la bota del tirano! ¡No más presos políticos! La gente se sumaba a la jornada con un fervor gigantesco en su rostro. ¡Era la voz de un pueblo que había despertado!

Cada gota de sudor destilada en la piel simbolizaba la convicción de una estirpe a dejarlo todo en el asfalto, dispuesta sin miedo a dar la vida por la emancipación de su suelo patrio y la de sus hijos. ¡Qué había que arriesgar si ya se había perdido todo! Como decía el Quijote: Por la libertad, Sancho, se está dispuesto a sacrificar hasta la vida!

La movilización se hizo mayúscula. Puños alzados, franelas blancas y frenéticas frases adornaban la majestuosa escena. Pronto un piquete de hombres armados se unieron a la algarabia. ¡Eran los hijos del pueblo que habían jurado lealtad al bienestar de la patria!

¡Viva la República, carajo! ¡Viva la voz de los caídos en defensa de la libertad! ¡Salve Dios a este pueblo heroico! Consignas iban y venían. La algarabía llegó hasta el punto máximo y el tirano cayó. La gente se abrazó y lloró de alegría. Sus rostros develaban halos de luz que salían del alma. ¡El pueblo había vencido! Fue la última escena que recordé antes de despertarme los rayos del alba.

 

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