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Guy Sorman: La primavera de los dictadores

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Analizar el presente es un ejercicio difícil al que deberían limitarse los cronistas y periodistas. Aventurarse en la profecía es tentador, pero demasiado peligroso. Prueba de ello es el destino de la democracia liberal. En 1990, tras el colapso del mundo soviético, todos los que tenían acceso a los medios de comunicación anunciaban el triunfo inevitable de la economía de mercado y la libertad política: el fin de la historia, se decía entonces. Es verdad que algunos países que antes dependían de Moscú eligieron el camino de la democracia y el capitalismo, creyendo que su liberación significaba entrar en una nueva etapa de libertad. Sin embargo, las esperanzas y promesas de que estos cambios superarían los problemas históricos se vieron frustradas, empezando por la propia Rusia. Entre 1990 y 1998, durante el gobierno de Boris Yeltsin, parecía posible que Rusia avanzara hacia la libertad de expresión, los medios de comunicación independientes y el reconocimiento de la iniciativa privada. En ese momento se recordaba que muchos disidentes de la Unión Soviética siempre habían defendido que la civilización rusa podía ser compatible con la democracia. Pero todo cambió cuando Yeltsin tomó la decisión –considerada por muchos un error histórico– de elegir a Vladímir Putin como su sucesor. Con ello, aquel proyecto democrático se vino abajo y Rusia regresó a otra de sus tradiciones: la de la tiranía.

Cabe recordar también que, en la década de 1990, algunos destellos de libertad iluminaron la China comunista. Pero esa luz vacilante se apagó con la llegada al poder de Xi Jinping. No solo el mundo comunista no se sumó a la democracia, sino que antiguas democracias se alejan de ella, como lo demuestra la evolución de la India, supuestamente la mayor democracia del mundo. Desde que Narendra Modi preside su destino, está silenciando la independencia de la justicia y los medios de comunicación para imponer una ideología uniformizada, nacionalista e hindú a un pueblo infinitamente diverso. ¿Y América Latina? Vacila entre dos tradiciones: la democracia liberal, muy viva en el siglo XIX, y el caudillismo, más característico del siglo XX. En este sentido, la evolución de América Central no es muy prometedora y la de Brasil o Argentina sigue siendo incierta. En el mundo árabe, la primavera de 2011, que fue una reivindicación masiva y popular de libertad, no duró más de dos o tres años antes de que dictadores de origen militar o con el apoyo del ejército sofocaran la esperanza. Apenas queda nuestra Europa para resistir la tentación totalitaria, aunque, en sus fronteras orientales y en Alemania persisten algunos vestigios de fascismo.

Lo más inesperado es la evolución de Estados Unidos, donde el presidente Donald Trump se está dotando progresivamente de poderes casi dictatoriales y de milicias, sin que pueda preverse el desenlace de sus ambiciones ilimitadas, ejercidas en detrimento de todos aquellos que se le oponen.

Si tuviéramos que fotografiar el mundo actual, veríamos que son los dictadores los que avanzan y la democracia la que se estanca. ¿Se puede trazar un paralelismo entre todos estos tiranos tradicionales o nuevos? Creo que sí. Del mismo modo que las democracias comparten valores universales como la libertad de expresión, la libertad de los medios de comunicación, la libertad de las elecciones, la independencia del poder judicial y la alternancia entre los partidos, todos los dictadores comparten rasgos comunes. Destacaré cinco que, en mi opinión, se encuentran tanto en China, Rusia y Egipto como en el trumpismo, e incluso en Irán y Corea del Norte.

El primer fundamento de la dictadura como régimen político consiste en tomar el poder profiriendo promesas insostenibles, como la justicia social para todos y el triunfo de la identidad nacional, con el fin de, no tanto ganarse a la opinión pública como anestesiarla. Los Estados Unidos de hoy, al igual que la India o China, se encuentran en este estado de estupefacción, de casi pérdida de conciencia colectiva. Las redes sociales, que controlan los dictadores, lejos de liberar las mentes, contribuyen a embrutecerlas. La segunda característica común consiste en reducir toda política a la designación de un enemigo. Este puede ser interno –un enemigo de clase, o perteneciente a una religión o etnia minoritaria– o bien externo y supuesto, como Europa presentada como una amenaza para Rusia, o los judíos acusados de querer conquistar el mundo. Esta designación del enemigo permite anular toda oposición, denunciada sistemáticamente como agente extranjero o como traidor interno.

Un tercer elemento común a todas las dictaduras es el miedo. Vistas desde el exterior, estas parecen reflejar la opinión popular; sin embargo, desde dentro se constata que es, sobre todo, a través del miedo como se imponen y se perpetúan. Esto quedó claramente patente tras la caída de la Unión Soviética, cuando los ciudadanos rusos, de repente, alzaron la voz para expresar lo que habían guardado durante tres generaciones. Los partidos comunistas gobernaban mediante el miedo; Putin controla Rusia mediante el miedo, Xi Jinping hace lo propio en China, y el mariscal Al Sisi en Egipto. El cuarto pilar de toda dictadura es la movilización hacia la guerra. Dado que, en general, las dictaduras no aportan beneficios reales a su pueblo, la movilización militar y la designación de un adversario en las fronteras se convierten en el destino ineludible de toda tiranía. La Unión Soviética invadió a la mayoría de sus vecinos; China amenaza a Taiwán, cuya conquista le resultaría, en realidad, totalmente inútil; Argelia se arma contra Marruecos, mientras Estados Unidos amenaza a Canadá o Groenlandia, e incluso a México, en nombre de un interés nacional cuyo contenido resulta difícil de definir. En el fondo, esta lógica sirve para justificar cualquier protesta interna. Por último, una característica de todas las dictaduras es que no se fijan plazos ni sucesores. La gran virtud de la democracia, en cambio, es organizar la alternancia del poder sin recurrir a revoluciones ni violencia. En nuestro país, no es necesario matar al líder ni esperar su muerte natural para planear su sustitución: la fecha límite está establecida de antemano. Resulta a la vez anecdótico que, cuando Putin y Xi Jinping se reunieron, su conversación privada, captada por un micrófono indiscreto, mostrara que su principal preocupación era prolongar su vida gracias a la medicina moderna… y mantenerse en el poder hasta su último aliento.

Durante mucho tiempo, las democracias se definieron por su lucha contra el comunismo. Hoy, la confrontación principal es contra la autocracia. Esa es la razón fundamental por la que el destino de Ucrania nos importa tanto: se trata de un enfrentamiento entre la libertad y su supresión. Según se apoye a Ucrania o a sus adversarios, la historia juzgará a cada país como defensor de la democracia o cómplice de la autocracia. No existe un término medio.

 

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