Aquel maldito perro llevaba más de dos horas quejándose; era eso una queja, no los ladridos de uno con mal de rabia. Con un aullido largo y penetrante. Uno sentía, en la calurosa madrugada, que aquellas lastimeras notas taladraban el cerebro y hacían incómoda la hamaca. Ni sé si él se ubicó en medio de esos tenebrosos edificios para quejarse a nombre nuestro o era otra forma de agredir y martirizar a quienes, en mala hora, creyeron en la seriedad y buena fe del aviso de prensa que ofrecía en alquiler «confortables y bien equipados apartamentos” en agradable zona del hermoso pueblo de Juan Griego.
Mis primos, merideños de residencia y nacimiento, descendientes de orientales, leyeron uno de esos avisos allá en la encantadora ciudad de las “cinco águilas blancas». Al instante, se comunicaron con Juan Griego y reservaron, para ocho días, uno de esos «confortables apartamentos”. Pagaron por adelantado una renta tan alta como la de una «suite” de hotel de cinco estrellas.
Mientras el animal se quejaba, para ser justo, como acompañando mi insomnio, yo, montado sobre la hamaca repasaba, con resignación los hechos.
¡Acompáñenos a Margarita, primo! Si usted y Josefina no van con nosotros, nuestro viaje será un fiasco. Bien sabe usted, es la primera vez que nosotros visitamos la isla.
Así habló una de mis primas, con la cadencia, el ritmo y la delicadeza del andino merideño. Casi acababan de bajar del vehículo que los trajo de Caracas, última escala, antes de llegar a Barcelona.
Por esa solicitud y el deseo de estar con ellos por algunos días, me fui inesperadamente a la bella isla de las perlas.
Según mis primos, en uno de los diarios merideños salió el aviso. Hablaba de la elegancia de los apartamentos, de la frescura del ambiente, de la musicalidad del viento y la abundancia del agua. Obviamente, toda esa generosidad debía ser recompensada por una renta respetable. Y además porque, el edificio del apartamento rentado por mis primos, según el ofrecimiento del arrendador, estaba situado frente a la bella playa «Las Galeras».
Yo seguía pensando en aquel caluroso apartamento, cuyas ventanas estaban ubicadas precisamente en la dirección opuesta al paso de los vientos, con parte de la red eléctrica defectuosa, mientras el perro, no sabía aún (nunca lo supe) si famélico, enfermo, sarcástico o apenado por nosotros, continuaba con sus profundas, largas y molestosas lamentaciones. Y el repugnante olor que emanaba del único baño del apartamento se asociaba al “serenatero” impertinente.
En el apartamento, agua, no había. Sus tuberías estaban secas. Y para ser más exacto, apenas llegaba quince minutos al día, en las primeras horas de la noche. Por esto y la indisponibilidad de envases suficientes, era poca el agua que podía almacenarse. Trabajo que, de paso y con la rigidez del horario, debíamos ejecutar los huéspedes. Bañarse allí, cuando se anda en grupo, exigía un máximo de imaginación y una austeridad rayana con el martirio. Un pequeño tobo, por persona, para el consumo diario, nos correspondía a nosotros, arrendatarios de un apartamento con renta de «suite” de hotel de cinco estrellas.
Quizás pensé yo, con el respaldo musical de un do de pecho del odioso perro, el agua, a la que el aviso hizo referencia, es la del mar. Y en verdad pensar así, se correspondía con la lógica del aviso.
Veamos. Si bien es cierto que el apartamento es caluroso, porque los vientos no pueden taladrar las paredes, afuera como dice el aviso, el ambiente es refrescante. ¿Y acaso no hay musicalidad en esta quejumbrosa madrugada? ¿No es musical este encadenamiento de notas, colocadas uniformemente una tras otra, hasta formar el largo lamento del cancerbero de este infierno mal llamado «Residencias”? ¿Quién puede poner en duda una verdad irrefutable, como esa que, el edificio en cuestión, está frente a la hermosa bahía de Juan Griego y la playa de la cual tomó el nombre? Qué está, a dos kilómetros de distancia, no cambia la cuestión. Y en esto, los arrendatarios se valieron de una típica lógica margariteña, «allí mismito».
Menos mal que mañana nos vamos. Esta es la última noche.
Me dije en esa triste madrugada, mientras el perro seguía con sus quejidos interminables y cuando ya la gente comenzaba a protestar contra él, como siempre, contra el más débil.
Y mañana -continué meditando con el perdón de mis primos que no han querido que proteste- le lanzaré al administrador de esta pocilga los sucios trapos que cubren las camas y las asquerosas toallas que hemos usado desde el primer día. Y le diré con furia de oriental ofendido y apenado ¡toma tu mierda!
Y cuando así pensaba, comenzó a llover a cántaros sobre Juan Griego. Y llovió largo. Y los lamentos del perro se disolvieron en el agua. Y fue entonces, cuando nosotros todos, de pie, en plena madrugada, comenzamos a mentar madres.
Estábamos en el último piso del edificio y por el techo destilaban abundantes gotas de lluvia.

