Se pueden hacer muchas afirmaciones sobre la ideología que utiliza el Partido Comunista para llevar a la práctica su modelo de lo que debe ser China: capitalismo de estado, leninismo adaptado al siglo XXI, o una suerte de tecnosocialismo con características chinas. Pero, más allá de marcos conceptuales, cuando se presta atención al detalle de las decisiones económicas y políticas prácticas, lo que resulta evidente es que si algo hace el Partido es aplicar principios básicos de economía. Nada de inventar aquí.
Nuevas fuerzas productivas
Lo primero y más importante es lo que en China se denomina “las nuevas fuerzas productivas”, una combinación de mejoras tecnológicas e industriales a la búsqueda de incrementos en la productividad pero que, en realidad, no consiste más que en volver a la vieja fórmula de Solow-Swan: si se desea crecimiento de largo plazo solo es posible conseguirlo gracias al progreso técnico.
De acuerdo con la doctrina oficial, las nuevas fuerzas productivas se refieren a industrias basadas en tecnologías digitales, inteligencia artificial, semiconductores, el sector aeroespacial, las nuevas energías, los nuevos materiales, la biomedicina y la tecnología cuántica. También comprenden infraestructuras que van desde los ferrocarriles hasta la nueva economía de baja altitud. La narrativa habla de un desarrollo de alta calidad centrado en la economía real, dando por superada la etapa de las aplicaciones de uso masivo, como las redes sociales, los sistemas de pago por el móvil o el comercio electrónico.
China está actualmente tan convencida de esta fórmula que parece dispuesta a jugárselo todo a la carta del progreso tecnológico y las industrias del futuro. Por el camino –y por el momento– se han quedado atrás el consumo privado, las transferencias del sector público a los hogares, una demografía que no acompaña y el sector inmobiliario y sus complejas conexiones con la economía y los gobiernos locales.
Si a esto le sumamos que la innovación parece ser una de las pocas recetas probadas para escapar de la trampa de los ingresos medios, solo un grave descarrilamiento interno puede hacer a China apartarse de esta senda. Es más, con su visión histórica, China –el Partido– cree firmemente que todos los países dominantes lo han sido gracias a avances tecnológicos y que los argumentos en contra de su política industrial no son más que cantos de sirena para apartar al país del camino al liderazgo, cuando no a la hegemonía.
Es más, todas estas ventajas industriales, forjadas durante décadas, persistirán incluso si China se estanca. China produjo en 2024 casi la mitad de los productos químicos del mundo, la mitad de los barcos, más de dos tercios de los vehículos eléctricos, más de tres cuartas partes de las baterías, el 80% de los drones de consumo y el 90% de los paneles solares y de las tierras raras refinadas. Fue asimismo responsable de la mitad de todas las instalaciones de robots industriales en el mundo y lleva una década de ventaja en la implantación de tecnología nuclear de cuarta generación.
Ventajas comparativas
Para profundizar en la actual economía china, todavía hay que irse más atrás, hasta David Ricardo y su teoría de las ventajas comparativas, donde los países utilizan la posibilidad de disponer de menores costes de oportunidad en industrias específicas dada su dotación de recursos de partida. Y, mientras tanto, ganarán además del intercambio derivado del comercio internacional.
La idea de las ventajas comparativas se aplica a rajatabla en China. Sin pretender exhaustividad, éstas al menos incluyen una enorme y relativamente bien formada fuerza laboral, una creciente y compleja red de infraestructuras físicas y digitales, las economías de escala y de alcance derivadas del tamaño de su mercado y, por supuesto, toda una panoplia de políticas de apoyo a la oferta y la demanda que en regiones como Europa hubieran sido impensables. Y sus resultados son muy tangibles. La capacidad productiva de China es ya tres veces mayor que la de Estados Unidos y supera a la de los nueve países siguientes combinados. Su cuota de fabricación industrial mundial se ha estimado que, para 2030, alcanzará el 45%. Y hablando de comparativas, China produce 20 veces más cemento, 13 veces más acero, tres veces más automóviles y el doble de electricidad que Estados Unidos.
Innovación incremental
La capacidad industrial requiere también una estrategia de innovación constante. Precisamente, en China, la innovación incremental ha impulsado una mejora industrial sostenida basada en la acumulación de saber hacer y el aprendizaje derivado de implantaciones masivas en el mercado. Es una ventaja clásica de los que llegan tarde a un ámbito maduro. Enfocarse en la innovación incremental como paso inicial del desarrollo reduce riesgos y costes frente a la creación de industrias completamente nuevas y permite constituir una amplia y especializada fuerza laboral. Es un camino de éxito -y difícil de recuperar para otros países- si se llega al estadio de disponer de un ecosistema extenso compuesto por trabajadores cualificados, clústeres de proveedores, propiedad intelectual relevante y fuerte respaldo gubernamental.
Los ejemplos abundan en China: desde los trenes de alta velocidad hasta las baterías o el coche eléctrico, pasando por los paneles solares, las líneas de distribución de energía eléctrica en corriente continua, las bombas hidráulicas, las comunicaciones 5G, la robótica o las comunicaciones cuánticas.
Talento
China aspira igualmente a avances revolucionarios que se conviertan en los motores del crecimiento económico en el futuro. El modelo clásico de la triple hélice para producir estas innovaciones disruptivas necesita al menos tres elementos: sector privado (carácter emprendedor, capital, disposición para adoptar y diseminar las innovaciones), sector público (regulación, infraestructuras, políticas de apoyo) y capital humano (talento).
China sabe bien la relevancia de este último factor. Su objetivo es disponer de una “fuerza laboral técnica industrial de primer nivel” para construir y operar las fábricas de alta tecnología del futuro. China ya invierte enormes cantidades en su sistema universitario y de investigación y ofrece crecientes incentivos a las personas que lo forman. Hablamos tanto de las principales universidades, instituciones de investigación y empresas líderes en alta tecnología -casos como Huawei, CATL o BYD-, como a una creciente clase media derivada de ecosistemas regionales crecidos en torno a universidades competentes y con un fuerte apoyo del gobierno local de turno donde se experimenta con nuevas políticas -caso de los seis pequeños dragones de Hangzhou, DeepSeek incluido-.
Doble circulación
El futuro industrial de China no se entiende sin el llamado modelo de doble circulación. Este modelo parte de internalizar dentro del país los segmentos críticos la cadena de valor industrial en cuestión y de aprovechar el tamaño y las capacidades del mercado doméstico para impulsar productos de alto valor añadido, como ya se ha discutido. Cuando esta “circulación interna” tiene éxito, genera economías de escala, eleva la cuota de consumo de bienes nacionales, refuerza la independencia tecnológica y amortigua las influencias externas. En paralelo, se mantiene una circulación internacional selectiva: se procura exportar bienes de alto valor añadido e importar solo los recursos necesarios para seguir elevando el valor añadido interno.
Las cifras disponibles refuerzan la convicción de que el modelo está dando sus frutos. En 2020, las exportaciones de alta tecnología eran más de 6 veces mayores en China que en Estados Unidos. Si en 2010 más del 70% de las exportaciones de China correspondían a productos intensivos en mano de obra, como textiles y juguetes. en 2024, el 90% de las exportaciones de bienes eran ya productos electromecánicos y electrónicos. Igualmente, hace una década la mitad de los bienes manufacturados en China incluían alguna clase de intercambio internacional durante el proceso. En 2024, esa proporción ha bajado a menos del 20%, y el 70% de los bienes se produce íntegramente dentro de clústeres industriales nacionales chinos. Y como dato final, a pesar de los desafíos geopolíticos, China ha seguido atrayendo inversión extranjera directa de forma sustancial: entre 2020 y 2024 promedió 160.000 millones de dólares anuales, un 20% más que en la década anterior, aunque con un extraordinario descenso del 30% entre 2023 y 2024 que podría indicar que los desafíos geopolíticos están empezando a afectar a la inversión foránea en China.
A modo de conclusión
Casi se podría decir que el funcionamiento actual de la economía en China es el triunfo de Keynes frente a los postulados de la escuela austriaca. El objetivo de lo que podríamos llamar la economía de mercado con características chinas es buscar una integración orgánica de un comportamiento eficiente del mercado con un gobierno que dispone de la capacidad de movilizar recursos para llevar a cabo grandes iniciativas, orienta y, en último caso, decide sobre el comportamiento del mercado. Por ahora, la realidad demuestra que China ha progresado y sigue progresando gracias a esta peculiar conjunción de mercado y visión planificada del gobierno. Es posible que en el proceso se desperdicien recursos y se generen sobrecapacidades, pero, en un entorno de competencia geopolítica y con una perspectiva de largo plazo, parecen cuestiones secundarias.
Son también ciertos los serios problemas económicos –y sociales–que China necesita afrontar. Es una larga lista: envejecimiento a marchas forzadas, deuda que solo puede incrementarse en un entorno de inversión y rescate de las entidades locales, las consecuencias del estallido de la burbuja inmobiliaria, el alto desempleo juvenil consecuencia de los desequilibrios geográficos y público-privados de China, las dificultades para atraer talento internacional y las incertidumbres en el sector privado sobre lo que realmente pretende el Partido.
La única excepción de fondo a todo lo dicho es que, para China, la economía es únicamente un medio y, por tanto, objeto de su proverbial flexibilidad para adaptarse manteniendo las metas últimas: es más importante modelar una sociedad que se sacrifica para situar a China como el mejor país del mundo -que no es lo mismo que dominar el mundo- y, por encima de todo, cumplir el sueño de una China definitivamente revitalizada como nación para el centenario de la fundación de la República Popular.
Pero, incluso con desafíos y excepciones, nada apunta a que China esté perdiendo sus ventajas adquiridas por la aplicación de los principios económicos revisados en el texto. De hecho, dos cosas pueden suceder a la vez: que China enlentezca su crecimiento económico y que se convierta en un rival estratégico aún más formidable. Es un importante aviso a navegantes.
Claudio Feijóo es Catedrático Jean Monnet en Diplomacia Tecnológica en la Universidad Politécnica de Madrid y autor de “El gran sueño de China” (Tecnos, 2021) y “La ciudad antes del mar. Shanghai, pasado, presente y futuro de China” (Tecnos, 2025).

