Dedicado a los integrantes del Movimiento Estudiantil de la Universidad Metropolitana y a sus Centros de Estudiantes de Estudios Internacionales y de Derecho
Joseph K. no está en una celda, pero está preso. Puede ir a trabajar, pero ya no es dueño de su tiempo. En el centenario de El Proceso, la obra de Kafka nos sigue recordando que no hace falta un muro para aniquilar a un hombre; basta con la incertidumbre.
Este año inicié el curso de Filosofía y Literatura en la Maestría de Filosofía de la Universidad Francisco Marroquín. Una materia así permite examinar los vínculos entre las creaciones literarias y el pensamiento filosófico, centrando el estudio en la individualidad frente a las estructuras de poder. Con Kafka, por ejemplo, a través del absurdo y de una estética angustiante, podríamos reflexionar sobre la condición humana en contextos en los que el sistema judicial y el proceso son herramientas de control.
Aunque María Fernanda Palacios no estuviera muy de acuerdo con esto al decirnos: “Preguntarse si Kafka alude o no a la condición del hombre actual es tan imbécil como preguntar si quieres que te cuente el cuento del gallo pelón: no es ni que si ni que no, sino ¿qué ganaríamos con saberlo? Creo que nada… o muy poco… Las más diversas teorías psicoanalíticas, marxistas, teológicas, existencialistas se han zambullido en su obra y nunca han salido defraudadas: siempre consiguen lo que quieren: la confirmación de sus teorías”. Lamento disentir de la profesora, pero quiero tomar el riesgo.
En El Proceso, Joseph K. no pierde completamente su libertad. No es detenido realmente, puede ir a trabajar, por ejemplo. La novela inicia con una escena insólita: K. despierta en su cuarto y unos vigilantes, que se han comido su desayuno, le informan que hay un proceso en su contra. No hay cargos ni una comunicación formal, solo este aviso. K. no es llevado a una celda, permanece “libre”, lo cual es una ironía. Sobre K. pende un proceso que supone acudir a interrogatorios en horarios absurdos como un domingo, sin precisión, en edificios de vecindarios alejados donde los tribunales parecen oficinas improvisadas y polvorientas.
El proceso en sí mismo termina siendo una condena, termina siendo su pena, su castigo. Es la incertidumbre, es estar en un limbo, lo que desgasta y lo que aniquila a nuestro personaje desde el principio. La profesora Palacios nos dice también que “Kafka carece de ideas claras sobre la ley, la justicia, el amor, la salvación y por eso escribe historias… Esa ignorancia es la que le permite siempre estar en el lugar del acusado”.
Tal vez, como dice la profesora Palacios, no puedo reflexionar sobre la condición humana a través de Kafka del modo ortodoxo con el que suele hacerse. Pero prefiero seguir la línea de mi amiga, la doctora Silvia Mercado, quien, en una reciente y lúcida reflexión publicada en su perfil de LinkedIn, señalaba que El Proceso es “una lectura que incomoda porque sabes que es así y que te puede tocar. Kafka no escribe sobre injusticias excepcionales, sino sobre algo más perturbador: la normalización de la injusticia cuando se vuelve procedimiento. En el mundo de Kafka, la culpa y la pena aparecen antes y pesan más que la prueba (…) La ley ya no protege al individuo: lo absorbe. La libertad no se arrebata de golpe y la vida va perdiendo ánimo entre trámites, formularios, fotocopias… Todo se vuelve necesario, aun cuando ya es ilógico”.
La libertad, nos sugiere Kafka, no siempre se pierde tras unos barrotes físicos. A veces se desvanece en la espera, en la imposibilidad de planificar el mañana y en la sumisión ante un sistema que no busca la verdad, sino el desgaste. Como bien apunta Silvia, la vida se va perdiendo entre la ilógica de los trámites y la normalización de lo absurdo. No es igual ser excarcelado que ser plenamente libre, porque quien vive bajo la sombra de un proceso inacabable camina siempre con la sentencia a cuestas. Al final, Joseph K. nos advierte que la mayor de las condenas no es el veredicto, sino la incertidumbre institucionalizada que nos obliga a vivir, día tras día, como acusados de un delito que nadie se molesta en explicar.

