Por muy locales que fuesen, los partidos políticos tienen una correspondencia con el ámbito regional y el de un más allá absolutamente terrenal que tiende a fortalecerlos. Obviamente, no se explican los partidos de alcance nacional sin la transnacionalidad, los vínculos con las organizaciones política e ideológicamente afines y las entidades de la sociedad civil internacional que los entrenan de un modo u otro para promover y respaldar una determinada política exterior al acceder al poder.
Así, las relaciones internacionales competen a todo partido con serias aspiraciones de trascender y la política exterior al elenco de funcionarios del Estado que tengan a bien respaldar y defender en el parlamento y en la opinión pública. Sugiere una sostenida promoción y estable asociación con otros partidos similares y sus fundaciones, medios de comunicación, foros, think tanks y centros académicos, consultoras y servicios de una variada índole, y hasta órganos gubernamentales allende las fronteras, siendo naturalmente distinta la relación y el compromiso adquiridos con otros Estados.
En nuestro país, desde muy antes, existen estrechos vínculos partidistas con el extranjero varias veces debilitados en el presente siglo por las características del régimen – por decir lo menos – híbrido que ostentamos, o la competencia a ratos desleal entre los partidos por alcanzarlos. Lo cierto es que tal relacionamiento ha permitido compensar en buena o alguna medida la tenaz alianza del socialismo de esta centuria con otras potencias e intereses que son históricamente ajenos a nuestra nación, aportándole a la oposición legitimidad externa (visibilidad, relativa capacidad negociadora), solidaridad (activación de los mecanismos jurídicos internacionales, elevación de los costos represivos), y aprendizaje (sentido estratégico en la esfera internacional, experiencia de las transiciones ajenas).
Con todas las fallas y errores cometidos, ponderando nuestra ubicación geopolítica y geoestratégica, la oposición ha impedido el aislamiento definitivo del país y ha sabido gestionar la incidencia del entorno internacional en los asuntos domésticos. Esta dinámica puede entenderse por analogía con el efecto boomerang, descrito por Risse, Sikkink y Ropp: actores internos bloqueados por su propio sistema buscan aliados internacionales que, desde afuera, ejercen presión para influir en la situación interna. El patrón puede ampliarse a través del modelo en espiral: la presión externa alcanzó niveles que antes parecían impensables desde el 3 de enero del presente año y, aunque impuso un costo reputacional y estratégico para el gobierno, amplificó los efectos sobre la dinámica política.
Cabe destacar que a la oposición no le corresponde desarrollar una política exterior, sino mantener relaciones estratégicas que le permitan convertir el capital político internacional en capacidad organizativa interna, reforzar su arraigo social acorde a una efectiva articulación política, y dar cauce institucional al reconocimiento de otros gobiernos y actores de poder en el marco adecuado de esas relaciones internacionales. Marco que apunta a un consenso básico en torno a las orientaciones, tácticas y estrategias de una oposición irreductiblemente plural y que, faltando poco, ha de atender también a la diáspora ayudándola en todo lo posible a conseguir mejores condiciones de vida en los países donde la ineludible paisanidad reside o aspira a residir. Valga acotar, nuestros hermanos que se encuentran en el exterior requieren de la atención, sensibilidad y solidaridad de una dirigencia en el exilio que ha de contribuir a organizarla social y políticamente, a pesar de las severas limitaciones comunes.
Importa establecer una coordinación internacional que le conceda legitimidad, eficacia y trascendencia a las posturas de una oposición – reiteramos – irreductiblemente plural que tiene por lógico porvenir un gobierno democrático de unidad nacional. Los principales partidos de una inequívoca vocación democrática, disponen de sendos departamentos, secretarías o coordinaciones de asuntos exteriores y pueden concertar líneas y directrices, iniciativas y eventos, actos y pronunciamientos, con el rigor de una asesoría especializada, el resultado de un frecuente debate político y la sobriedad de un compromiso estratégico tan indispensable.
De acuerdo a las actuales circunstancias, todo indica que la meta a alcanzar es la de una transición libre, pacífica, democrática e independiente, obligados a afrontar creadora y serenamente otros desafíos externos subordinados a los internos, superiores y fundamentales. No tratamos de una desesperada carrera de cien metros planos, sino de un largo maratón que apenas comenzamos a las puertas de la otra etapa de la vida republicana: la de una reconfiguración interna del poder. Solo así, compartiendo responsabilidades, podremos convertir la oportunidad histórica de la transición en una genuina reintegración nacional.

