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Japón y Tailandia están realizando elecciones

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Una mujer vota en Japón y Elecciones en Tailandia, 8 de febrero de 2026.

La primera ministra de Japón roza la supermayoría tras arrasar en las legislativas

Las encuestas dan a Sanae Takaichi una holgada supermayoría en la Cámara de Representantes, reforzando sus planes de reforma constitucional y militar.

Las encuestas a pie de urna de las elecciones celebradas este domingo en Japón otorgan a la alianza encabezada por la primera ministra, Sanae Takaichi, la codiciada ‘supermayoría’ de dos tercios de los escaños en la Cámara de Representantes de la Dieta Nacional, el Parlamento nipón.

Pese a la aparición de nuevas coaliciones opositoras y a la ruptura con su tradicional aliado gubernamental, Komeito, Takaichi confiaba en que su elevada popularidad bastara para asegurarle los apoyos necesarios con los que sacar adelante sus iniciativas en materia presupuestaria y de defensa, un desafío que, a tenor de los primeros datos, se ha saldado con un triunfo contundente.

Los primeros sondeos difundidos por la radiotelevisión pública NHK y los influyentes diarios ‘Asahi Shimbun’ y ‘Yomiuri Shimbun’ atribuyen al Partido Liberal Democrático (PLD), liderado por Takaichi, más de 300 escaños. Sumados a los 34 que previsiblemente obtendrá su socio minoritario, el antiguo Partido de la Restauración de Japón (PRJ), ahora Partido Innovación, superarían con holgura los 310 asientos que marcan el umbral de los dos tercios de la cámara baja.

Con este equilibrio de fuerzas, la coalición de Takaichi tendría capacidad para sacar adelante proyectos de ley en la Cámara de Representantes incluso si fueran rechazados por la Cámara de Consejeros, el Senado japonés, lo que supondría un fuerte respaldo a sus planes de revisión del pacifista Artículo 9 de la Constitución, una iniciativa que suscita notables suspicacias en la vecina China.

En cualquier caso, todas las proyecciones apuntan a una victoria arrolladora de Takaichi, cuyo partido supera ampliamente los 198 escaños que poseía antes de la cita con las urnas y alcanza por sí mismo la mayoría absoluta en la Cámara de Representantes.

En el bloque opositor, la Alianza Reformista Centrista, integrada por el Partido Democrático Constitucional de Japón y Komeito, ha obtenido un resultado decepcionante y se encamina, según las estimaciones iniciales, a perder una parte sustancial de los 167 escaños que ostentaba antes de estos comicios, a la espera de la confirmación oficial.

Los analistas destacan asimismo la elevada movilización en la votación anticipada. Entre el 28 de enero, un día después de la convocatoria electoral, y el 7 de febrero, depositaron su sufragio 27 millones de ciudadanos, la cifra más alta de voto adelantado registrada hasta ahora. Esta participación equivale al 26,10% del censo, es decir, 5,93 puntos porcentuales más que en las anteriores elecciones a la Cámara de Representantes.

En el plano internacional, Takaichi ha recibido ya el respaldo de Estados Unidos, en línea con la sintonía política entre la primera ministra ultraconservadora y el presidente norteamericano, Donald Trump.

El embajador estadounidense en Japón, George Glass, ha trasladado su enhorabuena a la mandataria por una “impresionante victoria” electoral y expresado su deseo de “seguir impulsando la revitalización de la alianza entre Estados Unidos y Japón, así como profundizar la cooperación entre dos dinámicas naciones”.

Democrata.com

Budistas en Tailandia

Tailandia celebra elecciones para elegir un nuevo gobierno y decidir si cambia su Constitución

El reformista Partido del Pueblo parte como favorito en unos comicios adelantados tras una etapa de inestabilidad política y un choque armado con Camboya

Alrededor de 53 millones de tailandeses estaban llamados este domingo a las urnas en unas elecciones generales que se han convertido en un examen al sistema político surgido tras más de una década de gobiernos frágiles e inestabilidad institucional. La votación (las urnas han cerrado a las 17.00, hora local, seis horas menos en la España peninsular), que ha incluido también un referéndum que pregunta a los ciudadanos si quieren una nueva Constitución, ha llegado tras un intenso periodo de turbulencias: desde los comicios de mayo de 2023, Tailandia ha visto cómo el partido ganador terminaba siendo bloqueado para gobernar y disuelto por orden judicial; el Tribunal Constitucional ha desempeñado un papel clave en la caída de primeros ministros, y el poder ejecutivo ha cambiado de manos a través de complejas maniobras parlamentarias.

La cita electoral, que servirá para elegir a los 500 miembros de la Cámara de Representantes, fue convocada de forma anticipada por el primer ministro, Anutin Charnvirakul, líder del conservador Bhumjaithai (Orgullo Tailandés) con el objetivo de evitar una previsible moción de censura contra su Ejecutivo, que gobierna en minoría. Pero el trasfondo político va mucho más allá de una maniobra parlamentaria. Desde las últimas elecciones, hace menos de tres años, la política tailandesa vive atrapada en una crisis permanente: han gobernado tres dirigentes y se ha producido una intervención recurrente de los tribunales, lo que ha dificultado que la mayoría surgida de las urnas se traduzca en gobiernos estables.

Detrás de esta inestabilidad sobresale una pugna de largo recorrido entre un movimiento reformista, urbano y cada vez más joven, y un establishment formado por el Ejército, la judicatura y la monarquía, que conserva amplios poderes incluso en periodos de gobierno civil. Muchos votantes se cuestionan si su voto servirá realmente para alterar ese equilibrio o si volverán a imponerse los vetos institucionales.

La principal esperanza del bloque reformista es el Partido del Pueblo (PP), heredero directo de Move Forward (Avanzar), que ganó las elecciones de 2023, pero no pudo gobernar por el veto del Senado (nombrado a dedo por el Gobierno militar y sobre el que las élites ejercen una enorme influencia). Liderado por Natthaphong Ruegpanyawut, de 38 años, el PP plantea una agenda de cambio estructural que incluye la reforma de la Constitución, la limitación del poder de los organismos no electos y una redefinición de la relación entre poder civil y militar. Las encuestas lo sitúan en cabeza: durante la campaña, ha rebajado su tono en varios aspectos claves para su base electoral con el fin de tratar de evitar acabar vetado como su antecesor Avanzar, que fue disuelto en 2024 por orden del Tribunal Constitucional debido a su compromiso con reformar la ley que protege de toda crítica a la monarquía.

En el otro extremo del espectro político se sitúan fuerzas conservadoras, fragmentadas pero con una notable capacidad de influencia. Dentro de estas, Anutin y el Bhumjaithai representan la continuidad del sistema actual. El primer ministro (que accedió al poder con el apoyo del PP), un político pragmático y acostumbrado a moverse en el centro del tablero, ha reforzado su discurso nacionalista tras el conflicto fronterizo con Camboya del año pasado, el más grave en décadas y que se cobró al menos un centenar de vidas. En un contexto de preocupación por la seguridad y de incertidumbre regional, su mensaje patriótico ha calado en una parte del electorado.

Entre ambos polos se mueve un actor tradicional, pero que, por primera vez en dos décadas, no parte como favorito. El partido Pheu Thai (Por los Tailandeses), fundado por el controvertido magnate y antiguo hombre fuerte del país Thaksin Shinawatra, llega a estas elecciones debilitado y sin el impulso que le permitió capitalizar durante años el voto contra el establishment. La formación vinculada al clan Shinawatra arrastra el desgaste de la destitución el año pasado de la primera ministra Paetongtarn Shinawatra, que fue apartada del cargo por el Tribunal Constitucional en plena crisis con Camboya. Además, su padre, el multimillonario Thaksin, está cumpliendo condena en prisión por corrupción y abuso de poder, una circunstancia que sus adversarios han explotado en campaña como recordatorio de los excesos del pasado y como advertencia frente a cualquier intento de regreso. Sin embargo, el Pheu Thai, ahora liderado por el sobrino de Thaksin, se mantiene como tercera fuerza política y podría convertirse en un socio clave en un futuro gobierno de coalición.

El resultado apunta a un Parlamento fragmentado y a negociaciones complejas. Pero la diferencia con los comicios de hace tres años es que el Senado ya no tiene capacidad para vetar al primer ministro, ya que el mecanismo que le otorgaba ese poder expiró en 2024. El jefe del Ejecutivo será elegido exclusivamente por la Cámara Baja, lo que abre una ventana de oportunidad para que la voluntad popular tenga un mayor peso. No obstante, el Senado mantiene la capacidad de bloquear leyes y reformas constitucionales, lo que limita el margen de maniobra de cualquier nuevo gobierno.

Precisamente, la Constitución es uno de los grandes asuntos en juego este domingo. Junto a las elecciones legislativas, los votantes participan en un referéndum que puede activar el proceso para redactar una nueva ley fundamental y desmontar el entramado legal heredado del golpe de Estado de 2014. La Constitución vigente, aprobada durante el periodo de gobierno militar (2014-2019), otorga amplios poderes a organismos “independientes” como el Tribunal Constitucional o la Comisión Electoral, decisivos en la disolución de partidos y la destitución de primeros ministros.

El próximo Ejecutivo heredará una Tailandia económicamente debilitada, con uno de los crecimientos más bajos del sudeste asiático (fue del 2,2% en 2025, mientras que la región crece a una media del 4%), una enorme desigualdad social y con la deuda de los hogares disparada hasta casi el 88% del PIB, una de las proporciones más elevadas de Asia, lo que ha lastrado el consumo. Además, el turismo, pilar tradicional de su economía, aún no se ha recuperado plenamente del golpe de la pandemia y las exportaciones han sufrido el impacto de los aranceles impuestos por la Administración del estadounidense Donald Trump.

Inma Bonet – El País de España

 

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