Por fin, el chavismo parece estar llegando a su etapa final. De ser cierto, en uno o dos años a más tardar, la dictadura bolivariana será sustituida por un sistema democrático, superior que el que tuvimos entre 1958 y 1998 y el chavismo-madurismo pasará a la historia como el peor de todos los gobiernos que hemos tenido en Venezuela. No dejará nada bueno, como no sea el amargo aprendizaje de no confiar, nunca más, en ideologías que prometen una justicia social impuesta ni en políticos que se creen predestinados para salvar al país de todos sus males. El régimen chavista, al falsificar los resultados electorales del 28 de julio de 2014 y reprimir cruelmente la legítima protesta callejera, perdió todo vestigio de legitimidad que pudiera haber conservado hasta ese momento. Así dictó su sentencia de muerte. Ya para entonces era evidente que la supuesta “revolución bolivariana” había fracasado totalmente. La inmensa mayoría de los venezolanos lo percibíamos de esa manera. Solo los obcecados por el castrocomunismo y los oportunistas enchufados al poder por oscuros intereses se empeñaban en negarlo. Esa inmensa mayoría presagiaba un desastroso final del régimen chavista.
Pero lo que estamos observando actualmente, luego de la categórica acción militar norteamericana del 3 de enero pasado, permite suponer que la salida no será tan catastrófica como se temía. Se está iniciando un proceso de cambios concertados y graduales por medio de los cuales se intenta desmontar la dictadura pacíficamente y reponer, en un tiempo prudencial de uno a dos años, el Estado de derecho y el sistema democrático. Si ese proceso se cumple con éxito, se puede lograr una transición pacífica, sin tumultos ni violencia. Ese sería un final feliz de la tragedia nacional, conveniente al país y a todos los actores políticos, inclusive a los propios chavistas.
Estados Unidos le está ofreciendo al régimen la gran oportunidad de salir, de la mejor manera posible, del atolladero en que se encuentra como resultado de sus 27 años de desastrosa gestión. Le está abriendo una puerta de salida que, en comparación con el daño que el régimen ha causado al país y al pueblo venezolano, es el escape más indulgente que alguien pudiera imaginar. Muchos pensarán que no se lo merece.
Lo que están tratando de hacer el presidente Trump y sus asesores es desmontar al chavismo poco a poco, sin precipitación y sin caos, valiéndose de agentes del propio régimen de quienes suponen que tienen la capacidad, la jerarquía, la fuerza y la voluntad suficientes para conseguir ese objetivo; personas supuestamente conscientes de que el régimen ha llegado definitivamente a su final; dirigentes conscientes y dispuestos a luchar por la restauración de la legalidad y la democracia en función de los supremos intereses de la nación. ¿De quiénes estamos hablando?: de los hermanos Rodríguez.
¿Comprenderán los hermanos, hasta ayer plenamente identificados con el chavismo, que el destino ha puesto en sus manos la única y extraordinaria oportunidad de reivindicar sus nombres ante la historia? ¿Podrán, Delcy y Jorge, despojarse de la ideología radical e intransigente que dominó (y puede que aún domine) sus mentes desde los días lejanos, plenos, fogosos y quisiera creer generosos y nobles de sus años juveniles? ¿Estarán en capacidad de realizar esa tarea sin ninguna otra doble intención? Por último, si todos los interrogantes anteriores fueran favorablemente ciertos, ¿tendrán los hermanos Rodríguez el poder suficiente para enfrentar con éxito la enorme resistencia interna que deben estarles oponiéndoles los radicales del régimen moribundo? En un tiempo relativamente corto lo sabremos.

