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Julio César Hernández: Gobiernos-Carisma y leyes

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Sortear variables

Una preocupación recurrente del pensamiento político, ha sido indagar e ir descifrando las variables sociales, económicas y de esa naturaleza, que lo enrumban en dirección a un mejor Gobierno. Ese ejercicio mental y luego practico, no es sencillo, motivado a la imprevisibilidad que se viene observando en el campo político en general. En tal sentido, se recuerda el revés electoral del Presidente de Ecuador, al poco tiempo de ser elegido, en donde su carisma y aceptable gestión de equipo, no fueron suficientes para convencer a la ciudadanía de darse un nuevo orden constitucional y otras cosas más, para enrumbarlo hacia un mejor gobierno.

Equipos del gobernante

A pesar de lo anterior, las opiniones sobre la mejor forma de Gobierno posible, vienen centrándose en la necesidad de una acertada composición cuantitativa de los equipos y en la presencia con defectos y virtudes de los gobernantes de turno. Serán estos dos últimos elementos, los que darán dirección y rentabilidad a un Gobierno, en sus diversas áreas, bajo la conducción de una persona que se supone conoce sus manejos puntuales y, de cómo poder resolver los asuntos bajo su responsabilidad. Entonces, de manera colectiva e individual, se van a abordar los problemas tecnopolíticos que se presentan en una determinada gestión.

La composición cuantitativa, implicará la construcción de equipos de gestión, preferentemente especializados dentro de un Gobierno; esta tarea su toma tiempo y observación, porque se trata de escoger a los mejores posibles. Ahora, como prevención, se advierte que, no se deben integrar los equipos designados o a designar, con grupos de amigos o parientes, alrededor del ejercicio funcionarial del jerarca, como ha ocurrido en la actualidad, es menester desterrar el nepotismo dentro de los mismos Despachos o posiciones determinantes de poder, dentro de cualquier Gobierno, a los efectos de evitar la corrupción.

Enroques ineficaces

A fin de evitar la ineficacia y la ineficiencia administrativa, los Gobiernos deben evitar los permanentes enroques para ubicar en altos cargos a adherentes que no tienen habilidades profesionales en esas áreas o vienen de ser retirados de esas posiciones por falta de resultados o cuestionamientos morales. Se ha visto que, en las ocasiones que esos hechos han ocurrido, la realidad no demora en demostrar lo errado de esas decisiones. De ahí que, construir equipos de gobierno, siempre resultará una tarea exigente y delicada, pues ya no se tratará de ver los toros desde la barrera, sino hacer la faena gubernativa en los términos planificados y conforme a las directrices diseñadas.

¿Qué puede ser mejor para la sociedad?

En los actuales tiempos de convulsión democrática, en donde este modelo político, tiene años enfrentado al autoritarismo, algunos autores de la política, se preguntan, ¿Qué es mejor, el gobierno de la ley o el gobierno de los hombres? la interrogante se hace desde el punto de vista político, porque conviene determinar, si en las ocasiones en las que un dirigente con carisma y aptitud política para conducir un Gobierno, en efecto accede al poder, para impulsar transformaciones, lo que lleva a plantearse si será conviene o no, legislar para restringir o no, su libertad de decisión, y someterlo de esta manera a la legalidad.

El líder carismático

Al respecto, hay quienes sostienen que no hay necesidad de plantearse el anterior dilema, manifestando que, será la acción ejemplar del líder o dirigente, la que cree una ley no escrita. Uno de ellos fue, -Max Weber- quien planteó que, la “aceptación de cualidades carismáticas, existentes en el conductor de un Gobierno, se trasmiten al mismo, y es esa cualidad del líder, lo que legitima el gobierno que dirige”. Para el alemán un gobierno no iba a depender “de ningún código o norma legal abstractos. La ley objetiva derivará concretamente de la experiencia puramente personal, de la gracia divina y de las habilidades personales, una especie de mesías, lo que es muy común, por estos días.

América Latina es una muestra palpable de cuando un jefe o líder carismático impone su voluntad como ley, ya que él, es la ley. Y si el instrumento normativo relegado, choca con sus planes, se le agrede, tanto por el líder, como por la masa seguidora que, sin conocerla, la rechaza, repitiendo la argumentación del “jefe”, cuyas decisiones, así sean irrazonables o contrarias a valores republicanos, democráticos o legales, son aplaudidas ciegamente, dado que la emocionalidad, sigue siendo la bujía que mueve apoyos, así después haya contriciones, pues en nuestros espacios políticos, tampoco ha existido, mucha credibilidad en las leyes.

El uso de las leyes

Sobre la pertinencia de las leyes, Aristóteles dejó sentado en su obra sobre la “Política” que, “los gobernantes necesitan la ley, ellas les dan prescripciones universales, al ser el mejor elemento, para que no estén sometidos a las pasiones. Para este filósofo, “las leyes no tienen pasiones, cosa que necesariamente se encuentra en cualquier alma humana”. Lo que no previó este gran filósofo universal, es que, con el tiempo, las leyes, fueran utilizadas como instrumentos pasionales, para coartar derechos civiles y políticos, tal vez, porque en su tiempo de vida, la naturaleza humana era más preocupada por lograr una mejor sociedad.

Contrario a Aristóteles, en el diálogo -El Político- Platón sostuvo: “la ley jamás podrá prescribir lo que es mejor y más justo con precisión para todos”, y concluyó que, la ley es “semejante a un hombre prepotente e ignorante que no dejaba a nadie realizar a su gusto nada sin una prescripción suya”. Platón afirmaba casi como utopía que, el verdadero estadista, era aquel que poseía el perfecto conocimiento político, ergo, debería estar por encima de la ley, la que vendría a estar detrás de esa clase de políticos, por ser un mal necesario, para proteger a la ciudad de la maldad de los gobernantes, aunque en la actualidad este pensamiento haya sido desvirtuado por la ley y el derecho.

Carisma vs. Ley

Del contraste entre los liderazgos carismáticos y racionales, para dirigir un gobierno, se puede afirmar que, este último, inspira y motiva a través de su personalidad, de su visión estratégica sobre la Nación, de sus habilidades para comunicar; se basa en buena medida, en la lealtad y confianza de parte de la gente. En contraste, un líder de leyes, también llamado racional, se basa en la autoridad formal, en la estructura institucional, en las normas y los procedimientos establecidos por la ley, sus decisiones ofrecen previsibilidad y certidumbre, por lo que, su enfoque sobre una determinada situación o situaciones, puede ser más rígido, que el del dirigente carismático.

¿Qué significa gobernar?

Ahora, lo que sí es incuestionable para los gobiernos, sean dirigidos líderes carismáticos o de leyes, es que gobernar implica pensar, tomar decisiones, actuar y obtener buenos resultados; algunos consideran que esa premisa se resume en el arte de hacer y acontecer, de obtener resultados, medidos con los respectivos indicadores. Gobernar no es sólo el decir o actuar de estos líderes, ello también será competencia de sus equipos de trabajo, que son, en definitiva, quienes llevarán adelante, sus políticas, sus indicaciones o las respuestas a los pedidos de los ciudadanos. Se trata entonces, de gobernar con un claro sentido republicano, procurando la mayor participación posible.

Legitimidad sin hacer gobierno

Para concluir esta opinión, se recuerda un pensamiento de Jean Paúl Sartre, quien, sobre los “liderazgos de gobierno”, sean carismáticos o basados en leyes y sus equipos de trabajo, afirmó que estos últimos “se hacen para hacer y se deshacen haciendo”, lo cual implica que, de impedírseles desarrollar la conducción de un gobierno; no habrá desgaste alguno, ni del líder sea carismático o racional, ni de sus equipos de trabajo, que lejos de deshacerse fortalecerán su presencia en el escenario político, pues es indudable que, no dejarles gobernar conforme a la ley, les sumará más respaldo, hasta tanto, inicien su gobierno.

 

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