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El Guaire, un río de espaldas la ciudad de Caracas

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El Guaire recorre la ciudad entera, pero no aparece en ninguna narrativa de pertenencia. Los niños crecen sin saber que la ciudad tiene un río. Los edificios se orientan de espaldas a él. Las plazas se diseñan lejos de sus orillas.

El Guaire, un río de espaldas la ciudad de Caracas.

Una mujer observa desde el balcón de su casa el caudal del río Guaire en el populoso barrio de Petare durante una tormenta provocada por una depresión tropical que azotó Caracas el 6 de octubre de 2022.El Guaire cruza Caracas encajonado y descuidado, su cauce marca límites invisibles de la ciudad y refleja décadas de decisiones incompletas, puntuales y hasta equivocadas. Sus aguas reciben descargas domésticas e industriales; los barrios y los sistemas de drenaje muestran, sin filtros ni metáforas, la negligencia urbana: inundaciones periódicas, olores persistentes, riesgos sanitarios.

Al salir de la capital, después de Juan Pablo II, se convierte en el principal vector de contaminación del río Tuy y sus fértiles valles. Las aguas servidas, los sólidos urbanos, plásticos muchos plásticos, y los residuos industriales afectan comunidades, cultivos y ecosistemas. Caracas y la cuenca del Tuy están inextricablemente ligadas: lo que ocurre en la ciudad afecta la región.

Restaurar el río no es un acto estético; es un requisito urbano y regional, técnico y social.

Durante décadas, los proyectos de saneamiento prometidos —colectores marginales, interceptores, plantas de tratamiento— quedaron incompletos. Fondos nacionales e internacionales se gastaron parcialmente, desaparecieron o se desviaron.

El Guaire sigue incrementando la deuda ambiental. Recuperarlo exige cerrar esas brechas: completar infraestructura, regular descargas y garantizar operación y mantenimiento sostenibles. Una obligación que no admite más demora.

Un sistema colapsado entre promesas recicladas

Mientras amanece y la luz descubre los primeros trazos del barrio La Línea, en Petare, domina un golpe sordo y constante del río Guaire contra el puente de Baloa. No es un sonido de río; es el gruñido espeso de un sistema colapsado. Viene de debajo de la tierra, como la queja de una maquinaria que alguien dejó encendida hace décadas y nadie ha sabido apagar.
El olor sube antes del amanecer. Un miasma que se mete por los postigos metálicos y que obliga a mantener cerradas las ventanas incluso cuando el calor aprieta. Los vecinos están acostumbrados. En Petare, como en el resto del país, las promesas flotan, desaparecen, se reciclan y vuelven en un círculo perverso.

El Guaire arrastra desechos domésticos, restos orgánicos y desechos industriales. Se mueve con una espuma plúmbea sobre superficies aceitosas. El olor no es lineal, tiene capas. Primero llega el sulfuro, después el residuo industrial que baja de los colectores saturados, y por último el hedor mucho más reciente que proviene de las aguas negras descargadas sin tratamiento en los tramos de Petare. Nada es exageración. Todo está documentado en informes acumulados como fósiles administrativos.A un costado, en un muro donde la pintura oficial se desprende en láminas, todavía queda borrosa la frase con la que un ministro del Ambiente, años atrás, celebraba el inicio de un proyecto de saneamiento: “El Guaire será un símbolo de recuperación”.El anuncio era real, la obra también, pero nunca se terminó. No es un mito. Existen los contratos firmados, las fechas de adjudicación, los avances declarados y los reportes posteriores que reconocen su inoperatividad. Los tubos colectores que deberían conducir las aguas residuales a las plantas de tratamiento —algunas nunca construidas, otras levantadas pero vandalizadas– nunca se conectaron. Las aguas negras y de lluvia descargan directamente al Guaire en su condición de cloaca a cielo abierto. Lo llamamos río pero es la suma de muchas aguas que Caracas va expulsando. Su mítico saneamiento resultó un rosario de obras inconclusas aliñadas con incompetencia, corrupción e intereses políticos.

Sometimiento frustrado, un río indomable

No se le considera un recurso natural sino una afrenta ciudadana que es preferible olvidar u ocultar. Mientras las quebradas bajaban —torpemente canalizadas aquí, subterráneas allá, toleradas en ciertos tramos, ignoradas en otros— la urbanización, permisada o de supervivencia, ocupaba zonas en las que la geología contradecía la ambición humana. El río y sus quebradas obstaculizaban la expansión de viviendas, edificios, plantas industriales, centros comerciales, autopistas y humildes callejones. Una explosión urbanística enceguecida por la codicia.

En una conferencia en 1958, el ingeniero Luis Eduardo Baldó advirtió que “ninguna ciudad puede sobrevivir a espaldas de su río”. Describió un riesgo físico: cuando un cauce natural se convierte en canal forzado, estrechando y endureciendo el lecho, la aceleración artificial del flujo conlleva un aumento de energía que se transfiere, se desplaza, se acumula en zonas críticas. Ahí está la causa principal de los desbordamientos, no las fuertes lluvias. Si el río corriera por su cauce natural no ocurriría.

No es una descripción abstracta se repite constantemente entre los muros de concreto y acero que constriñen el Guaire desde Macarao hasta Petare. Desafiando las leyes de la naturaleza, su cauce debe comportarse como un tubo.

Crecer a contracorriente del Guaire

Caracas fue fundada sobre un valle donde el agua –riachuelos y quebradas, definen la topografía. Las pendientes imponían trayectorias, las quebradas establecían límites naturales, y el Guaire se integraba como eje de drenaje. La ciudad se desarrolló sin incorporar plenamente esa estructura sistémica a su planificación. No se entendió que su forma dependía del agua tanto como de sus calles.

Las 22 quebradas principales que descendían del Ávila y las pocas que llegan del sur no constituían un detalle geográfico sino la red primaria que sostenía el equilibrio del valle. Canalizarlas, encajonarlas o enterrarlas solo debilitaba la capacidad de la ciudad para absorber su propia expansión. Ese desajuste –entre un territorio que funcionaba según su propia lógica física y una ciudad que pretendía reorganizarlo a contracorriente– es el origen remoto del problema del Guaire y la parte visible de un desequilibrio mayor: “Aunque se decida soterrarlo, el río responderá saliéndose por donde pueda”.

La naturaleza indisciplinada

El auge petrolero de la segunda mitad del siglo XX estimuló un modelo de urbanización que veía la naturaleza como un obstáculo administrativo y no como una estructura viva. El Guaire, que ya recibía las aguas negras de centenares de miles de viviendas, era entendido como un problema logístico: “Había que hacerlo desaparecer para que la ciudad creciera sin interrupciones”.

Se emprendió un violento proceso de sometimiento. De disciplina inútil. Se le encajonó entre muros, se encementó el lecho, se construyeron vías rápidas con su espalda al río, como si la solución fuese no verlo y un cauce pudiera disciplinarse sin consecuencias.

Desde cualquier puente se puede notar que el agua baja a una velocidad que no corresponde a un río urbano sano. Es un flujo comprimido, sin oportunidad de expandirse, respirar o filtrarse. Si se escucha con atención, se distingue un sonido metálico, un golpe seco que no pertenece al agua sino al propio canal. La fricción constante del río con su encierro.

La larga noche del encauzamiento

El Guaire no se convirtió en una cloaca a cielo abierto, en un corredor de aguas servidas, por un vacío técnico. Hubo advertencias, propuestas alternativas, estudios hidráulicos que advertían, pero se impuso el entusiasmo modernizador que veía el río como un vestigio rural incompatible con la ambición metropolitana.

La propaganda oficial de los años setenta insistía en que canalizar el Guaire era “domarlo”, “ordenarlo”, “proteger a la ciudad”. Los registros del Ministerio de Obras Públicas muestran otra historia. Las obras respondían más a la necesidad de habilitar terrenos para autopistas y desarrollos inmobiliarios que a una visión integral del manejo hidrológico. El cauce fue rectificado no porque fuera necesario desde el punto de vista hidráulico, sino porque estorbaba la geometría de la ciudad que se quería construir.

Un ejemplo emblemático ocurrió en 1974, cuando se discutía el tramo entre Los Ruices y Chacao. Los ingenieros del equipo técnico recomendaron un diseño en meandros suaves, con zonas de amortiguación que permitiera que el río desbordara de manera controlada en las temporadas de lluvias. La recomendación fue descartada. Se impuso un canal recto, rígido, escoltado por autopistas.

Los planos existen y muestran la tensión entre la visión del río como organismo vivo y como obstáculo.

La idea de que pudiera tener vida propia quedó relegada. Todavía en los años cuarenta se veían bañistas en Antímano y huertas que se regaban con agua del río. Parece una fantasía, pero el Guaire fue navegable, lo registran crónicas de 1930. Su decadencia no fue natural, sino una decisión que convirtió el Guaire en una suerte de sumidero universal.

Obras prometidas y nunca entregadas

En 2005, Hugo Chávez anunció “la gran redención del Guaire”: un proyecto integral de saneamiento que ejecutaría en un año la empresa brasileña Odebrecht. No, no ocurría un milagro y los gobernantes entendían su responsabilidad con el medioambiente. Era más complejo y enrevesado. Después de dos décadas solo existen estructuras abandonadas, tuberías inconclusas, colectores que nunca se conectaron, estaciones de bombeo cuya inauguración se pospuso indefinidamente, pero sobre todo una deuda de cientos de millones de dólares y una geografía marcada por cicatrices de cemento armado, como la revolución.

En el sector La Línea de Petare una estructura de concreto se alza como un recordatorio del fracaso: una caja de transición hidráulica que debía recibir parte del caudal de la quebrada de La Urbina y desviarlo a un colector de alta capacidad que nunca se completó. La quebrada descarga en el Guaire todo lo que encuentra a su paso: aguas negras de conexiones clandestinas, basura doméstica, aceites de talleres mecánicos improvisados.

En Las Mercedes, una planta de pretratamiento de aguas residuales —que debía estar operativa antes de 2012— permanece vacía, sin equipos, sin personal, sin electricidad. Los vecinos la llaman “la caja muda”. No hace ruido, no bombea, no cumple función alguna. En los portones descuidados quedan restos del letrero de la empresa Odebrecht.

En Antímano, una de las zonas más intervenidas por “el saneamiento”, existe un túnel hidráulico de 600 metros que se excavó con maquinaria de punta y que sería una de las arterias principales del sistema de interceptación. Un montículo de tierra y escombros a la entrada oculta millones de dólares enterrados y una obra incompleta que habría sanado en algo el Guaire.

La acumulación de fracasos ha creado una sensación de inevitabilidad, como si el Guaire estuviera condenado a ser lo que es, como si ningún esfuerzo pudiera revertir su deterioro.

Las voces que no fueron escuchadas

Lo que anunció Chávez para sanear Guaire no era el proyecto que presentó hace 30 años, un grupo de urbanistas, sociólogos, hidrólogos, ingenieros sanitarios, economistas y especialistas en movilidad para el manejo del Guaire. Un enfoque integral de casi cien páginas que aún circula a trasmanos. Indicaba que recuperar el río sería imposible mientras las aguas residuales siguieran entrando en el cauce. Insistían también en algo radical para la época: devolverle al río su lugar en la vida de Caracas.

No se trataba de embellecerlo ni de construir un malecón turístico, sino reconocer que las ciudades que renuncian a sus cuerpos de agua se vuelven, tarde o temprano, insostenibles. El documento citaba como Seúl, Quito y Madrid han logrado recuperar sus ríos igualmente degradados.

La respuesta del Ministerio de Desarrollo Urbano en 1991. La respuesta fue tan cordial como inútil: “Estudiaremos las propuestas”. Lo urgente derrotó lo importante. El documento quedó archivado. La ciudad siguió gestionando el Guaire como un problema.

La ciudad que vive encima del río

El Guaire no atraviesa la ciudad. No, Caracas está literalmente encima. Las líneas de alta tensión, los intercambiadores viales, las canalizaciones y drenaje, las urbanizaciones y pasos peatonales descansan sobre la espalda de un río, una molestia de la que se debe hablar lo menos posible.

El Guaire recorre la ciudad entera —de Las Adjuntas a Petare—, pero no aparece en ninguna narrativa de pertenencia. Los niños crecen sin saber que la ciudad tiene un río. Los edificios se orientan de espaldas a él. Las plazas se diseñan lejos de sus orillas. Negar un río no lo desaparece; al contrario, lo vuelve peligroso.

Las crecidas repentinas y las inundaciones son recurrentes. Los informes oficiales culpan a las “obstrucciones por basura” y hasta hablan de falta de conciencia de la ciudadanía. Los hidrólogos señalan otra causa: las urbanizaciones han copado las zonas de desahogo de un río que se comporta como río y que las autoridades y los vecinos afectados consideran un error de la naturaleza. Viven con la sensación de que las crecidas son impredecibles, pero son el resultado de décadas de manipulación del cauce sin una coherente planificación hidrológica.

La ingeniería del altoparlante y la frustración

Caracas no solo perdió su río; también perdió la convicción de que merece recuperarlo. Uno de los obstáculos más difíciles de revertir es la narrativa de abandono y resignación: “Nada se puede hacer”. En su nombre se ha sepultado basura en cantidades que sobrepasan cualquier cálculo y también decisiones políticas, presupuestos desviados y oportunidades perdidas.

No debe escandalizar que sea factible sanear el Guaire –con rigor, no retoques cosméticos— con 400 millones de dólares y que pueda ser financiado por un organismo multilateral o hasta con fondos verdes. El proyecto final fue aprobado por el BID. Lo realmente indignante es que el socialismo del siglo XXI gastó varias veces esa cantidad en proyectos no concluidos o no ejecutados.

Solo la contratación con Odebrecht por Chávez superó los 2.000 millones de dólares en su conjunto. Una fracción de ese monto habría bastado para sanearlo.

El Guaire no ha dejado de fluir. Corre bajo los puentes, detrás de los taludes, entre los muros que la ciudad levantó para no verlo. Aunque su sonido no sea de un río sino el de un sistema colapsado, sigue siendo agua que busca salida. Lo han desmontado pieza por pieza hasta convertirlo en un sistema residual. Una cloaca a cielo abierto.

Hidrocidios y explosión de urbanizaciones

Existen los planos originales de un proyecto de los años cincuenta para interceptar las aguas negras antes de que llegaran al río: el Sistema de Colectores Marginales. Un propósito ambicioso, moderno, adelantado a su tiempo. Apenas se completó 40%. A partir de los años setenta, la inversión se estancó y luego se abandonó.

La lógica dominante entre quienes tomaban las decisiones era que “enterrar tuberías no era rentable cuando había que construir avenidas”. La ciudad siguió creciendo, pero la infraestructura sanitaria no. Ahí estaba el Guaire, como gran sumidero, recibiendo cada vez más descargas directas.

En este punto aparece un término que los hidrólogos usan con cautela: hidrocidio. La muerte provocada de un cuerpo de agua. Sin duda, describe la concatenación de decisiones y negligencia sofisticada que llevaron al Guaire a su estado actual.

Entre finales de los ochenta y mediados de los noventa, el país pudo haber tomado otro rumbo. En Caracas, se intentó reformular la relación del Guaire con la ciudad. Los trabajos de Luis Eduardo Baldó, Domingo Alberto Villanueva y un equipo amplio de especialistas coincidían en que transformar profundamente el manejo de aguas residuales, el Guaire seguiría siendo una cloaca. “Un río no se recupera limpiándolo, sino interrumpiendo todo lo que lo ensucia”, expresó Baldó en un seminario en 1992.

Ocurrió fue exactamente lo contrario. Entre 1994 y 2004, se añadieron más conexiones directas al río que en toda la década anterior. Se puede verificar en los registros de expansión informal de barrios, en las actas de emergencia del municipio Sucre, en los documentos de saneamiento del BID que en 2012 advertían diplomáticamente que la ciudad venía “creciendo sin alcantarillado suficiente”.

La modernidad no consiste en esconder el río, sino en integrarlo a la estructura urbana. Mientras Seúl había comenzado a discutir la recuperación del Cheonggyecheon. Quito empezaba a proteger sus quebradas. Madrid estudiaba alternativas al entubamiento del Manzanares. Caracas profundizaba su negación. Holanda, Japón o Corea del Sur han canalizado ríos, pero primero construyeron una infraestructura de aguas servidas para que el veneno no llegara al cauce.

La política del agua invisible

Que el Guaire a finales de 2025 siga siendo una cloaca abierta y un foco permanente de infecciones y riesgos es una anormalidad escandalosa que no ha sido corregida.

Cuando se presentó el proyecto con Odebrecht como “la solución definitiva”, muchos ingenieros expresaron sus reservas técnicas. El proyecto era demasiado grande, demasiado costoso o demasiado dependiente de una empresa que enfrentaba cuestionamientos en varios países. Pero las decisiones del comandante Hugo Chávez no se discutían. Siempre había alguien que explicaba su pertinencia y alababa su inteligencia.

El proyecto de saneamiento del Guaire no quedó inconcluso como consecuencia de la corrupción, que fue mucha, pero también por la profunda convicción ciudadana de que la infraestructura del río no importa y mucho menos el río. En las márgenes hay una ciudad paralela e ignorada.

En la zona de La Yaguara, los mecánicos de talleres improvisados arrojan aceite quemado a los desagües que confluyen en la quebrada de Carapita. En El Cementerio, las conexiones ilegales descargan en una serie de tubos perforados que la propia comunidad instaló para evitar que las aguas negras inundaran los callejones y escalinatas. En El Llanito, las lavanderías industriales vierten químicos directamente. Cada sector de la ciudad oculta un pecado ambiental. Prevalece la lógica del Guaire sumidero.

Son pésimas prácticas que no ocurren por maldad, sino porque el Estado no ofrece otra infraestructura. No hay sistema de tratamiento y la gente tira todo a la quebrada, al Guaire. La contaminación tóxica no es un concepto técnico, es un olor permanente. En Petare, Las Mayas o Antímano, la gente vive tan cerca del río que respira lo que el Guaire expulsa. Un criadero de mosquitos y una amenaza en cada crecida. Hasta las inundaciones más pequeñas causan tragedias. Quizás nadie muera, pero las familias pierden muebles, ropa, electrodomésticos, documentos y recuerdos.

Borrar una laguna

Hay decisiones que se toman con la temeraria seguridad de que nada malo puede surgir. La desecación de la laguna de Catia fue una. Inconsciente de que alteraba un órgano vital del ecosistema hídrico, la ciudad quiso desaparecer un cuerpo de agua. No se trataba de un charco ni un capricho del paisaje, sino del regulador que amansaba al Guaire para que no se desbordara.

Una lámina de agua tranquila, de 10 o 12 metros de profundidad, conectada por humedales al valle entero. Alimentada por la quebrada Caroata y el abanico de cursos cortos y abruptos que descendían de las montañas del Ávila. Era destino de paseos en bote, meriendas y celebraciones dominicales entre la naturaleza.

Hacia 1916 cubría casi medio millón de metros cuadrados, un perímetro donde coexistían garzas, pescadores y familias. En 1934 había perdido más de 90% de su área. No por sequía sino por el deterioro inducido: rellenos informales, desvío de las quebradas, vertido de desechos y sobre todo lo que Domingo Alberto Villanueva denominó décadas después “el desprecio por la geografía”.

El golpe final ocurrió cuando, luego de la muerte de Juan Vicente Gómez, las autoridades civiles declararon con el Banco Obrero que la laguna era un obstáculo para la expansión urbana de Catia.

Un informe mecanografiado disponible en la Biblioteca Augusto Mijares describe la lógica aplicada para sentenciar la muerte del humedal: “El espejo de agua obstaculiza el crecimiento armónico del sector oeste y debe ser suprimido para habilitar terrenos de desarrollo”.

La decisión de drenar y colmatar la laguna terminó en un hidrocidio y comenzó una lógica que dominó la planificación hidráulica del valle de Caracas: enterrar el agua para construir ciudad.

La desecación avanzó sin un estudio hidrológico que determinara la función del cuerpo de agua. No hubo evaluación de cargas, ni de capacidad de disipación de avenidas torrenciales. Solo se veía más tierra disponible, más ciudad posible.

Se instaló una red de zanjas para secar el cuerpo de agua, se desviaron quebradas completas hacia el Guaire sin ningún tipo de tratamiento y se rellenó con escombros y granzón hasta convertir un ecosistema profundo en planicie edificable.

Donde había un amortiguador natural de crecidas, se levantaron calles, bloques y patios de servicio; donde había un sistema que regulaba la humedad del valle se creó un punto de presión hidrológica que hoy se manifiesta con hundimientos, inundaciones repentinas y ascenso del nivel freático en días de lluvia.

La laguna de Catia fue forzada a convertirse en suelo. Y el Guaire terminó recibiendo otro caudal que la ciudad despreció para construir avenidas y desarrollos de viviendas que prometían “orden” y “salubridad”. Esa laguna era un estorbo para la obsesión modernizadora de transformar la ciudad en una maqueta geométricamente perfecta y ajena a la geografía.

Las quebradas que antes tenían un espacio natural donde disipar energía comenzaron a descargar con más fuerza y más violencia sobre zonas urbanas.

El terreno resultante —llano, aparentemente dócil— fue urbanizado como si jamás hubiese sido un cuerpo vivo de agua. Las calles de Los Magallanes de Catia, la avenida Panamericana en Nueva Caracas, el Hospital José Gregorio Hernández y otros edificios descansan sobre arcillas saturadas, suelos blandos, estratos conformados para flotar, no para sostener grandes estructuras de concreto.

El país y sus gobernantes prefieren la recta, el tubo, el relleno, el canal. Consideran que las lomas pueden cortarse, los cerros ahuecarse y los ríos disciplinarse. En cada temporada de lluvia, con cualquier aguacerito, el drenaje colapsa y las calles parecen ríos. No es que la ciudad se inunda, sino que la laguna intenta recuperar su espacio perdido.

Equipo de Investigación de El Nacional

 

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