He aquí aspectos financieros que se subrayan poco en el convulso escenario geopolítico actual. La desdolarización: un desafío, un reto. Venezuela ha aceptado desde 2018 la compra de su petróleo en moneda diferente al dólar. Los yuans chinos constituyen una referencia clave, y abundante. Otras divisas de apoyo: el euro y el rublo. Hay precedentes en todo esto. A comienzos del siglo XXI, Sadam Hussein ya fijó la venta de petróleo iraquí en monedas diferentes al dólar; este hecho pudo acelerar la invasión en 2003 –sin hallarse armas de destrucción masiva, el alegato para justificar esa acción– y el cambio de régimen, que de nuevo “dolarizó” las exportaciones petrolíferas del país. Algo similar aconteció en Libia, con el proyecto del dinar de oro. El líder libio estuvo abogando durante meses por la introducción de esta moneda para todas las naciones musulmanas. Muamar el Gadafi pretendía vender petróleo únicamente a cambio de dinares de oro y rivalizar con el dólar y el euro. En 2011, el régimen fue depuesto por fuerzas de la OTAN.
No puede omitirse que los acuerdos llegados entre Estados Unidos y Arabia Saudí, a raíz de la crisis energética de 1973, confirmaban que las remesas de petróleo que eran adquiridas debían ser sufragadas en dólares, y no en monedas nacionales. El billete verde se convirtió en el potente patrón monetario con el que adquirir los combustibles fósiles y, en particular, el petróleo. Arabia vende el petróleo exclusivamente en dólares e invierte en bonos del Tesoro de Estados Unidos, mientras este país le garantiza seguridad militar y apoyo político. Son los petrodólares. Estados Unidos ha tenido entonces la capacidad de imprimir dólares de manera masiva, toda vez que su adquisición era fundamental para, a su vez, pagar el petróleo que las naciones necesitaban. Al mismo tiempo, Estados Unidos puede financiar sus déficits con la emisión de deuda pública que adquieren otros países.
Venezuela ha estado eludiendo la dolarización. El desmarque venezolano se rubrica, además, con su intento de entrar en el grupo de los BRICS –vetado por Brasil en 2024, a raíz de las elecciones venezolanas y sus irregularidades–, una pretensión que fue reiterada por el gobierno de Nicolás Maduro en diferentes encuentros con los miembros de aquella entidad. La aceptación posible de Venezuela en el club de los BRICS (que ven con buenos ojos “desdolarizar” transacciones trascendentales) supondría un factor más para buscar otras vías de pago –que también están explorando Irán, Arabia y Rusia–.
Parece excesivo pensar en la sustitución del dólar, de manera generalizada, por otras monedas. Pero existen erosiones claras en las transacciones financieras con los recursos energéticos. Esto sí puede estar constituyendo una advertencia para Estados Unidos, a la que se suman otros problemas previos, acuciados por la política económica de Trump: los aranceles, la inflación y la creación de empleo, tres elementos que, de forma gradual, pueden ir minando la confianza en la administración republicana en un escenario de elecciones en noviembre de 2026.

