Hamnet puede arrebatarle al Oscar a Una batalla tras otra, en buena ley, porque la Academia guarda una relación afectiva con El Bardo desde antiguo, no más recordar que Laurence Olivier ganó el Oscar con su versión de Hamlet en 1948, o que Shakespeare in Love dejó en el camino a Spielberg con su obra maestra, Salvar al soldado Ryan.
Debe ser por eso que el propio genio de La Lista de Schindler quiso adaptar el texto de Hamnet, para evitar que otro cineasta de la competencia, como Sam Mendes, le arrebatara el triunfo en la temporada de premios.
Vaya como la apuesta le ha resultado al autor de Tiburón, otra vez, un realizador con un olfato curtido en mil campañas, una máquina de tocar metal y ganar trofeos dorados, de romper taquillas y siempre sorprendernos con su fuente de la juventud.
Al día de hoy, Hamnet tiene bloqueado el Oscar para la actriz favorita, la impresionante Jessie Bukley en el papel de su vida, así como las nominaciones principales de dirección y película, donde es candidata para polarizar con la nueva gema de Paul Thomas Anderson.
Al respecto, surgirán montones de teorías en adelante, mientras Sinners va perdiendo fuelle y conformándose con ser la tercera de la comparsa, al lado de otras que pugnan por el podio como Marty Supreme, Sentimental Value y Agente Secreto.
Pienso que en un año muy político, pueden suceder dos cuestiones: el Oscar a Una batalla tras otra, para significar un punto de honor de protesta ante la actual gestión del estado policial de ICE, o el Oscar a Hamnet para precisamente bajarle el volumen a la polarización política del premio, como antes ha ocurrido.
No en balde, fue el caso de Shakespeare in Love, cuando le ganó a Salvar al soldado Ryan. Otro escenario posible es que dividan en la ceremonia del cine, al darle dirección a Paul Thomas Anderson y mejor película a Hamnet, equilibrando la balanza.
Queda mucho tiempo por delante, pero el 13 de enero ya nos ofrece un panorama para despejar la quiniela.
De cualquier modo, Hamnet tiene unos méritos artísticos de peso.
El primero de ellos, lo afirmó el mismo Spielberg, es contar con la sensibilidad de Chloe Zhao en la dirección, reivindicándose después de su desastrosa experiencia en Marvel.
Con Hamnet, la autora se recupera de un fuerte revés, contando una historia que evoca su estética de vanguardia asiática y femenina, de preferencia por las atmósferas en lugar de las convenciones de Hollywood.
Hamnet nos narra la historia de Shakespeare, desde la perspectiva de su esposa, de sus hijos, de su familia algo disfuncional, afirmando la tesis de que Hamlet se inspira en sus vivencias, sus partos, sus conflictos, sus duelos, sus dramas personales. Una tesis, seguramente discutible.
Pero Hamnet la hace posible en la pantalla, verosímil y consistente como relato, de modo que el debate con la realidad queda superado, pues el espectador disfruta de una epifanía, de un milagro audiovisual que es el de presenciar el nacimiento literal de una obra maestra como Hamlet, según los ojos de quienes la labraron, de la gente que la creó y la abrazó.
Jessie Bukley como la esposa del escritor, redefine los códigos del teatro isabelino, de su tradición, escribiendo su nombre en los anales de las grandes contribuciones para el género.
Hay una imagen hermosa en el filme, de las muchas que rememoro, y es que el hijo de ellos parece un pequeño Orson Welles, con sus cachetes y su emoción temprana por reinventar el teatro.
Su imagen entra y sale de la pantalla, como un fantasma shakesperiano, que marcó un antes y después, que la protagonista y su esposo reconocen como parte de su legado, de su amor, de su comunión con el espacio y el tiempo.
A su vez, el bardo de Paul Mescal transmite una furia, una vehemencia, que lo sitúa en los altares de las vehementes y logradas adaptaciones de Shakespeare, a la altura de cualquier Olivier, Welles, Kenneth Branagh, Kurosawa y Polanski.
Hamnet no niega al autor, como lo haría un revisión deshonesta de la cultura woke, negadora de la historia desde una dudosa moralidad, oportunista y políticamente correcta. Muy por el contrario, Hamnet expone el mundo trágico que sufrió la familia de Shakespeare, para entender mejor su arte y confirmar su vigencia, como creación de una cultura, no necesariamente de una sola persona.
De modo que es válida su propuesta de pensar que, en efecto, las grandes obras son resultado de un contexto y unas personas que lo encarnan, como lo demostró el sociólogo Michael Gladwell en Fueras de Serie: por qué unas personas tienen éxito y otras no.
Como los Beatles en Liverpool, como Guardiola en Barcelona, como Soto y Cruz-Diez en Venezuela, Shakespeare se dedicó con pasión a la redacción creativa, siendo testigo de su época. Detrás suyo, habían unas condiciones complejas, pero el soporte de una familia, que aunque con defectos como todas, lo amó y lo apoyó en las buenas y en las malas.
Por igual, la película triunfa porque es el éxito de una generación, de un grupo de talentos de diferentes países, que echan a un lado sus diferencias, para avanzar y conquistar la gloria.
Ahora que Venezuela pasa por un momento clave en su historia, quiero quedarme con un subtexto, con un mensaje de Hamnet: ser o no ser un país, una obra, un legado, dependerá de tomar conciencia de nuestra capacidad para gestionar una crisis, como conjunto y especie, para alumbrar un porvenir.
Así salen del túnel en Hamnet, de pronto estamos cerca de tener éxito y ser una Venezuela fuera de serie, si nos ponemos de acuerdo en avanzar y en deslastrarnos de los vicios que nos atrasan.

