Sueños de trenes es una de las diez películas del año, a mi juicio. Recomendación disponible en Netflix. De la contemplación en lugar del ruido y el odio.
Se trata de un filme sobre la vida y muerte de un leñador en el siglo XX, ocupado en la construcción de rieles para trenes. Clara metáfora sobre el origen del sueño americano, el ocaso y el futuro paradójico del cine, nacido en la llegada de un tren.
La película se narra como un cuento clásico en tres actos.
En el primero vemos la interacción del hombre con el entorno agreste, haciendo su trabajo en el bosque, cortando árboles que caen como un mal presagio.
En un terreno logra construir una casa idílica, junto con su mujer y una hija por nacer. La sensación es de bonanza y futuro. Sin embargo, el trabajo expone la dureza del contexto, donde impera el racismo. Unos hombres ajustician a un chino, lanzándolo por un puente.
El fantasma del asiático persigue al protagonista en sus pesadillas, como parte de una culpa americana, la que precisamente vuelve en la actualidad con los operativos y las redadas fascistas de ICE en búsqueda de extranjeros, para deportarlos.
En el segundo episodio, la aparente estabilidad del leñador se quiebra por completo, al combustionar su paraíso en la tierra, llevándose a su esposa e hija como trofeos preciados. La ecología no perdona y reclama su orden caótico, dinamitando los planes del hombre.
Las llamas son un símbolo de un miedo que posee a la industria, por los efectos de la tala indiscriminada y el cambio climático.
Desde entonces y hasta el cierre, la paleta de la fotografía se decanta por el claroscuro de una propuesta noir de autor, como aquellos pasajes delante del fuego de Lynch en Una historia sencilla, o el declive de los antihéroes setentistas que animan a Paul Schrader en la magnífica Master Gardener, de la que Train Dreams es tributaria por la presencia del mismo actor Joel Edgerton, quien hace un ejercicio de contención que transmite tragedia y dolor, sin necesidad de pecar de sobreactuado o superlativo con el método.
En tal sentido, apreciamos una película de grandes actores (como el descomunal secundario de William Macy), bajo una dirección poética inspirada en la visión panteísta de Terence Mallick, con sus voces en off, sus imágenes del cielo y el infierno en la tierra, sus luces naturales y su fuego de “Días de Gloria”.
Una obra excepcional en la oferta de Netflix, saturada de telefilmes que se agotan en su enunciado woke, que mueren en su ley purista de ofrecer contenidos destilados y despojados de cualquier esencia conflictiva.
Sueño de Trenes va en las antípodas del servicio de streaming, al elaborar un western crepúscular que observa el devenir de los personajes en un contexto histórico, sin juzgar demasiado, apenas dejando que la cámara haga su trabajo de sugerir un problema para que cada espectador piense y resuelva el drama en su cabeza.
Una catarsis, en última instancia, para ver y reflexionar acerca de los claroscuros de la existencia, de cómo nunca fue fácil, pero se superaron los escollos, como en un relato bíblico. Detrás de todo, una narración de espectros y demonios que hoy vuelven: los del mito del progreso, la conquista del oeste y su precio, el sectarismo y la xenofobia.
El leñador es testigo de cómo la civilización avanza a costa del arrase y la violencia contra el otro.
Pero queda su humanidad inquebrantable y su esperanza en la redención.
Un sueño de vida en paz, en familia y en armonía con la naturaleza.
¿Será posible? Hay que intentarlo con la dignidad del protagonista. De la pesadilla al sueño.

