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Rafael Simancas: El mundo sin ley

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La vida en sociedad exige normas que establezcan los derechos y deberes de sus integrantes, los límites a los mismos y un régimen de infracciones y sanciones para asegurar su cumplimiento. Sin normas y procedimientos para hacerlas cumplir no hay civilización; solo impera la fuerza bruta. Lo sabemos desde los tiempos de la Roma clásica, hace más de dos mil años.

El mundo globalizado de la actualidad es de facto una sociedad integrada, con sujetos en permanente interacción y, por tanto, necesitado de normas propias. Tras el desastre humanitario de la Segunda Guerra Mundial, las naciones forjaron un sistema de normas e instituciones multilaterales para asegurar la vigencia de la civilización. Lo llamamos Derecho Internacional.

El Derecho Internacional ha presentado insuficiencias, incumplimientos e ineficacias, pero hasta ahora los grandes actores de la sociedad internacional se sometían a sus reglas y, cuando no era así, intentaban justificar sus hechos como excepciones legítimamente fundadas.

Se trataba de reglas elementales, como el respeto a la soberanía de los Estados, la renuncia al uso de la fuerza en los litigios, la prohibición de explotar recursos naturales ajenos, la atención a los acuerdos y las disposiciones de órganos multilaterales…

Con este sistema, aún resultando precario y frágil, el conjunto de las naciones hemos mantenido un mundo razonablemente civilizado en sus relaciones internaciones.

Pero todo esto ha saltado por los aires.

El mandatario de la primera potencia militar del mundo ha declarado que los únicos límites que reconoce son los de su propia moralidad, por encima del Derecho Internacional. Y solo hay que revisar someramente su biografía para hacerse una idea de los parámetros éticos en los que se mueve.

Bajo su mando, la primera potencia militar del mundo prescinde ya en la práctica de cualquier norma, cualquier acuerdo y cualquier organismo internacional. Tan solo se guía por lo que ese jefe interpreta como interés propio, confundiendo muchas veces el interés geoestratégico del país con el interés económico de la familia presidencial.

Secuestra jefes de Estado, desprecia otras soberanías, dispone sin permiso de recursos ajenos, amenaza con apropiarse de territorios bajo otras banderas, insulta a los legítimos representantes de otras naciones, ignora a los órganos multilaterales que velan por la legalidad internacional, establece arbitrariamente áreas de influencia impune, ejecuta sumariamente sin juicio ni sentencia a quien le parece, fuera y dentro de sus fronteras…

Esta conducta de la primera potencia militar tiene su precedente más claro precisamente en el escenario previo a la Segunda Guerra Mundial, cuando otros líderes con gran potencia militar decidieron también hacer valer sus intereses, ignorando las normas internacionales y atendiendo tan solo a los límites de su propia moralidad discutible.

España ha alzado la voz en defensa del Derecho Internacional y de la civilización. La Unión Europea está llamada también a hacer valer su peso político, económico y moral en defensa de un orden internacional civilizado.

Porque de proliferar definitivamente en el ámbito de las relaciones internacionales este modelo del “far west”, no estaremos solo ante el dramático fin de una larga etapa de cierta paz y seguridad en el mundo, sino que muy probablemente nos enfrentaremos al fin de la civilización misma.

 

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