¿Existió en las cercanías temporales un héroe criollo más popular? No lo creo, aunque pudiera ser posible. De ficción, por supuesto. Años 60, 70. Siglo XX. Los mayores adoraban el personaje. Los personajes. Masculinos los principales, por supuesto, como correspondía, ¿corresponde?, a una sociedad machista, conservadora y más. Martín y Frijolito. “Anda, Frijolito”, espetaba en la radio el posterior zar de la producción: Arquímedes Rivero.
Luchaba en Radio Rumbos el héroe contra las maldades, contra los crápulas, contra las canalladas, especialmente realizadas por desfavorecer a los más pobres, al común de la gente. De allí el nombre común del personaje y el casi cómico de los frijoles, de la comida también popular. No era Rocinante sino Relámpago, el caballo evocador preciso del siglo XIX venezolano, pero también de las novelas de caballería, de la heroicidad del “caballero”, de Cervantes y sus creaciones.
“El ahijado de la muerte”. Valiente y protegido por su madrina inmortal. Nada menos. La contraposición resulta demasiado evidente ante los cobardes que se aprovechan de los desposeídos, de la gran mayoría, de los comedores de frijoles. No caben allí atentados contra niños, mujeres o ancianos, o estudiantes desvalidos, hombres moralmente incólumes, civiles, desarmados, sin voz, casi.
Aunque no llega a la popularidad, incluso actual, de Superman, El Hombre Araña, Batman, o La Mujer Maravilla, el alcance del radio teatro fue continental y llegó a circular en cómics. Para nada tan radiantes como el programa de radio. La valentía masculina, del macho, al parecer, siempre consigue la horma del zapato que falta. Allí se acaban las jacatonerías. Porque, como reza el dicho acerca de los cochinos y sus sábados, criptonita siempre es posible conseguir como alternativa para el freno de los desafueros. ¿Imaginarios?
Ahora, en épocas de escapes ante drones ficticios o reales, no encaja un personaje tan valiente, ido tal vez de la representación ficcional moderna. Pero evocarlo como parte de nuestra tradición, de vez en cuando, puede servir para la reflexión en torno de las ocurrencias más actuales. También en la imaginación, los crápulas resultan vencidos, por aquel clásico enfrentamiento entre el bien y el mal. Más bien religioso, pero presente en el imaginario. Martín Valiente vive en nosotros como rastro relampagueante de la paz deseada, del entendimiento sin violencia. Aunque esta pudiera estar allí, llegar si se la provoca. De la doblegación por medio de justicia, la moral de los tratamientos humanos por encima de la inmoralidad. Lo justo por sobre el poder desmedido, incontrolado. Recordé, de mi infancia, a Martin Valiente. Valiente, no cobarde. Martín, muy seguramente habría liberado a los presos políticos. ¿No?

