En The Plague de Charlie Polinger la adolescencia se convierte en un experimento social fallido. Por lo que la cinta analiza la rivalidad y al final la violencia entre un grupo de jóvenes deportistas, como un símbolo retorcido de un tipo de masculinidad asfixiante.
Para Hollywood, recordar la juventud suele implicar un tipo de visión sobre el pasado plagada de clichés. O, al menos, la sensación de un optimismo inocente que envuelve una amnesia selectiva muy conveniente sobre lo violenta, sofocante y angustiosa que puede ser la etapa para buena parte de los más jóvenes. The Plague, ópera prima de Charlie Polinger, dinamita esa versión edulcorada para enfocarse en su reverso oscuro: la adolescencia como un sistema cerrado, cruel y jerárquico, donde cada gesto cuenta como una moneda social. Una versión de “El señor de las moscas” de William Golding que analiza de manera brillante y bien planteada, la percepción acerca del mal intrínseco en la naturaleza humana.
Ambientada en 2003, la película no usa la época como guiño nostálgico. En lugar de eso, crea una cápsula cultural que agrega contexto y analiza de manera sutil sus lugares más oscuros. Por lo que el guion indaga en la rivalidad y la masculinidad tóxica como un tipo de violencia latente; todo en el entorno es un campamento masculino de waterpolo. Por lo que el espacio funciona como microcosmos de la socialización temprana: competitivo, ruidoso y profundamente inseguro.
Charlie Polinger no convierte su historia en un relato de terror convencional, pero se apropia de su atmósfera. De modo que el miedo no proviene de un ente sobrenatural, sino del grupo. De mirar alrededor y no saber si hoy toca pertenecer o desaparecer. Desde el inicio, la película deja claro que crecer no es avanzar o, en cualquier caso, madurar, sino sobrevivir en medio del terror de la presión social y los horrores diminutos que eso conlleva.
El miedo en todas partes
Esa sensación se profundiza a través de un apartado visual que intenta transformar el deporte acuático en terrero peligroso. La cámara de Steven Breckon se hunde literalmente en el agua, observando cuerpos jóvenes fragmentados, brazos y piernas moviéndose sin coordinación bajo una superficie que oculta los rostros. Por lo que el deporte se convierte en territorio ambiguo: tanto es una forma de fortaleza física como una de segregación. Una metáfora constante acerca del miedo de no ser aceptado, perder el pie en menos de la capacidad para encontrar el propio lugar en el mundo.
The Plague es mucho más una reflexión sobre el temor a las exigencias del entorno que un drama adolescente. Pero entre ambas c osas profundidad incierta, respiración contenida, pánico silencioso. A esto se suma la música de Johan Lenox, una partitura inquieta, llena de voces distorsionadas que parecen pensamientos intrusivos filtrándose sin permiso. Todo contribuye a una incomodidad física muy precisa. Polinger entiende que la adolescencia más que un recuerdo, se siente en el cuerpo. Y por eso la película no explica demasiado. Sugiere. Presiona. Mantiene al espectador flotando, incómodo, sin suelo firme. No hay monstruos, pero sí una amenaza constante: el error social irreversible.
El grupo como depredador
En el centro de este ecosistema está Ben (Everett Blunck), un niño de doce años con el tipo de sensibilidad que suele ser penalizada en ambientes que confunden dureza con liderazgo. Viene de Boston, carga con un contexto familiar difícil y posee una empatía que lo coloca automáticamente en desventaja. Cuando el entrenador (Joel Edgerton) pregunta qué significa el waterpolo, Ben responde con una idea ingenua: cooperación, familia, equipo. El resto del grupo está ocupado en bromas obscenas y demostraciones de poder infantil. No es maldad explícita, es algo peor: normalidad. Ben quiere encajar, pero no sabe cómo sin traicionarse. Esa tensión define cada una de sus decisiones y convierte lo cotidiano en un campo minado emocional.
El liderazgo informal recae en Jake (Kayo Martin), carismático, impredecible y peligrosamente encantador. Jake no necesita imponer reglas, porque de alguna forma las encarna simbólicamente. Su forma de mandar es el chiste, la humillación disfrazada de juego. Junto a él, el grupo decide aislar a Eli (Kenny Rasmussen), otro chico torpe, más grande, etiquetado como “contagioso”. Nadie sabe exactamente qué significa eso, y no importa. La amenaza es simbólica y efectiva. Tocar a Eli implica perder estatus. Defenderlo, desaparecer. Ben se enfrenta entonces a una elección imposible: proteger al único compañero con el que siente afinidad o conservar su frágil lugar en la jerarquía. Polinger nunca aclara si la “plaga” existe. Esa ambigüedad es clave. El miedo funciona mejor cuando no tiene forma definida.
Rituales de masculinidad
Alejándose de un thriller clásico, The Plague despliega una serie de pruebas sociales que funcionan como escenas de horror psicológico. Dónde sentarse, cómo ducharse, qué decir sobre sexo sin parecer ingenuo. Cada momento cotidiano se convierte en examen público. Polinger filma estas secuencias usando el sonido y los encuadres cerrados para amplificar la ansiedad. No hay escapatoria: incluso el silencio es sospechoso. El resultado es una representación muy clara de cómo se construye cierta masculinidad a partir de la vergüenza compartida y la agresión normalizada. El grupo no necesita violencia física constante; basta con la amenaza. Y eso, paradójicamente, es lo más aterrador.
En un momento clave, el entrenador grita que las acciones no son inocuas. La película toma esa idea y la estira hasta el límite. Los chicos luchan por mantenerse a flote, literal y simbólicamente, en un entorno que premia la dominación. El contraste con una secuencia de nadadoras sincronizadas, filmadas con elegancia y calma, subraya la diferencia entre competencia y cooperación. Por lo que The Plague no necesita decidir si su amenaza es real. La verdadera infección es el sistema que enseña a los niños a mutilar partes de sí mismos para pertenecer. Y ese aprendizaje, como sugiere Polinger con frialdad, no se queda en la piscina. Se arrastra hasta la adultez. En ese sentido, pocas películas recientes resultan tan incómodas. Y tan necesarias.

