pancarta sol scaled

Jonatan Alzuru: O jugamos, o nos reparten; Realismo político, organización y lucha

Compartir

 

Dentro del Partido Republicano norteamericano, especialmente en sus corrientes de política exterior más pragmáticas, el realismo político ha ejercido una influencia decisiva. Esta tradición prioriza el interés nacional, el poder del Estado, el equilibrio de fuerzas y la prudencia estratégica por encima de ideales morales universales como los derechos humanos o la promoción abstracta de la democracia. Su fundamento se remonta a Maquiavelo, quien concibió la política como un ámbito autónomo regido por la lógica del poder. En el siglo XX, esta visión fue reelaborada por teóricos como Hans Morgenthau, George Kennan y Henry Kissinger, influyendo de manera determinante en la formulación de la política exterior estadounidense. Desde esta perspectiva, se comprende que para Estados Unidos el problema no sea, en sentido estricto, ni los derechos humanos ni la democracia. Ello se evidenció en el discurso pronunciado por Trump en su residencia, donde tales conceptos estuvieron ausentes. La cuestión central para él, es cómo mantener e incrementar el poder, minimizando costos y maximizando beneficios.

Trump, consciente del poderío militar y económico que posee, entiende que una forma de incrementar su fuerza y dotarla de mayor cohesión es darse el lujo de mostrar sus cartas sin ambigüedad. Este estilo de ejercicio del poder, que hoy desconcierta a muchos, tiene antecedentes históricos claros. Algunos emperadores romanos —objeto de análisis de Maquiavelo— practicaron esta forma de dominación como una estrategia eficaz. En esto, Trump se diferencia de Nixon, Reagan o Bush, quienes compartían el mismo fundamento político realista, pero se guiaban por la máxima de Vito Corleone: “Nunca digas lo que piensas”.

Trump afirmó que la negociación se realizó con Delcy Rodríguez. Sin embargo, su nombramiento fue inconstitucional. Según la ley venezolana, ante la falta absoluta del presidente, quien ejerce la vicepresidencia debe asumir la presidencia de manera transitoria y convocar a elecciones en un plazo de treinta días. A ello se suma la declaración de Vladimir Padrino López respaldando el procedimiento inconstitucional y garantizando el orden. Esta secuencia revela un dato central: existió un acuerdo con el poder militar. Los Rodríguez pueden ejercer control político, pero no garantizan el orden, porque no dirigen a las Fuerzas Armadas. Esto explica que, en un momento de máxima tensión, Padrino no acuartelara a los militares; por el contrario, estaban en sus casas al momento de la extracción de Maduro, generando las condiciones para una resistencia mínima. En consecuencia, Delcy Rodríguez actúa como vocera de Padrino López, quien detenta el poder real y lo explicitó en su discurso: “Nosotros garantizamos el orden y la paz”.

Al asumir la presidencia, Delcy Rodríguez cumple de inmediato con el acuerdo y plantea el diálogo con Estados Unidos. Sin embargo, su margen de maniobra es extremadamente limitado, porque esta jugada implica rupturas internas profundas entre civiles y militares. Surgen entonces preguntas inevitables: ¿Diosdado Cabello acordó conscientemente o fue conducido, por la presión de los hechos, a aceptar la entrega de Maduro? ¿Puede el chavismo cumplir todas las exigencias de Trump? De lograrlo, podría mantenerse en el poder de manera frágil hasta que Estados Unidos decida. Trump fue claro: si no se cumplen con sus órdenes, el destino de la presidenta sería peor que el de Maduro; le dibujó su muerte. En términos de Vito Corleone, es una oferta que no puede rechazar. No obstante, las pugnas internas del chavismo podrían impedir su cumplimiento. Entonces surge la pregunta clave: ¿cómo actuará Trump frente a ese escenario?

Los republicanos tienen experiencia histórica en América Latina. Nixon y Kissinger se propusieron resolver lo que llamaron el caos de la nación chilena, enfrentar el comunismo y generar las condiciones para una futura democracia, brindando pleno apoyo al general Augusto Pinochet. La Democracia Cristiana, con líderes como Patricio Aylwin, respaldó inicialmente el golpe bajo la idea de una transición breve. Tarde comprendieron su desacierto: el orden y la paz prometidos se extendieron durante diecisiete años de dictadura. Esta es, sin duda, la segunda carta de Trump, porque ha sacado del juego a la resistencia civil venezolana. El trato dispensado a María Corina Machado no ha podido ser más degradante: una mujer inteligente y “fantástica”, como dijo Marco Rubio, reducida a símbolo, mientras Estados Unidos deja claro que tiene otras prioridades.

Trump, además, explicitó abiertamente el pago por la inversión realizada y por la que hará en los próximos años: otorgar a Norteamérica el manejo del petróleo venezolano y el control efectivo de las mayores reservas petroleras del mundo. No se trata de un eufemismo, sino de la explicitación descarnada del interés estratégico.

¿Qué hacer frente a este planteamiento del juego? En primer lugar, reconocer que desde el 28 de julio de 2024 la resistencia política no ha actuado con el objetivo real de desplazar al régimen. No podemos endilgar toda la responsabilidad a María Corina Machado. Ella no actuó; se dedicó al discurso: esa es la verdad. Pero el dirigente que se refugie en ese diagnóstico confiesa, en realidad, su propia incapacidad de llamarse como tal. Ese diagnóstico, para el político, no es lucidez: revela su propia mediocridad.

En segundo lugar, el trato que Trump dio tanto a María Corina Machado como a Edmundo González Urrutia nos muestra una debilidad estructural. Desde el 28 de julio, la dirigencia se ha limitado a redes sociales y discursos; no existe una organización política real. Si hubiese existido una estructura que integrara partidos, empresarios, sindicatos y otros actores sociales, articulada en torno al mandato popular, ni María Corina habría sido reducida a símbolo ni Edmundo González Urrutia habría podido ser obviado de manera impune. En política realista, nadie ignora a quien representa poder organizado. Esa omisión fue consecuencia directa de nuestra incapacidad para constituirnos como sujeto político efectivo. Esa falla es nuestra.

¿Cómo entrar en el juego? Significa que los acuerdos y negociaciones, tanto con Trump como con el chavismo, los realice la resistencia venezolana desde su propio cálculo de intereses, aceptando las reglas reales del juego: el realismo político.

La única posibilidad, a mi juicio, es hacer ingobernable el país para Delcy Rodríguez y Vladimir Padrino López. Una vía práctica para demostrar fuerza política, minimizando los costos en vidas humanas, es avanzar hacia una paralización progresiva del país. Nadie sale a la calle, nadie trabaja durante algunos días, con metas claras y evaluación constante. Denunciar la inconstitucionalidad del gobierno, exigir la liberación de presos políticos, el respeto a la Constitución de 1999 y al mandato popular que reconoce a Edmundo González Urrutia como presidente. No en discurso sino con acciones. Un acuerdo entre empresariado, sindicatos, Iglesia, universidades y organizaciones políticas es posible y conveniente. La alternativa —una nueva dictadura con distinto rostro— sería una desgracia nacional.

Debemos dejar de interpretar la buena o mala voluntad de Trump. Eso es irrelevante. Tenemos que jugar. La resistencia dejó de jugar y se desplazó a sí misma del tablero. El tiempo corre en contra de la resistencia democrática. Es urgente organizarse y actuar de inmediato.

Dejar este juego exclusivamente en manos de Trump y del chavismo equivale a un suicidio colectivo como sociedad, y una parte sustantiva de la responsabilidad recaerá sobre toda la dirigencia de la resistencia.

Profesor universitario

 

Traducción »