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Rafael Fauquié: La dignidad y la libertad humana por sobre cualquier ideología

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Digo valor y vengo a hablar aquí del que, caso, sea el mayor de todos: la libertad… Paul Valéry.

A la hora de pensar en los valores que deberían distinguir a cualquier sociedad civilizada, dos privan por sobre cualquier otros: el de la dignidad y, como su natural complemento, el de la libertad. Ambos principios son metas irrenunciables, derechos inalienables colocados muy por encima de cualquier consideración ideológica o doctrina política. Negar, debilitar o relativizar la verdad del valor irrenunciable de la dignidad de la persona y de la siempre necesaria libertad a causa de criterios doctrinarios es una patética manera de negarse a ver, de negarse a entender, de rehusarse valorar lo justo y humanamente correcto.

Es, acaso, un fenómeno muy frecuente en nuestros complicados días: la relativización de las verdades y los principios. La permanente aplicación de un doble rasero ante la visión de las cosas: el acatamiento de ciertos principios en la olímpica ignorancia de otros; el burdo ingenio que juega a escamotear la realidad de lo obvio, la consciente voluntad por ocultar malintencionadamente lo que está a la vista de todos…

La dignidad humana, siempre en íntima relación con la libertad, se corresponde con una muy natural manera de entender la justicia, la concordia social, la libertad individual en medio de la armonía colectiva, el diálogo real, la genuina solidaridad, la tolerancia, el equilibrio entre las pretensiones de los diversos grupos del cuerpo social… Razones todas de la convivencia humana en una genuina democracia. Y cuando el ideal democrático se pierde entramos en el oscuro territorio del despotismo.

El despotismo será siempre el enemigo a vencer. Es preciso enfrentarlo con el principio de la soberanía popular, con el sagrado respeto a la decisión del colectivo, con el derecho de todos los ciudadanos a vivir en dignidad y en libertad. Se trata de no cesar nunca en el empeño por vencer al despotismo y de conquistar la democracia; de entender, por ejemplo, que la alternabilidad del poder es y será siempre el elemento fundamental del gobierno de una nación civilizada; de comprender que el ejercicio del poder no es ni podrá ser jamás un fin en sí mismo.

Minimizar o relativizar esta verdad a causa de una ideología, de un criterio doctrinario, no es sino la absurda miopía de muchos políticos y, lo que es peor, de ciertos intelectuales convertidos en ventrílocuos por cuyas bocas se repiten anuladoras fórmulas o recetas encargadas de corromper la siempre compleja realidad de la condición humana.

 

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