El 10 de diciembre de 2008, en ocasión del 60.º aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, 303 intelectuales, disidentes y activistas de derechos humanos chinos hicieron circular por distintas vías un manifiesto que bautizaron como la “Carta 08”. Por su estilo y contenido recordó a la Carta 77, otra declaración que tres décadas antes había pedido a los dirigentes comunistas de Checoslovaquia la liberalización del sistema político.
Como en aquel caso, fue una señal de que el movimiento democrático chino seguía existiendo dentro del país luego de la represión contra las protestas de 1989, y constituyó el primer desafío abierto y razonado por parte de un grupo de ciudadanos al régimen de partido único. Muchos de los firmantes originales eran personalidades prominentes, tanto dentro como fuera del gobierno, incluidos abogados, un poeta y un ex alto funcionario del Partido Comunista (PCCh).
En 2009, uno de los autores de la Carta 08, Liu Xiaobo, fue condenado a once años de prisión por “incitar a la subversión del poder estatal”. Un año después fue galardonado con el Premio Nobel de la Paz 2010 por parte del Comité Noruego, lo que contribuyó a difundir ampliamente el documento.
Desde su publicación, más de 10 mil personas dentro y fuera de China lo han suscrito en respaldo.
La declaración plantea seis principios y 19 reivindicaciones, entre las cuales se incluye la solicitud al gobierno de emprender una reforma constitucional que establezca una democracia en China que asegure la separación de poderes, la independencia judicial, así como la defensa de la libertad de asociación, reunión, expresión y religión.
Libertades políticas
Aunque las autoridades de la República Popular China tenían por costumbre criticar abiertamente las acciones y los planteamientos de los disidentes, en esa ocasión guardaron silencio. A los medios chinos también se les prohibió informar sobre la Carta y desde entonces rara vez se la menciona.
Esa actitud tenía (y tiene) una explicación: el contenido de las demandas era una referencia directa a una disputa que dividió a la cúpula gobernante china en la década de los ochenta del siglo XX.
En los años 1978-1979 ocurrió la denominada Primavera de Pekín, un breve período de liberalización política en el cual las autoridades flexibilizaron la censura y permitieron la entrada de libros e ideas occidentales en el marco de las reformas económicas impulsadas por Deng Xiaoping, en un ambiente de libertad desconocido para la población desde la instauración de la República Popular China en 1949.
Esto formaba parte de la reacción de los sucesores de Mao Zedong a los excesos y abusos ocurridos durante la última década de su régimen, en la que muchos de ellos habían sido víctimas.
El gobierno autorizó a los ciudadanos a expresar sus ideas libremente en un lugar fácilmente vigilado: un largo muro de ladrillo ubicado cerca de la Plaza de Tiananmén. En ese “Muro de la Democracia”, campesinos y obreros colocaron carteles de grandes caracteres (dazibao) expresando el sufrimiento padecido durante la Revolución Cultural (1966-1976), y exigiendo reparaciones por muertes, torturas y encarcelamientos arbitrarios de familiares. Pero, como suele ocurrir en este tipo de situaciones, a ellos se sumaron artistas y ensayistas que comenzaron a colocar en el muro obras de arte y escritos no oficiales de revistas clandestinas que criticaban al Partido Comunista y abogaban por la democracia.
Rápidamente, publicaciones no oficiales, peticiones y manifestaciones se extendieron a las principales ciudades del país. A esa etapa se la considera el inicio del Movimiento por la Democracia en China.
Este tipo de movimientos tenía tradición, particularmente en Pekín. Por ejemplo, el 4 de abril de 1976, en vísperas del Festival Qingming, en el que los chinos rinden homenaje a sus antepasados, miles de personas se reunieron alrededor del Monumento a los Héroes del Pueblo en la Plaza de Tiananmén para homenajear al recién fallecido ex primer ministro Zhou Enlai, colocando coronas, pancartas, poemas, carteles y flores al pie del monumento. La concentración se transformó en una protesta masiva que fue reprimida por la policía.
Pero en esta ocasión el movimiento era tolerado por las autoridades porque las críticas iban dirigidas contra Mao y la Banda de los Cuatro, rivales de Deng, promotor de las reformas. Era expresión del malestar de la población frente a una economía atrasada, un rígido control del pensamiento y precarias condiciones de vida.
Sin embargo, la situación empezó a cambiar cuando el 5 de diciembre de 1978 se publicó en el Muro de la Democracia el cartel más famoso de todos: “La Quinta Modernización”. El ensayo estaba firmado por el electricista y ex guardia rojo Wei Jingsheng, quien alegó que la democracia también debía ser un objetivo de modernización para China, junto con las otras cuatro modernizaciones propuestas por Deng (industria, agricultura, ciencia y tecnología, y defensa nacional).
Revuelo
El texto causó revuelo inmediato porque su autor no era anónimo y porque fue uno de los pocos activistas que cuestionó abiertamente el marxismo y el liderazgo del Partido. Sostenía que el sistema político totalitario era la fuente de los agravios del pueblo y afirmaba que Yugoslavia sería un buen modelo para brindar bienestar económico.
Muchos de los participantes del Muro coincidían en que la democracia era el medio para resolver “el conflicto entre la clase burocrática y el pueblo”, pero la naturaleza de las instituciones democráticas propuestas fue una fuente importante de desacuerdo. En el propio Muro se desarrolló un debate entre nociones correctas e incorrectas del marxismo; no faltaron quienes defendieron los puntos de vista marxistas clásicos o encontraron inspiración en la Comuna de París.
A comienzos de 1979 el gobierno estaba perdiendo el control de la situación, a medida que aparecían publicaciones no oficiales fuera del Muro y muchos activistas buscaban organizarse independientemente del Partido. El 15 de enero de 1979, seis de esas publicaciones anunciaron su intención de luchar por los derechos constitucionales básicos: libertad de expresión y libertad de prensa sin represalias.
A finales de ese año, la municipalidad de Pekín prohibió “todos los lemas, carteles de caracteres grandes y pequeños, libros, álbumes, discos, imágenes, etc., que se opongan al socialismo, la dictadura del proletariado, la dirección del Partido Comunista, el marxismo-leninismo y el pensamiento de Mao Zedong”, así como actividades como “asambleas y marchas que obstruyan el tráfico”.
«Cartas desde la prisión»
Poco después, Wei y una treintena de activistas del Muro de la Democracia fueron arrestados por promover el derrocamiento del gobierno “de la dictadura del proletariado y el sistema socialista”. Wei pasó un total de 18 años en diferentes prisiones de China y, durante ese tiempo, escribió una serie de cartas que luego se recopilaron en el libro “El valor de defenderse solo: cartas desde la prisión”.
No obstante, durante la década siguiente la demanda de liberalización política y el empoderamiento de las masas trabajadoras como paso esencial para la modernización se popularizó en las universidades. Entre diciembre de 1986 y enero de 1987 estallaron protestas estudiantiles en varias ciudades, inspiradas por intelectuales que criticaban la falta de reformas políticas del gobierno y exigían mayores libertades al estilo occidental. Las manifestaciones se disiparon rápidamente sin lograr sus objetivos declarados, pero provocaron la caída de Hu Yaobang, secretario general del Partido Comunista y hasta entonces mano derecha de Deng, a quien sus camaradas de la cúpula gobernante acusaron de haber sido demasiado indulgente con los manifestantes y de “violar el principio de liderazgo colectivo del partido”.
Hu, un entusiasta promotor de las reformas liberalizadoras, era conocido por la franqueza con la que expresaba sus opiniones, lo que en ocasiones inquietó a otros altos dirigentes chinos.
Recordemos que por esos días Mijaíl Gorbachov impulsaba la perestroika en la Unión Soviética, lo que despertó no pocas simpatías en China, incluso dentro del propio régimen. De hecho, tal como había ocurrido con el fallecimiento del ex primer ministro Zhou en 1976, la muerte de Hu en 1989 fue la excusa utilizada por los estudiantes para iniciar las protestas de la Plaza de Tiananmén de ese mismo año, muchos de los cuales habían participado en las movilizaciones de 1986 y 1987.
Y, tal como ocurrió entonces, esas protestas, que se extendieron a unas 400 ciudades, volvieron a poner a la cúpula del partido al borde de la división.
La noche del 17 de abril de 1989, miles de estudiantes congregados en la Plaza de Tiananmén presentaron las “Siete Demandas”:
1. Afirmamos que las opiniones de Hu Yaobang sobre la democracia y la libertad son correctas.
3. Publicar información sobre los ingresos de los líderes estatales y sus familiares.
4. Permitir periódicos privados y acabar con la censura de prensa.
5. Aumentar la financiación de la educación y elevar el salario de los intelectuales.
6. Poner fin a las restricciones a las manifestaciones en Pekín.
7. Proporcionar cobertura objetiva de los estudiantes en los medios oficiales.
Para mayo, el movimiento había logrado reunir a unas 300.000 personas en la plaza y ganarse la simpatía de la población de Pekín.
A esas alturas el gobierno estaba dividido entre el bando progresista y el conservador. Los partidarios de Zhao Ziyang, sucesor de Hu como secretario general del Partido, apoyaban el diálogo y una postura moderada con los estudiantes, mientras que los conservadores de línea dura respaldaban al primer ministro Li Peng.
Que la visita de Gorbachov (la primera cumbre chino-soviética en unos 30 años) coincidiera con las manifestaciones no fue auspicioso para los estudiantes, pues muchos dirigentes chinos consideraron la situación una humillación al prestigio nacional. La división en la cúpula gobernante era inocultable.
El 17 de mayo, la mayoría del Politburó, encabezada por Deng, decidió imponer la ley marcial y movilizar unidades del Ejército para desalojar la plaza. Zhao había perdido la batalla interna. En la madrugada del 19 de mayo acudió a Tiananmén y, con un megáfono ante una multitud de estudiantes, los instó a poner fin a la huelga de hambre y les pidió que no se sacrificaran. Sería su última aparición pública.
La represión que siguió detuvo las políticas de liberalización de la década de 1980, que solo se reanudaron parcialmente después de 1992. La reacción a las protestas estableció límites a la expresión política en China que han perdurado hasta hoy, y aquellos acontecimientos siguen siendo uno de los temas más sensibles y censurados del país.
Tras expulsar a los manifestantes de Tiananmén, la dirección del partido inició un programa de rectificación de año y medio para “tratar con rigor a quienes, dentro del partido, tuvieran serias tendencias hacia la liberalización burguesa”. Cuatro millones de personas fueron investigadas por su participación en las protestas y se evaluó la “fiabilidad política” de más de un millón de funcionarios gubernamentales. En los meses siguientes, las autoridades arrestaron a decenas (tal vez cientos) de miles de personas en todo el país. Muchos fueron encarcelados o enviados a campos de trabajo.
Cuba, Checoslovaquia y Alemania Oriental apoyaron al gobierno chino y denunciaron las protestas.
Sin discusiones
Desde entonces, el gobierno chino prohíbe las discusiones sobre aquellos acontecimientos y ha tomado medidas para bloquear o censurar la información relacionada, en un intento de suprimir la memoria pública. Se prohibieron películas y libros controvertidos y se cerraron numerosos periódicos. El acceso a los medios de comunicación y de Internet sobre el tema permanece restringido o bloqueado por los censores.
El posterior colapso de la Unión Soviética en 1991 afianzó entre los dirigentes chinos la convicción de que aplastar las protestas de Tiananmén había sido lo correcto. A mediados de la década de 1990 el país volvió a impulsar la liberalización del mercado a una escala incluso mayor que en la etapa inicial de la reforma. Aunque los liberales políticos fueron purgados del partido, muchos de los liberales en lo económico permanecieron. La liberalización política se dio como una causa perdida, y el país concentró su energía en el crecimiento económico.
Wen Jiabao, quien como jefe de la Oficina General del PCCh acompañó a Zhao a reunirse con los estudiantes en la plaza, fue uno de los pocos liberales que sobrevivieron a la purga política e incluso fue primer ministro entre 2003 y 2013.
Zhao Ziyang permaneció bajo arresto domiciliario hasta su muerte en 2005.
Los gobernantes comunistas optaron por ganar legitimidad ante los gobernados garantizando un nivel de vida material cada vez mayor. En otras palabras, el partido terminó razonando de manera similar a como lo hicieron las dinastías chinas del pasado cuando buscaban demostrar que gozaban del “mandato del cielo” ante las masas campesinas.
El argumento central del gobierno chino sostiene que el crecimiento económico requiere estabilidad política. En consecuencia, el movimiento democrático ha sido tachado de promover el radicalismo y la revolución, lo que pondría en peligro la prosperidad de China.
Tiananmén
Por otra parte, se intentó reparar la imagen internacional del país, dañada por la represión de Tiananmén, presentándolo como un socio económico global benigno.
No obstante, el movimiento prodemocrático no desapareció en China.
Desde 1989 ha permanecido vivo en las catacumbas, sobreviviendo de manera subterránea en medio de la represión y de la profunda transformación física del país. Prueba de ello fue la Carta 08 y la vida de su principal autor: el literato y filósofo Liu Xiaobo.
Hijo de un militante comunista, se dio a conocer por sus críticas literarias en los años ochenta y por apoyar activamente las protestas de la Plaza de Tiananmén. Encarcelado por primera vez entre 1989 y 1991, fue expulsado de la Universidad Normal de Pekín; regresó a prisión entre 1995 y 1996, y de nuevo entre 1996 y 1999.
Los medios oficiales lo tildaron de “mano negra”, acusándolo de haber incitado y manipulado al movimiento estudiantil para derrocar al gobierno y al socialismo. Sus escritos, considerados subversivos, están prohibidos y su nombre, censurado.
En la tarde del 8 de diciembre de 2008, dos días antes de la publicación oficial de la Carta 08, Liu fue detenido por la policía bajo sospecha de recoger firmas de respaldo al manifiesto. Durante su detención en aislamiento se le impidió reunirse con su abogado o su familia, aunque se le permitió almorzar con su esposa y dos policías el día de Año Nuevo de 2009.
El 23 de junio de 2009, la fiscalía de Pekín aprobó su arresto bajo los cargos de “incitación a la subversión del poder estatal”.
A diplomáticos de más de una docena de países se les negó el acceso al tribunal para presenciar el juicio, y todos permanecieron fuera durante su desarrollo.
«No tengo enemigos»
Liu escribió una declaración titulada “No tengo enemigos”, con la intención de que fuera leída en el juicio, pero se le negó el derecho a hablar. Sin embargo, el texto fue leído posteriormente en la ceremonia del Premio Nobel de la Paz de 2010, a la que no pudo asistir debido a su encarcelamiento.
Afirmó: “La reforma política de China debe ser gradual, pacífica, ordenada y controlable, e interactiva, de arriba abajo y de abajo arriba. De esta manera se minimiza el costo y se obtienen los resultados más efectivos. Conozco los principios básicos del cambio político: un cambio social ordenado y controlable es mejor que uno caótico y descontrolado. El orden de un mal gobierno es mejor que el caos de la anarquía. Por eso me opongo a los sistemas de gobierno dictatoriales”.
Durante una visita a la prisión de Jinzhou, el 9 de octubre de 2010, un día después del anuncio oficial, su esposa le informó de la premiación. Ella dijo que Liu lloró y lo dedicó “ante todo, a los mártires de Tiananmén”. Tras regresar a casa, la señora Liu fue puesta bajo arresto domiciliario y vigilada por guardias armados.
Liu fue la segunda persona a la que se le negó el derecho a que un representante recogiera el Premio Nobel en su nombre, así como la segunda en morir bajo custodia. El 26 de junio de 2017 se le concedió la libertad condicional médica tras ser diagnosticado con cáncer de hígado; murió pocas semanas después, el 13 de julio.
China reaccionó negativamente al premio, censurando de inmediato las noticias sobre el anuncio. Las emisoras extranjeras, como CNN y BBC, fueron bloqueadas. El Ministerio de Asuntos Exteriores chino denunció el galardón, afirmando que “es una profanación del Premio de la Paz”. Como resultado, casi todo el comercio a gran escala entre Noruega y China se vio afectado, y las relaciones se deterioraron hasta después de la muerte de Liu.
La noción de superioridad cultural
A lo largo de este siglo, varios movimientos civiles y actividades de defensa de los derechos humanos han logrado mantenerse activos dentro del país, como lo demostraron las manifestaciones del Movimiento del Libro Blanco en 2022. A ello se suman los numerosos movimientos prodemocráticos de Hong Kong (hoy debilitados) que se opusieron a la legislación de seguridad nacional y lucharon por el sufragio universal, entre ellos el Movimiento de los Paraguas de 2014 y las protestas de 2019-2020 contra la enmienda a la ley de extradición. En ese sentido, la existencia de un Taiwán independiente y democrático constituye un cuestionamiento al argumento según el cual la civilización china es incompatible con la democracia liberal.
Esta cuestión ha sido debatida por académicos, pensadores y legisladores chinos desde el siglo XIX. Los guardianes de la tradición confuciana se opusieron inicialmente a las formas de pensamiento occidentales, hasta que se hizo evidente que algunos de sus aspectos resultaban atractivos. La industrialización otorgó a Occidente ventajas económicas y militares, y las derrotas de la dinastía Qing en las Guerras del Opio obligaron a un sector de políticos e intelectuales chinos a replantearse su noción de superioridad cultural y política.
La democracia arraigó en ciertos círculos intelectuales y políticos chinos porque era la forma de gobierno empleada en Occidente, potencialmente responsable de sus avances industriales, económicos y militares. Fue el caso de Sun Yat-sen, considerado oficialmente el precursor de la China moderna. Un sector se convenció de que la democratización y la industrialización eran imperativas para una China competitiva y, de manera ambigua, formó parte del primer (aunque fallido) intento modernizador de 1898.
No obstante, de forma persistente, varios académicos han argumentado que la democracia y la occidentalización no tenían cabida en la cultura tradicional china, aunque el grupo que tomó el poder en 1949 lo hizo en nombre de una idea profundamente occidental: el marxismo.
@PedroBenitezF.

