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La navidad ya no es la fiesta del calor familiar porque ha sido avasallada por la comercialización, dijo Iván Brito López

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Las navidades  que hemos venido teniendo en este primer cuarto del siglo 21 son muy distintas a las que vivimos en la segunda mitad del siglo pasado, cuando no existía ese desbordado boom comercial que tenemos hoy en día, estimulado por la apabullante publicidad y las arrolladoras redes sociales.

Esta es la apreciación del conocido cronista barquisimetano Iván Brito López, quien al ser entrevistado por El Impulso hace hincapié en que en el pasado se imponía el ambiente festivo de las misas de aguinaldos, el encuentro de los adolescentes y jóvenes en las plazas cerca de las iglesias, el uso de los patines en las madrugadas y mañanas, los preparativos para las reuniones sociales en que primaba el orgullo de ofrecer bebidas y comidas con mayor sazón, y sobre todo la elaboración de los pesebres para que fueran muy atractivos, siendo común  la participación de todos los miembros de la familia y, por supuesto, la de estos en la confección de las hallacas.

Eran días de gran algarabía tanto en la calle como en las viviendas, una gran festividad de intenso compartir, porque predominaba la camaradería y la familiaridad en todos los sectores de la sociedad, resalta. Y, desde luego, era la temporada más esperada de todo el año.

Pesebres y arbolitos

Considero que la más amena celebración era armar el pesebre, explica, porque en esa actividad participaba toda la familia y cada uno de los miembros aportaba ideas para que quedara mejor presentable, atractivo y  objeto de admiración.

Naturalmente, quienes dirigían todo ese proceso eran los familiares más viejos, los abuelos y los padres de familia, dice. Recuerdo que en la casa familiar, mi abuela Ángela María Rodríguez, la esposa de mi abuelo Rafael Miguel López, tenía un pesebre que cada año se hacía más grande porque era alimentado con figuritas traídas desde distintas partes.

Las primeras figuras que llegaron al país era de porcelana, luego vinieron las de madera  y por último, las de plástico, todas las cuales se guardaban  para el año siguiente y, desde luego, el número iba aumentando con el paso del tiempo se incorporan otras.

En aquel entonces, antes de comenzar a armar el pesebre, había que pintar el papel, al que no había que comprar porque los muchachos íbamos a la Galletera El Ávila, en el sector San Juan, a buscar las bolsas de harina de trigo, que nos regalaban para pintar y con ellas también hacer las montañas y, en general, toda la topografía del nacimiento.

Algunos de esos pesebres eran muy grandes porque se hacían utilizando sillas de madera y caña brava, prosigue. A mí me llamó mucho la atención el pesebre de unas primas de mi abuela, que vivían en la calle 43, quienes utilizaban como atractivo unos paticos que tenían como laguna un espejo, lo que evidenciaba el sentido de creatividad que tenía la gente.

Esa creatividad también se notaba en las bebidas que elaboraban las familias para los momentos en que se estaba armando el pesebre,  como era el caso de lo que, entonces, se conocía como resbaladera, que era una especie de chicha de arroz con horchata y llamada así porque resbalaba al consumirla. Además también se preparaba jugo de lechosa.

Los pesebres comenzaban a ser hechos en los primeros días de diciembre, pero la colocación del niño Jesús se hacía el propio 24 de diciembre en la noche, ya que antes se ponían todas las demás piezas: José, María, los pastores, los animales.

Los arbolitos tuvieron su auge en los campos residenciales de las empresas petroleras y de esos lugares  se extendieron a las ciudades y pueblos después de los años cuarenta.

Conviene indicar que en esos sitios funcionaban los clubes de los gringos, en donde no entraban los venezolanos y los únicos venezolanos que podían estar en ellos eran los empleados como mesoneros, cocineros y aseadores, así como los músicos que tocaban en las fiestas.

Fue en esos clubes donde se colocaron  los primeros arbolitos y las figuras de Papá Noel o San Nicolás, los cuales fueron posteriormente vendidos para las épocas decembrinas por la empresa Sear´s Roebuck, cuya licencia para Venezuela fue conseguida por el comerciante barquisimetano Virgilio Jiménez, quien abrió la primera tienda en Barquisimeto en la esquina de la avenida 20 con la calle 26, cuyo edificio era de su propiedad y fue construido por el ingeniero Max Soteldo en el año 1927.

Es de recordar que como la gente viajaba mucho a los Estados Unidos, traían algunos de esos arbolitos dorados, como de papel de aluminio, para adornar a sus hogares.

Misas de aguinaldo

A las cuatro de la madrugada del tiempo final de adviento, que son los nueve días antes de la fecha de la Navidad, comenzaba el llamado a los fieles con el repique de las campanas de las iglesias.

Los muchachos estaban muy motivados porque era la gran oportunidad de efectuar su desplazamiento en patines Rollerblade

con rolineras, los cuales traían una llave para abrir o apretar una tuerca que tenían en el medio para abrirlos y adaptarlos al tamaño del zapato. Se patinaba en las calles, en las plazas y en los alrededores de la iglesia desde la madrugada hasta que comenzaba a calentar el sol de la mañana.

El sitio más famoso para patinar en Barquisimeto era la plaza Bolívar, cercana a la iglesia de la Concepción, que también era una de las que más feligresía atraía, recuerda Iván Brito López. Otras eran San José y la de San Juan. Había otras céntricas como Altagracia y La Paz, pero la gente prefería acudir a las que ya he mencionado. Y, por supuesto, uno de los mejores atractivos era la interpretación de los aguinaldos.

Gastronomía especial

Iván Brito López refiere que la gastronomía navideña era muy especial, porque constaba generalmente de tres componentes muy valiosos: pernil, hallacas y ensaladas de gallina, mientras que las bebidas preferidas eran el vino y el ponche crema de Eliodoro González, que se usaba como aperitivo y al final de la cena. Y en los hogares de menos recursos se consumía  la guarapita, la cual consistía en ron, granadina y jugo de naranja. Esa era inapelable tanto en diciembre como en fiestas de cumpleaños.

Cuando no existía la harina precocida, la hallaca había que hacerla con maíz pilado; pero, procesarlo constituía un trabajo muy fatigoso, ya que se molía y remolía hasta que la harina quedara muy fina, motivo por el cual muchas personas preferían comprarlas hechas, y una de las mejores eran elaboradas por el restaurant de la negra Susana,  en la esquina de la avenida 19 con 25, donde funcionaba el Hotel Central.

Otro componente de la mesa navideña es el pan de jamón, del cual llegó a decir Oscar Yánez, quien se preocupó por dar a conocer historias muy propias de los venezolanos, que se trata de un invento venezolano y ya en los años cuarenta era vendido en algunas panaderías de Caracas, de donde es originario. Su precio variaba de la cantidad de jamón que llevaba y se expendía de cinco a doce bolívares.

Aguinaldos y gaitas

Las navidades tenían la particularidad de los aguinaldos o villancicos que se cantaban en las iglesias, en todas las cuales se habían formado coros y conjuntos.

Muchos de esos aguinaldos han permanecido en el tiempo como Din, din, din; niño lindo,  espléndida noche, de contento, fuego al cañón, nació el redentor, corre caballito, la capilla está abierta, casta paloma y tun tun, entre otros.

Las gaitas, propias del Zulia, comenzaron a amenizar las navidades a fines de los años sesenta con la aparición del conjunto Rincón Morales y luego con Maracaibo 15 del tenor Betulio Medina, sonando cada año composiciones que van más allá del ritmo marabino, como La negra del tamunangue, la bella bella, el cañonazo, venga un abrazo, amigo, y, un feliz año.

Otras costumbres

Iván Brito López manifiesta que entre otras costumbres que se han perdido en las épocas navideñas era el de las visitas  a las casas vecinas para hacer comparaciones entre quienes eran las familias que hacían la mejor chicha, la mejor hallaca y el mejor pesebre, alrededor del cual se cantaban los aguinaldos. Era una verdadera fiesta.

Costumbre muy bonita también era la que se había transmitido de generación en generación: escribir una carta con pocas frases pidiéndole al niño Jesús un regalo, que generalmente consistía en algo de utilidad o, simplemente, una pelota, un bate de beisbol, otro tipo de juguete o cualquier otra cosa.

No había entonces el afán de consumo porque todavía no había aparecido en forma avasallante la publicidad que promueve necesidades y deseos, muchos de los cuales no pueden ser satisfechos porque los padres carecen de suficientes recursos para adquirir objetos de valor como los juguetes que están a la venta hoy.

Espíritu navideño

Conviene decir que para las navidades han sido incorporados elementos que no existían antes, como por ejemplo el llamado Espíritu Navideño, muy criticado por la Iglesia Católica.

Tradicionalmente, la Navidad fue un encuentro familiar, una oportunidad para compartir con los amigos, una forma de establecer,  tal como llegó a decir el Papa Juan XXIII en 1960, el vínculo entre Dios y la humanidad; pero, lamentablemente, ya no es la fiesta para profundizar el amor y los sentimientos del calor familiar  porque ha sido avasallada por la comercialización, concluye su exposición Iván Brito López.

Pacífico Sánchez – El Impulso

 

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