Durante más de un siglo, la fotografía analógica fue considerada una fuente documental relativamente confiable para la investigación histórica. Su fuerza residía en la premisa aparentemente simple de que la imagen fotográfica mantenía un vínculo directo con la realidad que había estado frente a la cámara. En otras palabras, una fotografía era reflejo de la realidad en la medida que atrapaba el hecho o sujeto tal cual quedaba congelado en la imagen capturada. Susan Sontag expresó con claridad esta percepción cuando afirmó que «una fotografía pasa por ser una prueba incontrovertible de que algo ocurrió». (On Photography, Penguin Books, Harmondsworth, 1979).
Aunque desde sus orígenes el fotógrafo podía intervenir la placa, el negativo o iluminar manualmente la imagen, esas prácticas eran reconocibles y, en general, no alteraban la esencia documental de la fotografía. Esta última, en consecuencia, gozaba de una credibilidad que la convertía en testimonio privilegiado del pasado.
Ese equilibrio comenzó a resquebrajarse con la fotografía digital. La posibilidad de modificar colores, contrastes, encuadres y elementos de la composición introdujo una grieta en la confianza tradicional que el espectador depositaba en la imagen. Aún así, hay una estrecha relación entre la fotografía analógica y la digital, en cuanto inicialmente ambas atrapan la imagen como ocurre o se muestra en la realidad, independientemente de que la primera se materialice a través de un proceso físico-químico sobre un soporte material, mientras que en la segunda la imagen resulte de una malla de pixeles codificada en bits.
Sin embargo, a pesar de lo manipulable que resulta la fotografía en formato digital, el verdadero punto de quiebre no lo produjo la aparición del proceso digital como lo hemos conocido hasta hoy, sino la irrupción de la Inteligencia Artificial (IA), cuyas capacidades plantean desafíos mucho más profundos y difíciles de detectar.
De la intervención al reemplazo de la realidad
La Inteligencia Artificial no se limita a mejorar o retocar una fotografía antigua. Los algoritmos actuales son capaces de recrear, completar, reinterpretar o incluso inventar imágenes enteras, aun cuando el encargo aparente ser una simple restauración. Ya no se trata de corregir imperfecciones del soporte, sino de introducir información visual inexistente, guiada por patrones estadísticos y decisiones algorítmicas que nada tienen que ver con el momento histórico representado, de allí que Asdrúbal Letechipía García plantea que antes que hablar de fotografía por IA, debería hablarse de ilustración o pintura hiperrealista por Inteligencia Artificial. (Fotografía vs. IA: el debate sobre la luz, la imagen y la realidad, Revista .925 Artes y Diseño, Año 12, Edición 45, 5 de febrero 2025)
En este contexto, la fotografía pierde su anclaje tradicional con el hecho histórico. La imagen resultante puede parecer auténtica, pero su contenido responde más al capricho del algoritmo, a la subjetividad de quien maneja la herramienta o, peor aún, a la ignorancia de ambos respecto del contexto histórico original. El riesgo no es menor, toda vez que una imagen artificialmente reconstruida puede circular como documento auténtico sin que el observador común —e incluso el investigador— perciba la alteración.
La fotografía como objeto histórico, no solo como imagen
Uno de los aspectos más relevantes de la fotografía analógica es su condición material. No es únicamente una imagen, sino un objeto: papel, emulsión, proceso químico, negativo, marcas de laboratorio, inscripciones manuscritas, sellos, deterioros naturales. Todo ese conjunto constituye un sistema de información inseparable que permite al historiador evaluar su autenticidad, procedencia y contexto de producción y circulación. La intervención mediante IA rompe esa unidad. Al separar la imagen de su soporte y sustituir la información ausente por simulaciones, se vacía de sentido el valor probatorio del documento. La fotografía deja de ser una fuente historiográfica directa para convertirse en un artefacto híbrido, cuya lectura exige una desconfianza sistemática.
La fotografía, que durante décadas fue asumida —con las debidas precauciones— como evidencia, pasa ahora a ocupar un lugar incierto. Para el historiador, esto implica una carga adicional, esto es, someter toda imagen intervenida a un escrutinio riguroso, comparable al que se aplica a documentos de procedencia dudosa.
Es indudable que la fotografía (analógica y digital) tiene gran valor para el estudio de las transformaciones urbanas, sociales, culturales, tecnológicas, entre otras, constituyendo una fuente primaria para identificar personajes, reconstruir eventos y entender épocas, pero no por ello deja de recoger tan solo un “momento” en el tiempo y ser el resultado de la visión subjetiva del fotógrafo, de allí que su apreciación siempre requiera del escrutinio y la necesaria interpretación del investigador. Dicho de otro modo, los historiadores son conscientes de que toda imagen exige crítica, preguntándose quién la tomó, con qué intención, qué se quiso mostrar y qué se ocultó. Sin embargo, aún sometida a ese escrutinio, la fotografía conserva un valor esencial como testimonio material del pasado. Muy acertada resulta, entonces, la idea expresada por Merizanda y Arreola cuando señalan: «La memoria tiene un “soporte vivo” (seres humanos) y un soporte material. Debido a la naturaleza efímera del primero es que surge el segundo, es en estas manifestaciones tangibles en las que se inserta la fotografía, pues forma parte de las evidencias visuales que, a su vez, ayudan a reconstruir el pasado (memoria histórica)». (Merizanda, Ramírez y Angélica Arreola. La fotografía como memoria histórica y la importancia de su rescate. Revista Interamericana de Bibliotecología).
Las fotografías antiguas procesadas por IA, no obstance, ya no pueden ser consideradas fuentes primarias en sentido estricto. Son, en el mejor de los casos, interpretaciones visuales contemporáneas del pasado. Confundirlas con documentos originales, sin pasarlas por el tamiz crítico, implica un riesgo grave para la investigación histórica y la divulgación en general.
Sobre los peligros que plantean las alucinaciones visuales en imágenes restauradas mediante el uso de la IA, Edison Durán Lucena, escribe: «En el ámbito historiográfico, el problema de las imágenes sintéticas o de las imágenes reales retocadas por IA, adquiere una relevancia crítica porque las imágenes (a diferencia de los textos) usualmente son percibidas como ventanas directas al pasado, dotadas de una supuesta objetividad inherente. Cuando una fotografía restaurada o alterada mediante inteligencia artificial, entra a circular en la internet sin advertencias explícitas o metadatos que expliquen su manipulación, esta adquiere rápidamente estatus de legitimidad documental, integrándose al repertorio visual a partir del cual el público reconstruye su memoria histórica. La calidad hiperrealista que han alcanzado las restauraciones aumenta su credibilidad, pues la nitidez, el color y la composición generan una ilusión de autenticidad que pocas veces es puesta en duda (a diferencia de falsificaciones audiovisuales más elaboradas como los deepfakes)». (La Espiral de Falsos Históricos: un modelo para comprender los desafíos historiográficos en la era de la inteligencia artificial.).
De la teoría a la práctica
En abono a lo que venimos argumentando, vale la pena revisar algunos ejemplos concretos que resultan por demás ilustrativos:
Ejemplo 1 A través de la Memorabilia Porteña —un proyecto nuestro en las redes sociales dirigida a conservar la memoria histórica de Puerto Cabello— publicamos el menú de un recordado establecimiento ubicado en el centro histórico de la ciudad: el Bar Restaurant Café Americano. (Imagen 1) El menú en referencia tiene en su portada un dibujo de la vieja Aduana, demolida en los años setenta, en una plumilla hecha a finales de los años sesenta por el artista Hugo De Paoli. Inmediatamente hecha la publicación, una persona contribuyó con una gráfica (Imagen 2), claramente hecha a través de la IA, en la que se observa recreado el edificio de la antigua Aduana con un letrero del referido Café Americano. Aunque no dudamos de la buena intención de la persona que compartió la imagen recreada, la verdad es que el Café Americano nunca estuvo ubicado en el edificio de la desaparecida Aduana, sino en un ángulo de la Plaza Salom. El ejemplo que nos ocupa, claro está, no es atribuible en modo alguno a la IA; por el contrario, se trató de la interpretación de los hechos por el habilidoso usuario de la herramienta, aunque no dudamos que animado por las múltiples oportunidades que brinda la IA. A pesar de ello, no dejamos de preguntarnos: ¿si la herramienta es tan inteligente por qué no le indicó al usuario que el establecimiento de marras nunca estuvo en ese edificio? Lo verdaderamente preocupante es que, a estas alturas, cualquiera persona puede creer que ese Bar Restaurant estuvo en la vieja Aduana.
Ejemplo 2 Le suministramos a la IA una fotografía pixelada del maestro Sebastián Díaz Peña al frente de una banda (Imagen 3), fotografía tomada del libro La Ciudad y su Música de José Antonio Calcaño. Le pedimos a la IA que tan solo removiera las retículas e hiciera la imagen más nítida, pero para nuestra sorpresa la herramienta nos entregó inmediatamente una fotografía (Imagen 4) que, verdaderamente, nos sorprendió. Como podrá advertirse de la imagen entregada por la IA si bien luce impecable, es totalmente ajena a la original. Nótese los uniformes, especialmente, el rostro del director, el trompetista cuya cara no se aprecia en la gráfica original y que ahora tiene un rostro y ejecuta lo que pareciera ser un bombardino, y atrás, el cuatrista que en la recreación ahora toca una trompeta, en vez de un cuatro. No fue sino después de mucho batallar y recibir varias explicaciones de la IA que obtuve una imagen que se acercaba a lo inicialmente solicitado. La preocupación que nos embargó en ese momento fue: ¿qué hubiese sucedido si como usuario nosotros hubiésemos hecho uso de la imagen inicialmente producida por la herramienta? Seguramente, el maestro Sebastián Díaz Peña tendría ahora otro rostro… Cabe aquí preguntarse: ¿es la IA una generativa, imaginativa o degenerativa?
Ejemplo 3 Pedimos a la IA que reconstruyera una fotografía (postal) en muy malas condiciones de conservación, salida del taller de Henrique Avril, la única que conocemos y documenta a un hidroavión de la Pan American en Puerto Cabello hacia 1930 (Imagen 5), obteniendo una fotografía bastante aproximada a la original (Imagen 6), pero no satisfactoria en cuanto al fusilaje del aparato que, de hecho, luce bastante extraño o confuso. Tomando en cuenta de que tratamos con una herramienta de IA, le suministramos entonces dos gráficas (Imágenes 7 y 8) bastante nítidaz de una avión similar (Sikorsky S-38) al que se muestra en la gráfica, solicitándole a la herramienta que teniendo como modelo las imágenes referenciales, procediera a reconstruir el aparato, conservando todos los demás elementos de la fotografía original. Lo que obtuvimos de la herramienta, nuevamente, nos decepcionó (Imagen 9). No hubo manera, a pesar de los muchos intercambios con la IA, de que la herramienta simplemente tomara las imágenes referenciales y las aplicara al fusilaje del hidroavión, sin modificar la imagen original por más deteriorada que estuviera. ¡De hecho, la fotografía que arrojó muestra el aparato en sentido opuesto!
No deja de reconocer el que esto escribe, que no somos expertos en el manejo de la IA, en particular del ChatGPT 5.2 la herramienta utilizada por nosotros, de manera tal que no dudamos que esta herramienta en manos de un experimentado usuario podrá arrojar mejores resultados en el caso de los ejemplos 2 y 3. No tenemos, además, ninguna duda de que estas herramientas mejorarán con el tiempo produciendo los resultados deseados. Lo que nos preocupa, más bien, es el mientras tanto…
Una advertencia necesaria
Como lo hemos afirmado en el pasado, la Inteligencia Artificial no es en sí misma el enemigo. Puede ser una herramienta útil para la historiografía si se emplea con criterios estrictos, conscientes de sus limitaciones y absoluta transparencia. El verdadero peligro reside en su uso acrítico, especialmente cuando se aplica sobre materiales históricos, cuya autoridad descansa precisamente en su autenticidad. La fotografía adquiere hoy, pues, un valor relativo en cuando a su veracidad o, al menos, en lo que a su contenido se refiere, haciendo difícil para el espectador el confiar en lo que se observa.
En tiempos en los que la imagen circula sin contexto y la verosimilitud suplanta a la verdad, defender la fotografía como fuente histórica implica reafirmar un principio esencial del siglo XXI: hoy no todo lo que parece pasado lo es realmente. La historia, más que nunca, necesita distinguir entre documento primario y simulación, entre testimonio y artificio. Indudablemente, un gran reto para los historiadores.
Presidente de la Academia de Historia del Estado Carabobo – Correo: jose.sabatino@sabatinop.com

