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Eligio Damas: El abuelito del Mar y “Carretera”. El “Crimen más grande del mundo”.

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El viejo, harapiento, caminaba cabizbajo; en la mano portaba una varilla.

Escrutaba cada centímetro del espacio entre el sitio de llegada de la ola y la laguna. Buscaba la vida y la

prolongación de ella.

A la laguna, lanzaba cada ser viviente oculto, agonizando bajo la arena apenas húmeda, expulsado del mar por las olas, en momentos agitadas.

Les reconocía el derecho y necesidad de continuar viviendo; un modo de enriquecer la laguna, y una mayor forma de vida, insertándoles en la nuestra.

Cuidaba de la vida toda, la nuestra, de aquellas especies y de la laguna misma,

rodeada esta, de un hermoso manglar que,

con discreción, sus espacios, ella inundaba. Aquello era, del viejo, su templo.

El manglar la rodeaba, pero le abría paso, la dejaba filtrarse entre raíces y tallos, cuando avanzaba hacia la sabana y ésta, ante ella se rendía con amor.

Le daba cobijo, cuando lo demandaba, por momentos, para mantener la vida, la que en la sabana había.

Ellas dos, laguna y sabana, con discreción, se prestaban auxilio. La primera podía correr, cuando lo

necesitaba, fuera de su espacio, hacia el de la sabana y esta, recibía la humedad necesaria para que,

allí, la vida, continuase reproduciéndose, aunque más discretamente. Como esa que el viejo abuelo de la

arena rescataba.

Pero el abuelo también cuidaba al mar y toda la vida en él habida.

Por él, en el inmenso mar, perdidos y deambulantes sin destino preciso,

encontraban lo buscado y deseado.

Las toninas, por él entrenadas y adiestradas, protegían a los navegantes;

siempre estaban donde algún barco se hundiese y las agitadas olas le pusiesen en peligro la vida de

algún náufrago. Sus y colas le servían de soporte hasta llegar a salvo, cerca de la costa más cercana.

Él mismo, abordaba barcos en alta mar con el rumbo perdido, para llevarlos a la playa del manglar.

El viejo harapiento, era un rico que cuidaba que la riqueza se reprodujese,

cual vigilante o jardinero eficiente;

y sólo era eso, como un vigilante, jardinero o un dios nada endiosado. Pues aquello no lo atesoraba para

sí, era de todos.

El anciano, quien bien cuidaba aquello, nos enseñó y hasta impuso,

pues solía aplicar castigos como todo abuelo bueno, impactando la conciencia y el arrepentimiento,

la manera de tratar todo aquello para que, manglar y laguna, viviesen sanamente

y nosotros, los humanos, habitantes de aquel lindo espacio, lo disfrutásemos,

recibiésemos sus beneficios.

Aquello era del abuelo, de nosotros todos, una comunidad entera que, en sus

alrededores habitaba y también de cualquiera que se acercase. Era de todos.

A un tal “Carretera”, le dieron un poder usurpado; nada sabía del manglar y laguna;

menos del abuelo, el eficiente y generoso vigilante y jardinero. Tampoco de las relaciones de la gente

con aquel espacio, pequeño paraíso.

Al abuelo no lo podía imaginar, pues en su ruda cabeza y vida cómoda, nada podía germinar y menos

atesorar poemas y sueños; no había cabida en él, empoderado, para imaginar al abuelo; menos para

entender la razón de su existencia y “derechos”. En “Carretera”, era imposible, no había sueños,

motivos, ni deseos, para concebir que el abuelo existiese. Nunca lo supo.

Como tampoco sabía, ni nunca supo, del valor del manglar, la laguna y el vínculo de ellos con la gente.

“Carretera” fue un “adelantado” mas, como aquellos de los tiempos coloniales; solo un triste visionario

del presente, de esos que no miran el porvenir.

Un hombre del “progreso”, como tal, hecho de la mezcla de cemento, arena y humedad, que al

secarse, acaba con la vida; hasta que algún día, esta, por algún ardid, allí reaparezca, aunque sea de

manera precaria y diminuta.

Nota: El abuelito del mar, un personaje de la narrativa infantil de mi barrio y de todos los beneficiados por la bella y rica costa de Castillito, que no sólo era el mar, sino el manglar y la laguna, destruidos para construir una carretera, que pudo hacerse allí, sin causar tantos destrozos al ambiente y daños a la comunidad toda, por decisión de gobernantes torpes, insensibles e ignorantes, aparece en mi novela “El crimen más grande del mundo”, que no es otro sino lo ya denunciado. Dicha novela se ganó el premio de Narrativa del Ipas-Me en el año 2010.

 

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