Querida Mamá:
Hoy el mundo se prepara para la Navidad, pero para mí, este día tiene un significado mucho más profundo y personal: hoy es tu cumpleaños. Te escribo con el corazón lleno de recuerdos, sintiendo tu presencia en cada rincón de mi memoria, aunque el destino quiso que te marcharas siendo tan joven, cuando yo todavía era un joven que empezaba a descubrir el mundo y que tanto te necesitaba.
Fuiste, y sigues siendo en mi espíritu, un dechado de virtudes. Una mujer noble que no conoció límites para entregarse a sus hijos.
Hoy, más que nunca, extraño el calor de tu fogón; daría lo que fuera por volver a probar tus exquisitas caraotas y aquellas arepas inolvidables que sabían a gloria y a amor puro.
Me diste la lección más grande de sacrificio al dedicar tu vida a mi formación y a mi salud.
Recuerdo con gratitud eterna cada viaje diario al Hospital Ortopédico Infantil de Caracas; si hoy soy el hombre que soy, es porque tú no te rendiste ante mi parálisis. Tú fuiste la fuerza de mis pasos y la brújula de mis valores.
Gracias por habernos enseñado a mis hermanos y a mí la nobleza de la familia y por haber sido ese ejemplo de lealtad incondicional al acompañar a papá hasta el final de sus días.
Pero mamá, hoy en tu día, quiero darte el regalo más hermoso de mi vida: quiero hablarte de tu nieta, Aroa Montserrat. Ella es una niña preciosa, y si pudieras ver sus ojos hermosos, verías en ellos una inocencia y una ternura tan angelical que me recuerdan la paz que tú siempre nos diste. En Aroa Montserrat vive tu legado, y a través de ella, tu amor sigue caminando entre nosotros.
Aunque te fuiste temprano, el tiempo que estuviste conmigo fue suficiente para hacerme un hombre de bien. En este 24 de diciembre, mi mejor presente es decirte: Gracias, mamá. Gracias por consentirme, por formarme y por ser el pilar de todo lo que soy.
Feliz cumpleaños al cielo, mi ángel guía.
Con amor eterno de tu hijo agradecido.
El Consejo, 24 de diciembre de 2025

