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Isabel Pereira Pizani: El hartazgo latinoamericano y la esperanza

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Uno a uno, ocurren cambios en Latinoamérica que predicen un giro total de rumbo. Ecuador, Honduras, Bolivia y ahora Chile, el país de “te recuerdo Amanda, corriendo a la fábrica donde trabajaba Manuel”. Al respecto, el lúcido comentarista Antonio de la Cruz destapa una gran verdad: “La contundente victoria de José Antonio Kast en Chile —58,6% de los votos— no es la exaltación de una ideología extrema lo que explica el resultado, sino el hartazgo acumulado frente a un experimento político que prometió refundación y entregó frustración”.

En algunos países los grupos que ofrecían recrear “la isla de la felicidad” tierra adentro, hoy se ven con las manos vacías, en medio de la desolación, lo peor es el choque con “la represión” de parte de quienes ofrecían un mundo nuevo, uno donde no hubiese penurias y sólo reinaría una hermandad profunda.

Los latinoamericanos iniciamos una nueva senda, hoy sin pajaritos preñados en la cabeza, aceptando una verdad histórica, para ganar hay que trabajar, hay que esforzarse y no arrimarse a árboles que otorgan sombras dudosas, que al final nos dejan en vacíos miserables, sin esperanzas, descubriendo verdades amargas. La primera y contundente verdad es admitir y revelarnos que los culpables no eran aquellos en quienes no creíamos y a quienes acusábamos de nuestras miserias. La realidad era mucho más cruda, el enemigo éramos nosotros mismos cuando intentábamos endilgarles a otros las culpas del fracaso y de la miseria. No queríamos verle la cara verdadera a quien teníamos frente a frente, porque era quien nos obligaba a esforzarnos, nos pedía más de nosotros mismo. Una solicitud que al final es la explicación de grandes hallazgos, reconocer a quien podía verdaderamente hacernos crecer, capacitar, mejorar en todos los sentidos. Contra esa entidad, figura, imagen, cometimos el error histórico de darle una cara monstruosa, siendo quien nos obligaba a crecer, aprender, dar más de nosotros mismos, lo convertimos en nuestro enemigo y lo combatimos en una pelea absurda. El empresario, el que emprende, genera ideas, proyectos, el que nos invitaba a participar, absurdamente lo convertimos en el enemigo.

Pero, la realidad es implacable, hoy Latinoamérica comienza a devolverse y a aceptar que los amaneceres rojos son sangrientos, que el ser humano no se humaniza si no pone en movimiento su cuerpo y su espíritu. Y sobre todo ya vislumbramos que, si nos esforzamos, si ponemos en marcha las magníficas cualidades que entregó Dios sólo al ser humano, podemos realmente llegar a ser mejores.

Podemos estar agradecidos porque en estos momentos está ocurriendo el verdadero descubrimiento de América, su tierra es de aquellos que creen en sí mismos y no están persiguiendo fantasmas, acusando de sus penurias a quienes los invitan a esforzarse, aprender y respetar esa noble palabra que acusábamos de estigma, ser trabajadores.

Chile ha sido contundente, ni siquiera habría que extenderse en explicar, allí está el camino, salen de un presidente que en el fondo era un buen pobre hombre, humanitario y compasivo, pero totalmente equivocado.

Más dura han sido otras realidades, lo que pasó con un país de gente realmente trabajadora, gente que no le temen al esfuerzo y tienen ahora, obligatoriamente que sacar conclusiones, reconocer de una vez por todas que se equivocaron y que aquellos que los incitaban a producir, crecer, aprender no eran sus enemigos sino sobre todo los que sí creían en sus potencialidades. Colombia, el hermoso país de valles, del  río Cauca y el río Magdalena, tiene que reconocer como casi todos nosotros el error fatal que significó depositar la confianza en quienes los estaban engañando, no era malo  tener que esforzarse y trabajar, lo pésimo era esperar un amanecer rojo como prometía el gran charlatán en medio de su curda habitual, “Veremos una Bogotá roja, rojita” si la vemos ahora, pero  llena de desilusión y al igual que en Chile de hartazgo, frente a la mentira histórica que nos obligaba a condenar a quienes nos exigían más de nosotros mismo.

No debemos pecar de ilusos, cambiar la fachada es solo el principio. En Venezuela el trabajo que viene es muy duro, implica abandonar las falsas creencias “El petróleo es excremento del diablo” una extraña e inexplicable consigna porque en Noruega y en Estados Unidos no lo ha sido. ¿Por qué la metamorfosis del petróleo entre nosotros?, o será que era muy fácil y cómodo creer lo que nos permite holgazanear, no exigirnos a nosotros mismos.

El tiempo ahora no debe dedicarse a perseguir a quienes nos engañaron porque ese resultado no era más que el fruto de su ignorancia, el no querer ver la historia de la humanidad. Los únicos pueblos ganadores son aquellos que exigen más de sí mismos, quienes exaltan las grandes virtudes humanas, no se trata de acusar y perseguir a supuestos culpables, ahora se trataría de voltear a vernos nosotros mismos.

Basta de construir “Estados” poderosos que someten a la persona humana, grandes mentiras que benefician sólo a pequeñas sectas. Cuando construyamos instituciones que representen la libertad, tiene que ser para que simbolicen las cualidades  y  virtudes que tenemos. No es casual que se dicten leyes contra las organizaciones civiles de los ciudadanos porque estas son una representación de las posibilidades que tenemos por delante. Cuando se emprenden campañas destructoras de las instituciones intermedias se está arremetiendo contra la persona, contra quien trabaja, contra quien inventa algo nuevo y se esfuerza por llevar a cabo sus metas contra viento y marea. Un pequeño empresario que resiste a todas las multas del estado, un agricultor sembrando o criando en medio del abandono, sin crédito, sin salidas, resistiendo las arremetidas de funcionarios públicos que no trabajan de verdad, sino que exprimen a quienes lo hacen. Hoy estamos acogotados por esos ejemplos lastimosos, porque implican ver personas destruyendo y no creando nada nuevo que sirva a los demás. Relean las leyes contra las Asociaciones civiles y les aseguro que estarán una noche entera sin dormir, es espeluznante poner tropas civiles contra el afán ciudadano. También pediría que quienes por obligación cumplen estas innobles tareas, que piensen, reflexionen y no obedezcan como esclavos. No sigamos equivocándonos al designar al enemigo.

Hay un ejercicio muy sencillo que propiciaba un filósofo nuestro con la gente. Empezaba a preguntarles: ¿Qué es un ser humano? Una simple e inocente pregunta. La primera reacción del interrogado: ¿A qué viene esa pregunta? Luego, en el discurrir y sin querer, la persona descubría algunas cosas, si soy algo más que razón y si tengo el poder infinito de cambiarme a mismo, algo que sólo el ser humano puede hacer, entonces sea quien sea, soy muy importante, dependo de mí mismo como ningún otro ser en el mundo. Las plantas crecen buscando el sol, los animales aumentan buscando poder y nosotros ¿qué buscamos? Crecemos o decidimos dejar de crecer.  Creo que es la confrontación que América Latina está vislumbrando por primera vez en su historia. Si los bolivianos y los chilenos deciden que tienen que esforzarse, que ningún enemigo puede convencerlos con mentiras, nos le quedará más que voltearse a verse a sí mismos y comenzar esa carrera infinita de aprender, crear y ser cada vez más creyentes en su poder espiritual, por ser el único ente en la tierra dotado de esa energía.

Confieso que este es un escrito de final de año, cuando volteamos y vemos lo que ha ocurrido en nuestros hogares y en este mundo adolorido que se llama Venezuela, pero que a la vez representa la mayor oportunidad de crecer en paz, llenos de espiritualidad como estado muy común entre nuestros paisanos.

Ahora, estamos unidos por valores.

 

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