pancarta sol scaled

Sergio Monsalve: Nadie nos quita lo bailao

Compartir

 

Sirat construye un filme trance y puente entre el paraíso y el descenso a los infiernos de la cultura rave, al narrar la historia de un padre abnegado en busca de su hija perdida en el desierto de las fiestas tecno de Marruecos.

La cámara del director se emplaza allí, en sus primeros minutos, con el estilo hipnótico del cine de las imágenes pregnantes de Europa, bajo el ritmo musical de titanes como Phillipe Grandieux, Gaspar Noé o Leos Carax, cuyo realismo poético y sucio parece revivir y cobrar una nueva carta de naturaleza de la mano del realizador de origen galo y gallego, dueño de una filmografía de apenas cuatro títulos, pero de una resonancia ya reconocida en los mejores festivales del mundo.

El director Oliver Laxe ha competido en todas las muestras de Cannes, desde la Quincena hasta la selección oficial, consiguiendo premios y halagos de la crítica.

Sirat es posiblemente su largometraje más accesible para el público, después de participar en el certamen francés, junto con Romería de Carla Simón.

Los dos pertenecen a una generación del milenio en el país ibérico, donde las formas y los contenidos se imbrican, de manera profunda y experimental, para abrir ventanas de percepción a los espectadores exigentes.

Sirat ha sido comparada con Mad Max Fury Road en su aventura de carretera, como una revisión del neowestern y la road movie, más de espíritu acid house que de la ciencia ficción apocalíptica que inspira a George Miller.

Pero, salvando las distancias, encontramos el mismo gusto por texturas y colores de los valles de la muerte, por códigos y técnicas de la nostalgia retro que movieron a nómadas y piratas del asfalto de las odiseas piscodélicas de otrora, de Paris Texas de Wenders al Daft Punk Electroma.

También deslumbran los guiños a El Salario del MiedoSourcererBuen trabajo y Zabriskie Point.

La primera secuencia de Sirat nos introduce en una experiencia hipnótica, dentro de una locación secreta, como aquellas celebraciones de la cultura rave, antes de ser explotadas por el mercado, cuando no había mañana y se bailaba por puro gozo, por reencontrarse con la manada en un espacio tribal, sin fronteras.

Oliver Laxe hace gala de su conocimiento del terreno que toca, presentándolo con actores no profesionales y con el respeto antropológico del que sirve de guía, para comprender con empatía en lugar de juzgar.

En tal sentido, la película se enmarca en el olimpo de las grandes contribuciones sobre el tema, como una serie de libros, documentos y cintas de vanguardia.

A propósito, cabe recomendar el texto de Ken Goffmann, las composiciones de Vangelis y Trent Reznor, la adaptación de La Playa de Danny Boyle, así como su obra maestra acerca del caso, Trainspoiting, las cuales lograron interpretar el vacío del desierto emocional de entonces y su necesidad de compensarlo con una existencia hedonista, entregada a la adicción por experiencias fuertes.

Por supuesto, como apuntaron Baudrillard y Lipovetsky, los fenómenos extremos de la posmodernidad generarían sus zonas de luz y sombra, pues nada es perfecto en la tierra, menos las ideas y los sueños de redención de los artistas.

Por ende, Sirat nos habla francamente de un asunto serio y de moda, que es el elogio del fracaso, como las cuatro lecciones de humildad que aparecen en el ensayo de Costica Bradatan.

Así, el padre que es una figura arquetípica descubre la esencia mística de unos diferentes a los que considera inferiores y salvajes, desde su visión de hombre civilizado.

No pasará mucho tiempo, como en The Searchers, para que el protagonista empiece a hacer su Danza con Lobos, su Jerico de Lamata, su Misión en la jungla y su Abrazo de la serpiente, entregándose al devenir de un investigador de campo, que hace el rapport respectivo con el propósito de llegar al fondo del misterio, ponerse en los zapatos de su hija, para establecer un contacto introspectivo con ella y sus materias chamánicas, acompañado por un grupo de aliados a los que temió en principio y luego asumió como sus pares, los miembros de su nueva familia, a pesar de sus diferencias. El subtexto religioso se evidencia en algunos montajes intelectuales del filme, al comparar el peregrinaje de la Meca con los rituales de éxtasis de los personajes.

Quisiera invadir la nota con dos anécdotas personales.

La historia del rave en Venezuela está por contarse en un documental, capaz en un libro o en una ficción, por lo rico de su escena.

Recordar que en el país tenemos la crónica demoledora de Carlos Flores, titulada Temporada Caníbal, sobre el legendario y fallido rave de Patanemo en los noventa, donde todos queríamos estar y solo fueron algunos valientes, para constatar sus sentimientos encontrados.

En el colegio sacaba malas notas, porque mi cabeza estaba más pendiente de organizar los bailes prohibidos del próximo Party Junior o del siguiente Túnel, que de atender a las clases.

Naturalmente, no me arrepiento de nada. Gracias al tecno en Venezuela, pude conocer a gente increíble que todavía es amiga y que continúa dando batalla por el bien del género, como Federico Blank y Daniel Gómez.

Por cierto, Federico Blank que es uno de los mejores diyeis del país, le dio el visto bueno a Sirat, así que no necesito más.

Por igual, Malena Ferrer la descubrió primero y nos la recomendó, por nuestra afinidad con el tema.

Viendo Sirat rememoré un viaje que hicimos a nuestro desierto de Falcón, entrando por Coro y terminando por Adicora. Fue de película y pasó absolutamente de todo, incluyendo un accidente que nos hizo repasar la jugada y volver a casa con más humildad.

En Sirat la tragedia sí se agudiza, por el conflicto que plantea con un mundo al borde del colapso y la guerra, donde no parece haber lugar para las ilusiones de paz y felicidad.

Oliver Laxe no vende humo con su final, no nos brinda el desahogo de un happy ending, nos deja con una conclusión terrorífica de un rave sobre un campo minado.

De pronto así estamos.

De retorno al hogar, parte de la fiesta ha terminado. Hay un evidente signo de clausura, de cierre, de despedida y funeral, de tono de elegia, en el desenlace de Sirat.

Pero soy optimista, después de todo. No en balde, la música tecno sigue sonando como un tren en movimiento, como el que amaneció en la fundación del cine.

De modo que el sentimiento no ha muerto, ni el del séptimo arte, ni el del PLUR, esto es, la Paz, el Amor, la Unidad y el Respeto de la cultura rave.

No hay que dejar que los villanos destruyan y acaben con el derecho a bailar, para afirmar la libertad, sobre las ruinas.

Debe ser por ello que Sirat resulta tan oportuna en tiempos oscuros, como los de ahora, cuando las balas buscan cegar y cancelar festivales de música electrónica al aire libre.

Pensándolo mejor, recapacito y me reconecto con el Sergio de los noventa.

Prometo que, de ahora en más, volveré a bailar y ser feliz como cuando iba a Party Junior en Mata de Coco. Antes y hoy, las cosas nunca fueron fáciles.

De modo que mejor agenciarse su pequeño baile de la victoria.

 

Traducción »