Mar de Fondo.
El Consejo de Seguridad de la ONU se reunirá el martes para debatir la crisis de Venezuela que ya no es solo política ni diplomática, sino un choque frontal entre un régimen aislado y la legalidad internacional.
Pero más allá del trámite formal, lo que llega a Nueva York es la evidencia del colapso final de un modelo fracasado, como es el de Nicolas Maduro.
Venezuela no comparece ante la ONU como una nación soberana en defensa de sus derechos, sino como un Estado forajido, sin instituciones creíbles, sin industria operativa y sin autoridad moral.
El petróleo —alguna vez símbolo de riqueza— hoy es el epicentro del naufragio, con refinerías paralizadas, pozos cerrados, buques bloqueados y una estatal convertida en escombro.
La reunión del Consejo de Seguridad no es un episodio aislado.
Es el reflejo de una verdad incómoda, que el conflicto venezolano se transformó en un problema de seguridad internacional.
Narcotráfico, financiamiento ilícito, alianzas con regímenes autoritarios y uso del petróleo como arma de guerra empujaron al país fuera del sistema.
Mientras el régimen de Maduro busca refugio retórico en la ONU, millones de venezolanos siguen pagando el precio: pobreza, migración forzada, servicios colapsados y un futuro incierto.
Allí está el verdadero drama que debería ocupar la mesa.
Este martes no se discute solo un bloqueo petrolero.
Se discute el destino de una nación secuestrada por el régimen narcoterrorista de Nicolás Maduro sus compinches.
Y cada minuto que pasa sin transición democrática, la crisis deja de ser venezolana para convertirse en global.

