Las universidades están siendo objeto de actuación negativa por parte de muchos gobiernos. El recorte de sus presupuestos, las amenazas y la des-dotación de proyectos de investigación, constituye un trípode que tiene como diana la enseñanza superior: las universidades, principalmente públicas. El proceso proviene de Estados Unidos, con la animadversión de la administración Trump hacia universidades e institutos de investigación: aquí, piensa el ultramontano, se cuecen ideas de izquierdas, un progresismo letal para las instituciones, un tumor que debe ser extirpado. La forma de hacerlo: la retirada de fondos. Unos 2.500 millones de dólares se han recortado a las universidades estadounidenses, ubicadas en la cúspide de los rankings más prestigiosos –como el de Shangai–. El daño económico y social a corto, medio y largo plazo es enorme con esas medidas.
A partir del final de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos consolidó su poder sobre unas bases fundamentales: la función de la inversión, la política tributaria –con elevados impuestos a los ricos–y el papel decisivo de las universidades y centros de investigación. El empuje de instituciones como el Instituto de Estudios Avanzados de Princeton, por ejemplo, permitió el trabajo de científicos como Einstein, Von Newman, Oppenheimer, entre otros, junto a una estela de intelectuales, economistas y pensadores humanistas como Harendt, Hirschman, Gödel, Berlin, cuyas aportaciones permitieron el avance de la ciencia, del conocimiento, e impactaron con sus ramificaciones y derivadas en un aumento de la productividad al calor de proyectos inversores.
Renunciar a esto es la senda del fracaso económico. Se está experimentando en España, en comunidades autónomas regidas por las derechas. Recientemente, hemos conocido la situación de la Universidad Complutense, con unos 60 mil alumnos, 7 mil profesores y más de 3 mil miembros del personal administrativo. El ataque frontal a las universidades públicas madrileñas tiene un frontispicio reconocido en un trumpismo discursivo: en esas universidades –dicen los dirigentes de la comunidad de Madrid– se alecciona a los estudiantes, se politizan los ambientes, se defienden premisas de una izquierda woke. Mejor apoyar a las instituciones privadas: sus idearios son más tranquilos, profesionalizados, elitistas. Aunque la investigación científica sea marginal o brille por su ausencia; aunque la docencia sea impartida por un profesorado que no ha pasado filtros públicos; aunque esas universidades estén ausentes en los rankings homologados para todo el mundo. Se busca, en definitiva, privatizar la enseñanza superior, como se persigue otro tanto con la sanidad pública. Estamos ante la profusión de chiringuitos con caras matrículas, que albergan estudiantes que no han podido acceder, por sus calificaciones, a las universidades públicas. O por elección ideológica de los padres. Hay de todo en el viña del Señor, como es claro. Pero el ataque a las universidades públicas, perpetrado en Madrid –y que se extiende gradualmente a otras comunidades– constituye un factor esencial con un corolario claro: otro retroceso social y económico más.

