pancarta sol scaled

Alfredo Álvarez: La Masacre en la playa de Bondi

Compartir

 

La tarde en Bondi Beach había comenzado como una postal de verano australiano. El cielo abierto sobre el Pacífico, el rumor constante de las olas rompiendo contra la arena dorada, los surfistas dibujando curvas sobre el agua fría y los paseantes repartidos entre el paseo marítimo y el césped de Archer Park, esa franja verde que mira de frente al mar de Sídney. Allí, junto a uno de los paisajes costeros más emblemáticos del país, la comunidad judía se había reunido para encender la primera vela de Janucá. Familias con niños, ancianos que buscaban la brisa de la tarde, visitantes que se acercaban con curiosidad a una celebración que debía ser, sobre todo, un rito de luz.

Janucá es una festividad judía que celebra, al mismo tiempo, una victoria histórica y un símbolo espiritual. La resistencia a la opresión y el “milagro de la luz”. Se recuerda la rebelión de los macabeos contra el dominio seléucida -un reino greco?sirio- en el siglo II a. C., cuando el rey Antíoco IV Epífanes prohibió las prácticas judías y profanó el Segundo Templo de Jerusalén, imponiendo el culto a los dioses griegos. Tras varios años de guerra de guerrillas, las fuerzas lideradas por Judas Macabeo recuperaron Jerusalén, purificaron el Templo y lo “rededicaron” al culto judío. De allí procede el nombre Janucá, que en hebreo significa “dedicación” o “inauguración.

A las 6:47 p.m., esa escena de normalidad se quebró de forma abrupta y brutal. Dos hombres armados comenzaron a disparar de manera continua contra la multitud congregada en el parque, transformando el murmullo de la fiesta en una sinfonía de gritos, sirenas y estampidas. Las imágenes que después circularían por las redes sociales mostrarían a dos figuras moviéndose torpemente entre el césped y el paseo, descargando munición contra un grupo elegido por una sola razón. Ser judío, celebrar una festividad judía, habitar de forma visible una identidad convertida en blanco. La policía no tardó en definir el hecho con las palabras que correspondían. “Un acto de terrorismo, otro ataque antisemita”, un golpe directo contra la comunidad judía australiana en lo que debía ser un día de luz.

Bondi, con su mezcla de postal turística y vida cotidiana, fue el escenario elegido para enviar un mensaje que trasciende fronteras. No se trató de un tiroteo indiscriminado en un lugar cualquiera, sino de una agresión dirigida contra una comunidad específica en un símbolo nacional. A la orilla de una de las playas más famosas del mundo. Bondi Beach es mucho más que arena y surf: es un anfiteatro abierto donde convergen culturas, idiomas y credos; una curva perfecta donde los clubes de salvamento marítimo se confunden con cafés, murales y familias que se refugian del calor bajo sombrillas multicolores.

Ese domingo, el contraste fue insoportable. Sobre el césped de Archer Park, al costado mismo del océano, cuerpos tendidos, socorristas transformando los clubes de surf en salas de urgencia improvisadas, más de cien ambulancias movilizadas y 42 heridos trasladados de urgencia a hospitales de Sídney. Las cifras, frías y contundentes, apenas alcanzan a sugerir la magnitud del trauma. Al menos 16 personas perdieron la vida, incluyendo a uno de los atacantes. Entre las víctimas se encontraban el superviviente del Holocausto Alexander Kleytman, el rabino londinense Eli Schlanger, el francés Dan Elkayam, el empresario Reuven Morrison, el policía retirado Peter Meagher y una niña de 10 años; la persona de mayor edad tenía 87 años.

Veintiséis heridos seguían hospitalizados la noche del lunes, siete en estado crítico y varios más en estado crítico pero estable, entre ellos dos policías que acudieron al lugar. La enumeración parece interminable, pero detrás de cada nombre hay una historia abruptamente interrumpida. El hombre que sobrevivió a la maquinaria nazi para morir a manos del odio antisemita en una playa lejana; la niña que acudía a una fiesta de luces y encontró, en cambio, el estruendo del fuego automático.

Los responsables del ataque fueron identificados como un padre y un hijo, Sajid y Naveed Akram, de 50 y 24 años respectivamente, que utilizaron armas obtenidas legalmente para perpetrar la masacre. El padre, titular de una licencia que le permitía poseer seis armas de fuego, fue abatido por la policía en el lugar; el hijo fue detenido con graves heridas y trasladado a un hospital bajo custodia. No era un completo desconocido: Naveed había sido objeto de seguimiento por parte de los servicios de inteligencia australianos en 2019, por presuntas conexiones con redes vinculadas al Estado Islámico, aunque en su momento se concluyó que no existía una amenaza inminente.

Hoy, la investigación intenta recomponer los hilos de esa trayectoria. La posible presencia de una bandera negra del ISIS en el vehículo, la ideología extremista que habría guiado sus pasos, el uso de un entorno de libertad y de permisos legales para girar las armas contra civiles judíos en el espacio público. El primer ministro Anthony Albanese no dejó lugar a eufemismos: habló de “un acto de pura maldad”, “un acto de terrorismo, un acto de antisemitismo”, un ataque dirigido contra la comunidad judía en el primer día de Janucá, “un día oscuro en la historia de Australia en lo que debía ser un día de luz”.

La calificación como atentado terrorista no fue solo una cuestión jurídica, sino que además fue también el reconocimiento público de que el odio antisemita, alimentado por discursos extremistas y por la radicalización global, había encontrado una vía de expresión sangrienta en pleno corazón de Sídney. Desde el ataque de Hamás contra Israel en octubre de 2023 y la devastadora guerra en Gaza, Australia —como buena parte de Occidente— vive un clima de polarización creciente, con un aumento simultáneo de episodios de antisemitismo e islamofobia.

Bondi se inscribe dolorosamente en esa serie. Una acción inspirada en ideologías y símbolos del yihadismo global, dirigida contra judíos en un contexto internacional marcado por la violencia en Israel y Palestina, por la persistencia de grupos como ISIS y por la circulación de narrativas de odio que cruzan fronteras con la misma facilidad que las noticias en tiempo real.

Un héroe

Pero si la masacre reveló la profundidad del fanatismo, también sacó a la superficie gestos de humanidad radical que pocos están dispuestos a encarnar. Entre ellos, el nombre que con el correr de las horas comenzó a repetirse en titulares, ruedas de prensa y campañas de donación Ahmed al?Ahmed. Padre de dos hijas, de origen sirio, vendedor en Sídney, Ahmed estaba en la zona cuando comenzaron los disparos. Las imágenes lo muestran corriendo hacia uno de los tiradores, saltando sobre él por la espalda y arrebatándole el arma mientras a su alrededor se siguen oyendo detonaciones.

No tenía formación específica en combate, no llevaba protección, no disponía de más herramienta que su propio cuerpo enfrentado a un fusil. Lo hizo, según relataron sus familiares, porque “no podía soportar ver morir a la gente”: actuó, en sus palabras, por conciencia, por un impulso humanitario más fuerte que el instinto de huida. El precio fue altísimo: el segundo atacante le disparó varias veces y Ahmed tuvo que ser sometido a cirugía por heridas de bala, quedando en estado crítico pero estable.

Su gesto, sin embargo, interrumpió el ataque del primer tirador y, en palabras del primer ministro de Nueva Gales del Sur, probablemente salvó “innumerables vidas”. El propio Anthony Albanese lo presentó como ejemplo de “lo mejor de la humanidad”, y su cama de hospital se llenó de visitas de autoridades y miembros de la comunidad, mientras una campaña de GoFundMe superaba el millón de dólares australianos en menos de un día, con aportes que iban desde pequeños donativos hasta contribuciones de grandes empresarios internacionales.

En redes sociales se le llamó “héroe”, “superhéroe”, “el hombre más valiente de Australia”, y decenas de personas compartieron la dirección de su tienda invitando a convertirlo en cliente permanente, como una forma concreta de gratitud. Su historia, sin embargo, también fue arrastrada al torbellino de la guerra de relatos. Circularon versiones falsas sobre su identidad —que era judío, que era cristiano maronita, que se llamaba de otra forma—, en un intento de apropiación simbólica del héroe que borrara o relativizara el dato incómodo.

Ahmed es de origen sirio y musulmán, mientras que los atacantes compartían también identidad religiosa musulmana. Esa tensión expone otra capa de la tragedia. Una parte de la sociedad ansiosa por señalar a “los musulmanes” como colectivo culpable, y el acto de un hombre musulmán que recuerda, con su cuerpo herido, que la línea que separa víctimas y verdugos no pasa por la fe, sino por la elección ética frente al odio. Su familia lo resumió con sencillez: “No discrimina entre una nacionalidad y otra. No podía mirar y no hacer nada”.

A los pies de Bondi Pavilion, las flores, las velas y las banderas se multiplicaron en cuestión de horas. La comunidad judía australiana, ya marcada por meses de hostigamiento y amenazas, expresó una mezcla de duelo, rabia y sensación de abandono. Muchos se preguntan si las autoridades hicieron lo suficiente para protegerlos, en un contexto de antisemitismo en alza desde el inicio de la guerra en Gaza.

Las organizaciones de seguridad y el propio gobierno reconocen la dificultad de prevenir por completo los ataques de actores solitarios o de pequeños núcleos familiares, capaces de pasar relativamente desapercibidos hasta el momento del crimen. Sin embargo, el hecho de que una licencia legal de armas y antecedentes conocidos por la inteligencia terminaran convergiendo en una masacre antisemita abre un debate inevitable sobre fallas del sistema y sobre la urgencia de revisar el acceso a armamento en Australia.

La masacre de Bondi Beach se suma así a una dolorosa lista de ataques contra comunidades judías en el mundo: sinagogas atacadas en Europa y Estados Unidos, agresiones en espacios escolares, amenazas constantes en redes; y se inscribe, a la vez, en la cronología más amplia de un terrorismo que combina referencias a Hamás, al Estado Islámico y a otras constelaciones extremistas que instrumentalizan la causa palestina o el islam político para legitimar la eliminación del otro.

El eco de Christchurch, donde un extremista de ultraderecha asesinó a decenas de fieles musulmanes en dos mezquitas, resuena aquí en negativo. Cambian las víctimas, se repite el guion del fanatismo que convierte un lugar de oración o de celebración en un campo de tiro. En todos los casos, el objetivo es el mismo, aterrorizar a una comunidad, enviar un mensaje de exclusión absoluta y sembrar desconfianza entre vecinos que hasta ayer compartían playa, ciudad y país.

En la orilla de Bondi, las olas siguen llegando con la misma cadencia de siempre, limpiando la arena al final del día, borrando huellas sin poder borrar lo ocurrido. La playa que para millones de personas en el mundo es sinónimo de vacaciones, surf y sol se ha convertido, para la comunidad judía australiana, en un lugar de memoria trágica. Allí donde se encendió una vela de Janucá bajo el cielo abierto, un domingo cualquiera, quedó grabado para siempre el rastro de un odio antiguo que se rehace una y otra vez bajo nuevas banderas y consignas.

Frente a ese odio, la figura de Ahmed al?Ahmed —corriendo hacia el fuego, no alejándose de él— ofrece una contra imagen poderosa. La de un ser humano que, en medio de la oscuridad, eligió ponerse del lado de la vida ajena antes que de la propia seguridad. En esa elección, más que en cualquier consigna, se juega la respuesta más digna frente al antisemitismo y al terror.

Los dos actores de esta tragedia.

Bondi Beach es uno de los símbolos más poderosos de la vida urbana australiana: mezcla de balneario masivo, ícono turístico global y escenario cotidiano de la cultura playera de Sídney. Para la sociedad australiana representa la idea de playa democrática y abierta, un espacio donde conviven clases sociales, migrantes y turistas en una misma franja de arena y mar. Bondi comenzó a consolidarse como balneario público cuando el gobierno de Nueva Gales del Sur lo declaró reserva pública en 1882, tras décadas en que el terreno perteneció a propietarios privados que lo usaban como lugar de recreo. La llegada del tranvía en la década de 1880–1890 conectó Bondi con el centro de Sídney y disparó su popularidad como destino de baño y ocio masivo.

Surgió de un concurso de diseño en 1923 y se construyó en estilo mezcla de georgiano revival y mediterráneo, con vestuarios, baños turcos, tiendas y un salón de baile. La piedra fundacional se colocó en 1928 y el complejo abrió oficialmente al público el 21 de diciembre de 1929, ante una multitud calculada entre 160.000 y 200.000 personas, reflejando la importancia social del proyecto.

Desde entonces, el Pavilion funciona como centro cultural y social: recibe conciertos, festivales, exhibiciones y actividades comunitarias, y forma parte de un paisaje cultural declarado de importancia patrimonial para el estado. Bondi Beach, su parque y el Pavilion se consideran una “cultural landscape” representativa de la experiencia playera australiana y de la historia del salvamento marítimo y el surf lifesaving en el país. ?

Lo que representa Bondi para Australia. Este espacio encarna varias capas simbólicas para los australianos. Es el arquetipo de la “beach culture”: deporte, salud, ocio al aire libre y contacto cotidiano con el océano. ? Es un espacio históricamente asociado a la idea de igualdad y acceso público, después de luchas para que la playa fuera declarada bien común a finales del siglo XIX.?

Ha sido escenario de grandes hitos en salvamento marítimo y de campañas sobre seguridad en el mar, lo que refuerza su peso en el imaginario nacional. ? En días de verano, se estima que decenas de miles de personas pueden concentrarse en Bondi; ya en 1929 se calculaba que unas 60.000 visitaban la playa en un fin de semana típico, cifra masiva para la época. Hoy mantiene su doble condición: lugar de vida barrial para residentes y vitrina internacional de Sídney para el turismo. ?

La comunidad judía en Australia es numéricamente pequeña pero históricamente influyente. Australia tiene alrededor de 120.000–130.000 judíos, lo que representa aproximadamente entre 0,4% y 0,5% de la población nacional. La mayoría se concentra en las grandes ciudades: Sídney y Melbourne reúnen los núcleos más importantes, con barrios donde hay sinagogas, escuelas judías y centros comunitarios. Dentro del panorama multicultural australiano, la comunidad judía ha aportado de forma notable en comercio, profesiones liberales, artes y vida académica, y al mismo tiempo ha vivido oleadas de antisemitismo que se han vuelto más visibles en contextos de tensión en Medio Oriente.

La presencia judía en Australia se remonta al periodo colonial temprano, pero se consolidó en varias olas migratorias. Desde finales del siglo XVIII y principios del XIX llegan algunos judíos como parte de los primeros contingentes europeos: colonos libres, comerciantes y también convictos enviados por Gran Bretaña. A finales del siglo XIX e inicios del XX se suma una inmigración de judíos de Europa central y oriental, empujados por pogromos y restricciones en el Imperio ruso y otros países del continente.

La etapa más decisiva fue el periodo anterior y posterior al Holocausto. En los años 30 y 40, Australia recibe refugiados judíos que escapan del nazismo en Alemania, Austria y otras zonas de Europa, a pesar de políticas migratorias restrictivas de la época. Después de la Segunda Guerra Mundial, nuevos sobrevivientes del Holocausto se establecen en ciudades como Melbourne y Sídney, reforzando instituciones comunitarias y sinagogas. En décadas recientes, la migración judía ha incluido también llegadas desde Sudáfrica, Israel, América Latina y la ex Unión Soviética, manteniendo a la comunidad como un mosaico diverso en términos de origen, práctica religiosa y filiación cultural.

Desde el mismo día de la tragedia, la sorpresa, el dolor, la impotencia al ver a dos fanáticos, cegados por el odio y la perversión de sus dogmas de fe, me impulsaron a tomar notas aleatorias de lo acontecido. Es un hábito frecuente entre periodistas y aspirantes a escritores. Con esas notas, extraídas de los infinitos reportes en las redes sociales, portales de noticias, buen número de sitios web, canales de TV, recogí un buen número de significativos datos, con los cuales estructuré esta crónica. Me imaginé, estar de visita en la capital Australiana, y motivado por un impulso reporteril corrí al sitio de los acontecimientos para cumplir con mi deber de un reportero negado al reposo y al ostracismo.

Me escribir está crónica, apoyé en buscadores inteligentes, así como en las Apps como Street View y mapas con IA (AI GPS Navigation & Maps) una aplicación gratuita que combinan mapas, vista satelital y modo “vista de calle” para moverte virtualmente por barrios, paseos marítimos o playas como Bondi en Sídney, viendo fachadas, parques y recorridos, casi como si caminaras allí. Muchos incluyen asistentes inteligentes que responden preguntas sobre lugares, rutas o puntos de interés cercanos. Esa aplicación fue mi datero, me dio justo el clima opinático que prevalecía para ese sitio. Así, pude construir esta crónica-ficción, que no le resta un ápice al horror de esos injustificables crímenes de odio, qué con cada vez más frecuencia, nos arrugan el alma. Los datos más sustantivos, los recogí uno a uno, durante los días que prosiguieron al horror. Se puede ser solidario desde lejanía geográfica, y el aparente silencio que nos imponen las tragedias domésticas.

El atentado de Bondi, como otros ataques yihadistas, no representa al islam en su conjunto, sino a una minoría radicalizada que construye un relato ideológico donde el asesinato se presenta como “guerra sagrada” y “defensa de los oprimidos”. Esa narrativa es coherente dentro de su propio delirio doctrinario, pero es moralmente monstruosa y se sostiene sobre distorsiones profundas de la religión, de la historia y de la realidad política. El ataque no solo “castiga” al enemigo, también busca exhibirse: videos, manifiestos, símbolos, para reclutar y aterrorizar. Matan para enviar un mensaje: “podemos alcanzarte en cualquier parte” y “quien nos imite es un héroe”. Esa exhibición pública es parte central de la lógica terrorista.

Un acto como el de Bondi se presenta internamente como una “respuesta” a Gaza, Cisjordania o bombardeos occidentales, aunque las víctimas sean civiles no armados que no tienen ningún control sobre esas decisiones. Es una forma extrema de castigo colectivo y de deshumanización: ya no se ve a personas, sino a encarnaciones de un enemigo abstracto. Cualquier lugar donde haya judíos, occidentales o musulmanes “moderados” es frente de batalla. Por eso aparecen ataques en Londres, París, Sídney o Buenos Aires, sin nexo directo operativo con Gaza o Irak, pero con una conexión simbólica. Jóvenes de segundas generaciones, migrantes o refugiados pueden sentirse parte de una “comunidad imaginada” global que suple frustraciones personales, discriminación o fracaso vital con un relato épico de pertenencia y venganza.

Un atentado en una capital occidental obtiene más cobertura, más impacto psicológico y más oportunidades de propaganda que un combate en un frente lejano. Desde la lógica del terror, eso es “eficiencia comunicativa”. Así, el conflicto se “exporta” porque el objetivo no es solo ganar territorio, sino producir miedo, polarización y reacción en cadena: provocar islamofobia, represión, discursos de odio, y con ello cerrar más a los jóvenes musulmanes en guetos identitarios donde el discurso extremista tiene más terreno fértil.

Más inútil, más inexplicable, moralmente absurdo. En lo atinente a lo moral, se despropósito opera sobre una ruptura cognitiva irreversible. Deshumaniza al otro, convierte a niños y ancianos en “daños colaterales” de una supuesta causa sagrada. Redefine el asesinato como un sacrificio heroico y el suicidio como martirio. Esa es la “demencia” que se percibe desde fuera: un sistema moral invertido. No son locos en el sentido clínico; son fanáticos. Son prescindibles.

 

Traducción »