Mar de Fondo.
El supertanquero Skipper, decomisado por Estados Unidos, zarpó sigilosamente el pasado 4 de diciembre, cargado con casi dos millones de barriles de crudo venezolano.
El Skipper no es solo un petrolero más, es la evidencia flotante de una historia que se repite desde hace décadas, en la que la riqueza de un país empobrecido se desvía para sostener alianzas políticas ajenas al sufrimiento de nuestro pueblo.
Su destino era Cuba e Irán; La misma ruta de siempre, el mismo pacto de sombras.
Dos días después, en alta mar, el buque fragmentó su carga: 50.000 barriles fueron transferidos al Neptune 6, con rumbo al puerto cubano de Matanzas, mientras el Skipper viraba hacia el este, camino a Asia, aún repleto de petróleo.
Un movimiento calculado.
Un mapa de complicidades trazado sobre el océano.
Durante años, Hugo Chávez primero y Nicolás Maduro después enviaron petróleo a Cuba y a los grupos terroristas del Medio Oriente, convirtiendo el crudo venezolano en un arma de guerra contra la libertad y la vida.
Un recurso vital regalado mientras Venezuela se hundía —y aún se hunde— en apagones, hambre y éxodo.
Cada barril enviado fue una renuncia más a hospitales, escuelas y salarios dignos.
El Skipper no solo transporta petróleo.
Lleva consigo la memoria de un saqueo prolongado, de un país utilizado como botín geopolítico.
En su estela queda una pregunta que arde como el crudo mismo: ¿Cuántas travesías más harán falta para que el mundo mire de frente esta verdad y la historia deje de repetirse?
Por fortuna, el presidente Donald Trump y el secretario de Estado Marco Rubio, entre otros, dijeron basta a la impunidad y decidieron apoyar al pueblo venezolano, que lleva años librando una lucha desigual contra una banda de delincuentes que ha destruido y saqueado a la nación.
Tenemos la certeza de que fin de esta pesadilla está cerca.
¡Viva Venezuela libre!

