No nos vamos a detener aquí en recapitular versiones e informaciones que por estas horas son del dominio público, como el papel que el mayor general del Ejército Bolivariano de Venezuela, y exdiputado en la Asamblea Nacional, Hugo Carvajal Barrios, entonces director de la Dirección General de Inteligencia Militar (DGIM), cumplió, cuando en agosto de 2005 el expresidente Hugo Chávez ordenó la expulsión del país de la Administración de Control de Drogas de Estados Unidos (DEA), alegando que la presencia de dicha agencia en el país “no es imprescindible” y que, además, efectuaba espionaje al gobierno, e incluso apoyaba lo que decía combatir.
Tampoco en el hecho de haber sido uno de los primeros funcionarios militares en ser sancionado (en septiembre de 2008) por la Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC), junto a Henry Rangel Silva, entonces exdirector de la DISIP (luego sería ministro de la Defensa), y el exministro del Interior Ramón Rodríguez Chacín, e incluido en la denominada Lista Clinton. Sobre los problemas judiciales que le han amargado la existencia desde el año 2011, cuando se presentó una acusación formal en su contra en la Corte del Distrito Sur de Nueva York, y luego en 2013 en la Corte del Distrito Sur de Florida, suficientes comentarios se están haciendo.
Al respecto, suficiente con recordar que el expresidente/comandante lo defendió directamente, afirmando que todas esas acusaciones eran una maniobra estadounidense para invadir Venezuela. No vamos a sumarnos aquí al esfuerzo de hacer leña del árbol caído.
Lo que pretendemos, en esta oportunidad, es invitar a nuestro amable lector a reflexionar sobre la vida de aquel joven oficial que, con el grado de subteniente, egresó de la entonces Academia Militar de Venezuela un 5 de julio de 1981, como parte de la promoción Pedro Camejo.
Como ocurrió con otros, fue en esa institución donde conoció al capitán Chávez, quien fue su instructor y de quien se hizo amigo. También, como ocurrió con otros, fue seducido por su carisma y se involucró en las tareas conspirativas que desembocaron en la insurrección militar (o intentona golpista) del 4 de febrero de 1992 (4-F) en contra del gobierno del presidente Carlos Andrés Pérez.
Sucesos del 92
Por su participación en dichos actos fue detenido y recluido por las autoridades en el Cuartel San Carlos, junto con el resto de militares que protagonizaron el movimiento armado.
A los pocos días se celebraron los carnavales de ese año y más de un padre en Caracas disfrazó a sus niños con la boina roja y demás prendas similares al uniforme de los paracaidistas. En las paredes de algunas barriadas de distintas ciudades aparecieron pintas de espontáneos celebrando el acontecimiento.
El “por ahora” del derrotado teniente coronel golpista, transmitido insólitamente por cadena de radio y televisión (las nuevas generaciones no tienen idea de qué significaba eso), capturó la imaginación de buena parte del país. Como bien ha apuntado el historiador Tomás Straka: “la derrota militar se transformó en un éxito político”.
El presidente Pérez, quien había logrado casi milagrosamente derrotar el golpe, apenas empezaba su largo calvario. Creemos que no exageramos si afirmamos que, paralelamente, y como cara de la otra moneda, los
comandantes del 4-F eran elevados a la categoría de héroes de la nacionalidad.
Célebre fue el libro que la exguerrillera, periodista y escritora Ángela Zago, a las pocas semanas publicó con el título “La rebelión de los ángeles”. Ese reportaje sobre el intento del golpe de Estado fue un gran éxito editorial. Presentaba para el público una visión interna de la rebelión, recogiendo el testimonio del suceso, así como las motivaciones de aquellos oficiales contra la jerarquía militar y el sistema político bipartidista de la época.
El texto, traducido a otros idiomas, fue incluso utilizado por Chávez como regalo personal a otros mandatarios durante sus viajes, lo que subraya su relevancia en la narrativa del chavismo.
Un mito
En resumidas cuentas, fue la hora de los comandantes. Un mito nació. El de los jóvenes militares que sacrificaron sus carreras y arriesgaron la tranquilidad familiar invocando al “Padre Libertador”. Justificaron su rebelión como una respuesta a la “corrupción imperante en el país”, en nombre del honor, el deber y la verdad. Militares “honestos, patriotas y por sobre todas las cosas bolivarianos” (Maisanta en caballo de hierro, 1992). Se presentaron como la “reserva moral de la nación”. “El pueblo uniformado”.
Hugo “El Pollo” Carvajal fue uno de esos jóvenes oficiales. Uno de los comacates; de los ángeles rebeldes.
En gesto de autoexpiación, el siguiente (y último) gobierno del régimen de la democracia representativa dictó el sobreseimiento de la causa que la justicia militar les abrió. Unos fueron dados de baja, otros reincorporados en la institución.
Otros, que participaron en la conspiración, mas no se pronunciaron el 4-F, pasaron agachados.
En diciembre de 1998 la historia venezolana terminó de girar, y la mayoría, expresada en las sagradas urnas electorales, legitimó el hecho de fuerza.
Al año siguiente, Hugo Carvajal, como oficial de la más alta confianza del nuevo presidente, pasó a comandar el Batallón de Armamento “Capitán Manuel Toro”, uno de los más importantes del país, ubicado en el estado Aragua.
Posteriormente, ascendido a coronel, fue designado director de Investigaciones de la Dirección General Sectorial de Inteligencia Militar (DGIM), cargo en el que permaneció tres años. En 2003 asumió la subdirección y en 2004, ascendido a general de brigada, la dirección del organismo, cargo que ocupó durante siete años más, hasta 2012, cuando pasó al retiro como mayor general. Sin embargo, en abril de 2013, Nicolás Maduro le encomendó asumir de nuevo la dirección de la DGCIM.
Una pieza clave
Es decir, Carvajal fue una pieza clave en uno de los pilares del nuevo régimen: el Ejército.
Era parte de la logia, del grupo de los originarios. No procedía de los grupitos de la siempre derrotada e irredenta ultraizquierda venezolana, desde donde algunos se habían logrado colear en el autobús del proyecto chavista, beneficiándose de las mieles del poder, aunque no fueron presos por el 4-F ni dispararon un tiro. Tampoco los oportunistas de ocasión que siempre hay en todo gobierno.
Hugo Carvajal provenía de la cuna misma del movimiento: la Academia Militar.
Sí, es cierto, como todo jefe de los servicios de inteligencia, en cualquier parte del mundo, sabía (y sabe) mucho y de muchos. Esa fue una de las razones por las cuales no se le podía tener lejos.
Se supone que por eso el gobierno de Maduro movió cielo y tierra para “rescatarlo” en julio de 2014 en aquel incidente, nunca aclarado, ocurrido cuando era cónsul general en Aruba.
Ángeles caídos, hijos tragados por la revolución
En Venezuela fue recibido entonces como un héroe por el gobierno. Por eso su elección como diputado por Monagas en diciembre de 2015.
Pero más allá de esos datos biográficos, en lo que queremos insistir aquí es en su condición de chavista originario. De la primera hora. De aquel 4-F.
Por consiguiente, nos asalta una interrogante: ¿cuándo Hugo Carvajal empezó a dudar?, ¿en qué momento o circunstancia se planteó desertar?, ¿2014?, ¿antes o después?, ¿qué lo hizo sentirse más seguro escondiéndose en España que permaneciendo como diputado en Venezuela?
Mientras esperamos encontrar respuesta a esas preguntas, detectamos un patrón. La historia de Carvajal no ha sido muy distinta a la de Alejandro Andrade, Cliver Alcalá, Miguel Rodríguez Torres y un etcétera más o menos extenso. Ángeles caídos, hijos tragados por la revolución. Incluso fue el caso de Raúl Isaías Baduel, quien no se pronunció el 4-F, pero fue el héroe del retorno del 13 de abril de 2002. El héroe borrado de la historia.
De modo que aquí, y de esta manera, han ido muriendo los sueños que abundaron en la Academia Militar de Venezuela, por allá, en los años ochenta del siglo pasado. Sueños trucados en pesadilla.
@PedroBenitezF

