The Running Man adapta la novela de Stephen King de 1982 para rodar una sátira política sobre los tiempos oscuros de las nuevos multimedios y Grandes Hermanos, bajo la inspiración del cine de crítica contra los medios de comunicación de los años setenta, como el clásico rabioso Network, cuyo protagonista indignado consigue un descendiente en el airado Glen Powell de la película de 2025, también marcado por los antihéroes de John Carpenter en la década de los ochenta.
Si el Kurt Russell de Escape de Nueva York se comportaba como un forajido cínico y antisistema, el Sobreviviente de Edward Wright se expone como su personaje más comprometido y político, al ganar conciencia social y sensibilidad por el dolor de los demás, de los suyos, producto de los fiascos del estado de bienestar, de un Mundo feliz, donde se consume telebasura y se emplea en “shit works”, con el propósito de llegar a fin de mes en condiciones de absoluta depauperación.
Sin duda, se trata de un reflejo del presente de precarización para las clases bajas y medias en Estados Unidos, producto del alto costo de la vida.
Por ello, la cinta dialoga con una actualidad de desigualdad, entre superricos y Sobrevivientes, quienes se enrolan como tributos en los juegos del hambre de la fantasía distópica de ciencia ficción.
Por tanto, la Running Man contemporánea busca ser más problemática que la película de acción que estelarizó Arnold Schwarzenegger con “nuestra” María Conchita Alonso.
Aquella anticipaba el clima embrutecido de los espectáculos de gladiadores de la era de los realitys shows.
El nuevo Sobreviviente acentúa la negrura y el toque de rebeldía, al diseñar un espejo de un país devenido en un Truman Show, suerte de El Aprendiz a la escala de un coliseo de conflictos, populismos, fake news y polarizaciones.
El montaje logra captar el declive del sueño americano, sumido en una pesadilla de consumo digital, a la carta, de una escasa calidad, mientras la realidad deja a muchos de patitas en la calle, sin otra opción que vender su cuerpo y triturarlo en línea con la esperanza de recibir dinero a cambio.
Una forma de degradación que se vive en Only Fans, por ejemplo, y que la película expone como una competencia degradada que se transmite en streaming, 24 por 7, para narcotizar a la opinión pública, al calor de noticias falsas fabricadas con IA.
La estética del filme toma la forma de cine anárquico que ha conseguido colarse entre las rendijas y las puertas cerradas de Hollywood, como contrabandos y explotaciones del descontento.
Es así que Running Man puede conectar con el sentimiento de insumisión de Una batalla tras otra, así como con una larga serie de ejemplos que dieron guerra en la meca, cuando reinaba la autocensura y el blockbuster adormecía al planeta con dosis de Soma de alto presupuesto.
Entonces Paul Verhoeven colaba su espíritu de insurrección en Robocop, El vengador del futuro y Starship Troopers.
De igual modo, John Carpenter afirmaba su derecho a disentir, al filmar una obra maestra de la talla de They Live, revelando una conspiración que se iba gestando a espaldas del público, para hacerlo presa de la adicción a las pantallas. Sus teorías de la comunicación se cumplieron, primero como parodia y ahora como tragedia.
Por eso, The Running Man no exagera o distorsiona, si acaso retrata la descomposición que resumen las Kardashians, los programas de los influencers que te prometen el cielo del privilegio elitista y exclusivo, al costo de ocultar el empobrecimiento general del contexto.
Tiene buenas intenciones y resultados la película cuando metaboliza las referencias y los códigos de la contracultura, como en la sección de créditos que corre como un Fanzine Punk.
O el ritmo y la comedia dislocada que recupera el tono de Shaun of The Dead y Hot Fuzz, dos de los mejores largometrajes nihilistas del realizador.
Con todo, Sobreviviente anima una discusión en redes, acerca de su trasfondo corporativo y su evidente diseño trendy de lo que se llama la rebeldía en venta, el mercadeo de lo cool, la integración del apocalipsis, como ya vimos en V de Vendetta y Black Mirror, desde su migración a Netflix.
¿Es Running Man una crítica velada contra los propios mecenas y ejecutivos que la animan, algunos de ellos enlazados con Trump, como la familia Ellison de Paramount? ¿Es un lavado de imagen o un doble discurso, como aseguran los conspiranoicos?
Considero que se cargan las tintas en TikTok, desconociendo la historia disidente de la compañía, que lo ha sido mucho antes, no solo ahora. Debo hacer el trabajo de contextualizar.
Para empezar, Paramount distribuyó Truman Show. En última instancia, es el estudio que creyó en Coppola para rodar la trilogía de El Padrino, nada más y nada menos. También cuenta en su catálogo con joyas como Forrest Gump, Rescatar al soldado Ryan y El lobo de Wall Street.
Por consiguiente, The Running Man aporta una nueva gema a la lista de películas inconformistas de la empresa, confirmando el estímulo que se le brinda a los autores y su libre expresión, incluso contra las ideas de los miembros de la directiva.
Así fue en la era de Godfather, así es hoy con Sobreviviente. Por ende, la resistencia continúa colándose y manifestándose en la meca.

