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Pedro Benítez: Los dominados y el arte de la resistencia

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Tomamos hoy prestado el título de la obra del politólogo y antropólogo estadounidense James C. Scott (1936–2024), un clásico publicado en 1990 que aborda las relaciones de poder desde el punto de vista de los grupos subordinados, y de las formas sutiles y cotidianas con las que éstos resisten a la dominación.

Este es su trabajo más influyente y conocido, pero continuación y desarrollo de otro previo: “Armas de los débiles: formas cotidianas de resistencia campesina” (de 1985), donde estudia cómo los campesinos oprimidos de un pueblo rural de Malasia resistieron el poder, no mediante rebeliones abiertas.

Allí expuso la idea de “infrapolítica”, en la cual hay un nivel subterráneo de acción política caracterizado por comportamientos indirectos que socavan la autoridad sin confrontarla abiertamente, como simular obediencia mientras se desobedece, sabotear herramientas, difundir rumores para desacreditar a los poderosos, evadir normas y obligaciones fiscales. Scott muestra que estas prácticas, lejos de ser muestras de “pasividad”, son elecciones calculadas que minimizan el riesgo para quienes viven bajo amenaza permanente.

James C. Scott

El autor critica la idea según la cual la ausencia de rebeliones significa aceptación del orden social. Por el contrario, sostiene que la resistencia cotidiana revela un desacuerdo profundo con la desigualdad, constituye una forma de preservar autonomía y dignidad, siendo a la vez una estrategia de sobrevivencia. Estas acciones no transforman por sí mismas las estructuras de poder, pero sí desgastan la legitimidad de los dominadores y pueden acumularse hasta producir cambios mayores en ciertos contextos.

El libro también cuestiona explicaciones que atribuyen la obediencia a una “falsa conciencia”. Los campesinos objeto de su estudio, argumenta Scott, tienen una visión moral clara de las injusticias que enfrentan, expresada en rituales, chistes, quejas, canciones o murmullos que circulan dentro de la comunidad. La resistencia, así, se expresa tanto en actos como en discursos ocultos que solo afloran cuando los dominados se sienten relativamente protegidos.

Esas teorías son un claro contraste con la idea expuesta por Antonio Gramsci acerca de la hegemonía.

Scott pretende demostrar que lo cotidiano también es un terreno de lucha, exponiendo formas de acción subvaloradas, recordando que la historia no se compone solo de revoluciones, sino también de pequeños gestos persistentes que mantienen viva la capacidad humana de decir “no”, incluso en silencio.

Sostiene que las “armas de los débiles” (no violentas y a menudo encubiertas) son comportamientos racionales de supervivencia y negación de legitimidad al poder.

Critica las explicaciones hegemónicas del cambio social y afirma que los campesinos conservan un conocimiento práctico y juicios morales que orientan su resistencia discreta, pero señala que las formas cotidianas de oposición están moldeadas por los costos/beneficios de acciones visibles frente a las represalias estatales o de los señores locales.

Mientras aquel primer libro se basaba en una etnografía campesina para mostrar un ejemplo concreto de resistencia cotidiana, en “Los dominados y el arte de la resistencia” formula un marco teórico más amplio a fin de comprender cómo operan las relaciones de autoridad y, sobre todo, cómo los subordinados construyen espacios simbólicos de resistencia que permanecen ocultos al poder.

El texto propone una tipología que, desde su divulgación, ha sido ampliamente utilizada en las ciencias sociales, la distinción entre “transcripción pública” y “transcripción oculta”, conceptos que han servido para analizar desde regímenes autoritarios hasta relaciones laborales, raciales, coloniales y de género.

Scott denomina “transcripción pública” al discurso oficial y visible que se produce cuando dominantes y dominados interactúan dentro de un contexto de poder: discursos de deferencia, obediencia ritual, cumplimiento, agradecimiento y respeto.

Este discurso puede parecer auténtico, pero nuestro autor de hoy señala que las estructuras jerárquicas suelen ser, en realidad, una actuación estratégica destinada a sobrevivir y evitar castigos. Por ejemplo, las manifestaciones públicas de lealtad al rey o al patrón, los rituales de sumisión en plantaciones esclavistas, la obediencia exagerada en regímenes autoritarios o el discurso servil que el campesino adopta ante el terrateniente.

La transcripción pública no expresa necesariamente lo que los subordinados piensan; expresa lo que deben decir para sobrevivir.

En cambio, la idea de “transcripción oculta” se refiere al conjunto de gestos, códigos, rumores, burlas, canciones o rituales que los subordinados desarrollan fuera de la mirada del poder.

En este espacio protegido (la cocina, el campo sin supervisión, la familia, la reunión nocturna, la conversación íntima) surge la crítica abierta a los dominadores. Allí emerge el humor subversivo, la creación de mitos y relatos donde el poderoso es ridiculizado, así como la formulación de proyectos alternativos de justicia. En otras palabras, la transcripción oculta es el lugar donde los dominados recuperan su voz plena.

Scott sostiene que gran parte de lo que es políticamente significativo nunca aparece públicamente. La infrapolítica incluye todas las formas de discurso, gestos y significados que no llegan a convertirse en protesta abierta. No obstante, sin esta es imposible entender por qué a veces aparecen revueltas, insurrecciones o rupturas súbitas.

De modo que la transcripción oculta funciona como memoria colectiva y semillero de posibles movimientos abiertos.

Una de las ideas más interesantes del libro consiste en explicar que los cambios históricos importantes ocurren cuando la transcripción oculta irrumpe en la esfera pública. Esto puede verse cuando los esclavos se niegan a trabajar, los campesinos desafían al patrón, los trabajadores revelan públicamente los abusos laborales o cuando los subalternos repentinamente pasan del rumor a la denuncia.

Para demostrar que la dominación nunca es total, que siempre existe un “más allá” de la mirada del poder, cita varios casos como ejemplo: las relaciones amo–esclavo en plantaciones del sur de Estados Unidos; los campesinos del sudeste asiático, en especial de Malasia y Birmania; los siervos medievales en Europa, con sus burlescas parodias de los señores; la resistencia anticolonial en África y el Caribe; y la vida cotidiana bajo las dictaduras del siglo XX.

De estos últimos no estudia directamente un solo régimen, sino que identifica patrones comunes en sistemas autoritarios (soviéticos, asiáticos y latinoamericanos) para mostrar cómo funciona la transcripción pública/oculta en contextos de vigilancia, propaganda e ideología oficial.

En las dictaduras modernas, señala, la transcripción pública se convierte en performance obligatoria. Los ciudadanos deben asistir a marchas o desfiles, repetir consignas oficiales, participar en reuniones del partido o sindicato estatal, exhibir retratos, banderas, brazaletes o insignias; firmar declaraciones de apoyo y simular entusiasmo por el líder o por el proyecto revolucionario/modernizador.

La clave es que el Estado exige no solo obediencia, sino “convicción visible”. Esto, por consiguiente, produce una teatralidad política universal:

“La ciudadanía entera se vuelve un escenario donde todos fingen creer que todos creen.”

En los casos citados, algunos ciudadanos asistían a ceremonias oficiales con obediencia exagerada, rayando en la sátira, aplaudiendo demasiado o recitando consignas con ironía apenas perceptible. Era una forma de resistencia “invisible”, pero psicológicamente significativa.

Este es uno de los puntos más reveladores del trabajo de Scott; el poder autoritario depende del simulacro compartido, no necesariamente de la creencia real.

Es así como en la vida cotidiana, fuera del escrutinio oficial (el hogar, la cocina, la fila del mercado, la caminata sin supervisión, la conversación entre amigos íntimos), se desarrolla el discurso oculto, compuesto de chistes políticos, quejas constantes sobre la escasez, la corrupción, sátiras del líder y memoria clandestina de hechos prohibidos. Son una reinterpretación moral de los sacrificios impuestos por el régimen.

En su análisis comparativo, Scott observa que, en la Unión Soviética, la China maoísta o en dictaduras militares latinoamericanas surgieron culturas subterráneas de humor y cinismo, donde el pueblo ridiculizaba consignas oficiales, exageraba caricaturescamente el discurso estatal y acumulaba resentimiento sin expresarlo públicamente.

Este espacio oculto se convierte en la reserva moral de la sociedad.

De modo que las dictaduras modernas son víctimas de una paradoja: en la esfera pública, parece que todos apoyan el régimen. Pero en la esfera privada, casi nadie cree del todo en él.

La estabilidad depende de que cada ciudadano crea que los demás sí creen. Pero cuando esa percepción se rompe (porque alguien se atreve a hablar, porque la censura falla, porque hay un error político o porque movimientos inesperados se vuelven visibles), el régimen puede experimentar rupturas súbitas.

Según Scott, la historia está llena de “momentos carnavalescos” donde el orden simbólico se invierte, el poderoso es humillado y el subordinado habla sin temor. Pero lo decisivo es que esos momentos no surgen de la nada: se preparan durante años de transcripción oculta.

Permítasenos introducir aquí un ejemplo venezolano, la celebración por parte de los estudiantes de una serie de actividades académicas y culturales en la Universidad Central de Venezuela en febrero de 1928 que, con motivo de la coronación de la reina del carnaval de ese año, transformaron en una protesta política contra la dictadura del general Juan Vicente Gómez. Podríamos citar otros eventos similares, previos y posteriores.

De modo que no existe dominación absoluta; siempre hay espacios donde el subordinado piensa, imagina y dice lo que no puede expresar públicamente.

Entre otras conclusiones, Scott nos dice que:

1. Las apariencias engañan. El discurso público de obediencia puede ocultar una vida privada de crítica feroz.

2. La política es mucho más amplia que la esfera pública. La verdadera política popular ocurre en la cocina, en la fiesta, en el rumor y en el chiste.

3. La resistencia es un continuo. Va desde el sarcasmo y la murmuración hasta la rebelión violenta.

4. Los momentos de rebelión se preparan lentamente. Lo que parece súbito es el resultado de una cultura política subterránea.

Con esto no pretende ofrecer consuelo a los revolucionarios frustrados, sino describir las formas que adopta la disidencia en una sociedad cuando la visibilidad es peligrosa y la supervivencia prioritaria. Ningún régimen, por totalitario que pretenda ser, puede colonizar completamente la vida cotidiana. La vida diaria siempre genera grietas. Esta es su idea central.

Estas tácticas cotidianas rara vez destruyen estructuras de poder por sí solas, pero son vitales para la supervivencia y pueden, en condiciones concretas, acumularse y articularse en formas mayores de contestación. Sin embargo, advierte contra idealizaciones románticas, pues estas “armas” no garantizan la emancipación. Dicho lo cual, el valor mayor del libro consiste en ofrecer herramientas para leer lo político en lo rutinario y ayuda a comprender la conducta de los subordinados sin reducirla a grandes asaltos revolucionarios.

“Los dominados y el arte de la resistencia” es hoy un texto fundamental en antropología, sociología política, estudios culturales, historia y teoría crítica. Es una obra que cambió la manera de estudiar conceptos como hegemonía, autoridad, resistencia, ideología, movimientos sociales y la vida cotidiana de los subalternos.

Su mayor aporte consiste en leer lo político más allá de los documentos oficiales, recuperando la voz (a veces silenciada, otras veces poderosa) de quienes viven bajo dominación.

@PedroBenitezF

 

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